Leyendo los fenómenos económicos con lentes OTL

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Leemos un artículo de Krugman, premio Nobel de Economía, para saber mejor cómo aplicar nuestros análisis lingüísticos OTL. Buscamos en los textos de la economía alguna verdad, algún atisbo histórico que nos permita saber por qué un mercado, un país o una institución reacciona siempre de la misma manera.

¿Es el lenguaje un anclaje o un barco? Hay quienes ven en el idioma una simple salvación, y hay otros que ven en él algo que nos lanza hacia el futuro. El artículo que leímos de Krugman se llama `Europa moderna, remedios medievales´. ¿Por qué ha dicho el poeta Ezra Pound que la era moderna es una era medieval bañada en un poco de Renacimiento? Bueno, creemos que lo ha dicho porque todavía existe gente que se llama “eurócrata”.

Definamos: un eurócrata es un `eurocentrista´, alguien que todavía piensa medievalmente, alguien que considera que Europa sigue siendo el centro del planeta, cuando ya no es así (Freud, Darwin y Galileo se han encargado de destrozar todo “centrismo” racial, psicológico y físico).

En la Edad Media los médicos, dice Krugman, sangraban a sus pacientes para curarlos, y cuando éstos empeoraban los sangraban más. Cuando un país sufre pobreza y se le pide “austeridad”, ¿qué pasa? Hacemos que la gente que padece pobreza se sienta todavía más pobre (“sueña el pobre que padece su miseria y su pobreza”, dice Calderón), y hacemos que la gente que no padece la pobreza tenga miedo, es decir, que sufra incertidumbre.

¿Y qué hacen los economistas? ¿Qué proponen los economistas? Proponen reformas técnicas, reformas prácticas, cambios en los conceptos “operatorios”, llamados leyes. Constantemente hay una confusión entre los problemas teóricos y los problemas prácticos. Si mi reloj falla no interrogaré al reloj, sino al relojero, el cual, según el bello ejemplo que da Sartre en un libro, interrogará al mecanismo del reloj con las preguntas correctas, parte a parte, hasta saber qué sucede. ¿Será que las preguntas económicas no sirven porque el problema que nos preocupa, como diría Marx, es un problema histórico y político?

Hagamos que los tiempos nos sigan, y no al revés. ¿Será acaso que el dueño del reloj descompuesto no sabe leer la hora? ¿Será que los economistas europeos no saben leer el siglo? ¿Será acaso que el tiempo se ha hecho más corto y que ahora por eso el reloj ya no sirve para medirlo? ¿Será que los economistas plantean preguntas medievales, espirituales? Creo que sí.

Hay en los economistas todavía un dejo de cultura medieval. Decir “mercados”, “economía”, “progreso” o “técnica” es como decir “espíritu santo”, “alma”, “éter”. Darle alma a lo que no la tiene, a lo que es simplemente un conglomerado de cosas que se mueven de aquí hacia allá debido a movimientos externos artificiales es como jugar a la clerecía económica.

Bien dice el economista O´Rourke, citado por Krugman, que Europa se ha convertido en un continente en el cual los buenos tiempos siempre están a la vuelta de la esquina. ¿Qué hay de analizable en los mercados? Su lenguaje, la forma en la cual los datos son generados y leídos. ¿Podemos analizar estructuras económicas a simple vista, es decir, podemos comprender cómo funcionan o se entrelazan las industrias productoras de bienes y las industrias productoras de medios de producción? No, no podemos hacerlo “empíricamente”.

Existen dos métodos para conocer cómo funciona una estructura económica. El primero busca datos duros, tales como “población”, “nación”, “Estado”, “demografía”, todos conceptos medievales, divinos, espiritualistas. El segundo busca lo abstracto, busca “modos de trabajo”, “modos de producción”, “división de trabajo”, en fin, lo-real-que-no-se-ve y no lo que se ve pero que es irreal. Ejemplo: vemos que la gente que trabaja en McDonald´s aplaude en la cocina para darse ánimos, pero no podemos “ver con los ojos” que hay relaciones de poder y de explotación ahí en donde vemos puras sonrisas. Para ver hace falta la teoría, no los ojos.

De nada sirve que digamos que somos una gran “nación” si abajo, si ahí en donde nadie quiere meter la nariz, si ahí en la “división de trabajo” sigue practicándose una “división de clases”, una explotación, un elitismo al que no le importa el patriotismo, sino la riqueza. Se le pide austeridad al pueblo, pero el pueblo no “siente” que la nación haga algo por él. Se le pide al pueblo mantener el rumbo y esperar, como un San Agustín o un Santo Tomás, a que algo pase o se revele algo.

El paternalismo de la Iglesia ahora es un paternalismo estatal. Keynes sigue dictando sus teorías desde la lejanía, desde los altares, y sus fórmulas son oraciones, leyes. Europa sigue rindiéndole culto a la personalidad, es decir, a sus líderes, cuando todos sabemos que el rol del individuo en la historia es un mito, un mito que no por serlo ha dejado de configurar la racionalidad social. El hombre en la historia tiene un rol (no una misión), uno determinado por su clase social, y nada más. ¿Quién determina dicho rol? El Estado. ¿Y qué es el Estado? Es el “producto del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase”, según ha dicho un magnífico teórico de la política.

Los economistas siguen dando interpretaciones mecanicistas, humanistas, historicistas y evolucionistas, pero jamás concretas. Y por lo anterior hay un desajuste semántico entre lo que se dice, se entiende, se espera y se hace. Se habla de inversiones que exigen austeridad, y se esperan resultados que jamás se ven.

¿Es el intercambio económico un fenómeno mecánico? Ya se ha visto que no, ya se ha visto que las decisiones económicas dependen de las decisiones políticas, que al fin y al cabo son ideológicas, como dice un poema de Brecht, que afirma que el analfabeto político “no sabe que el costo de la vida, el precio del poroto, del pan, de la harina, del vestido, del zapato y de los remedios dependen de decisiones políticas”.

¿Sirve de algo aprender de la historia? Sí, pero siempre y cuando lo aprendido sea entendido sin nacionalismos de por medio, sin orgullos patrióticos en la lengua. ¿Puede hablarse de una evolución económica? No. Los baches económicos, es decir, las regresiones siguen teniendo lugar en el mundo real.

 

Colaborador invitado
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