Leyendo la ciudad con José Ortega y Gasset

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Luis de Góngora dijo que “las provincias de Europa son hormigas”, o por mejor decir, hormigueros. Las hormigas no tienen individualidad, y su docta manera de trabajar o de organizarse nace del instinto, no de la razón. Las malas analogías, las irresponsables, siempre han comparado la sociedad humana con la animal, pero tal es imposible, poco didáctico. Si nos comportamos como hormigas a lo más que llegaremos será a la mera imitación de otras sociedades. Karl Marx lo advirtió: las sociedades industrialmente más desarrolladas hacen que las menos desarrolladas imiten sus conductas, tropelías, vicios y costumbres.

Una sociedad que genera su propia tecnología, sus propias maneras para facilitarse la vida, genera mercancías, “valor de uso”, riqueza, y tal valor es vendible, deseable para los que se han dormido en la riqueza echando la cabeza en la almohada del laurel (“sobre mi testa gravita la maldición del laurel”, diría el latino). Una sociedad rica es capaz de dedicarse al arte, de engendrar su propio arte o estética. No se olvide que la palabra “estética” (`aiesthetikos´) significa doctrina de la sensibilidad. Un país que le impone su “estética” a los otros termina por adoctrinarlos, por forjar sus ojos, sus oídos y sus gustos. Y ya adoctrinados los otros sensitivamente, y ya acostumbrados a usar las máquinas de los dominantes, es fácil que adopten cualquier ideología. Bien dijo Góngora que “a palabras de edificios/ orejas los ojos fueron”.

Extiendo toda esta red para comprehender qué está pasando en las ciudades, pues lo que pasa en la ciudad causa fenómenos sociales, y no al revés. ¿Cómo? El hombre, inconsciente (sigo la tesis marxista, no la kantiana, pues ésta afirma que la libertad es el motor de la historia, mientras que la marxista sostiene que son las masas las autoras de la tal), hace la ciudad, y luego ésta, también inconsciente, hace al hombre. Creer que el individuo es el motor de la historia es falaz. Durkheim, en `El formalismo como intuicionismo´, asevera que “la noción de un hombre que, en sus acciones, se movía exclusivamente por su interés personal”, obsoleta es.

¿Qué sufre el hombre en la ciudad? ¿Qué cambios padece su psicología, su estética, sus valores, su ciencia? Digamos, provisionalmente y acompañados de G. Simmel, que el ciudadano u hombre de ciudad pierde en ella sensibilidad, responsabilidad y personalidad. Para comprender lo dicho, preguntémonos: ¿podemos conocer la estructura de la ciudad en su totalidad?, ¿es la ciudad una simple idea o ente metafísico? Las ideas, lo sabemos, son más fuertes que las realidades, y por eso el hombre que cree en la ciudad se comporta como ciudadano, y lo hace en casa, en el jardín, fuera de la ciudad, en donde sea, así como el clérigo es clérigo con o sin Iglesia. Vivimos el Evangelio de la Ciudad y todo ha de ser, forzosamente, como en la ciudad. ¡Pues no!

¿Qué significa ser ciudadano? ¿Es la ciudadanía, hoy, una religión? ¿Cambia la ciudad más rápido que los hombres? ¿Se multiplican los rascacielos pero no las ideas? José Ortega y Gasset, en un breve pero luminoso texto llamado `Socialización del hombre´, ha escrito: “Desde mediados del siglo último se advierte en Europa una progresiva publicación de la vida. En los últimos años ha avanzado vertiginosamente. La existencia privada, oculta o solitaria, cerrada al público, al gentío, a los demás, va siendo cada vez más difícil”. ¿El hombre se ha hecho un pueril relleno de los edificios, que panópticos simulan ser? Si no hay privacidad, si toda mi vida está a la vista, ¿qué será de mí o de mi interior?

Crecen mis responsabilidades, decrece mi personalidad y padezco más preocupaciones en la ciudad. Dice nuestro filósofo, don Ortega y Gasset, que en un mundo gobernado por las masas mal visto es todo esfuerzo individual, toda tentativa de originalidad, toda concentración. “Cuando Cicerón sentía gana de retraerse en su villa tusculana y vacar al estudio de los libros griegos, necesitaba justificarse públicamente y hacerse perdonar aquella su momentánea secesión del cuerpo colectivo”, cuenta el raciovitalista que a Heidegger se adelantó.

Ya no hay silencio, y las mudas salas de lectura se han perdido, y la paz acústica se disuelve en el escándalo. Nadie, absolutamente nadie puede retrotraerse si antes no se ejercita en el buceo entre voces y griterío. Francisco de Quevedo, que en un sueño se quejó con Villarroel del estrépito de la nueva ciudad española, gustaba de retirarse a la paz “con pocos, pero doctos libros juntos”. ¿Pocos? ¿Doctos? ¡Pecado! Hoy todo es copioso y vulgar, y la palabra “vulgarizar” se recubre con la palabra “socializar”. Hoy toda la ciudad escribe, pero pocos leen.

Julio Cortázar, en bello cuento, lo advirtió: las ciudades estarán hechas de libros en el futuro, y los muros se harán con libros, y los libros-muro serán cada vez más delgados, pues no hay tiempo para leerlos. Algunos sociólogos han encontrado relaciones entre la Literatura y la Arquitectura, afirmando que es posible que la Escolástica sea la madre de lo Gótico. Ortega y Gasset, bien despierto, señala: “Un diagrama podría mostrar la evolución sufrida por el espesor de los muros desde la Edad Media hasta el día”. ¿Puedo hablar en voz alta si vivo entre muros de bagatela, desgadísimos? No. ¿Qué pierdo? Personalidad, identidad, pues todo tengo que decirlo a medias, murmurando o concepteando, acto éste causante de las fábulas, de la alegoría, de la literatura para esclavos, para vigilados.

“Una de las franquías mínimas que antes gozaba el hombre era el silencio”, dice nuestro meditador. La casa ya no es hogar, ya no es altar, no templo, no cocina, sí sitio incómodo, simplificado, pues ya no hay tiempo para cocinar, para leer, para ordenarnos, para alinearnos con nosotros mismos. A mis masas voy, de mis masas vengo. Ya no hay hogar, y salimos, y pasamos más horas trabajando que jugando, y todo es prisa, y las prisas abruman, dan pesadumbre. Ya no hay tiempo para educarse, y cuando alguien pretende hacerlo, la masa contesta así, así como lo hizo un tal vulgar Pedro en el mundo del `Quijote´: “Harto vive la sarna, respondió Pedro; y si es, señor, que me habéis de andar zahiriendo a cada paso los vocablos, no acabaremos en un año”. La prisa se ha hecho nuestra brisa, y el mar de gente nuestro mar.

¿Y qué quieren los sarnosos? “Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso, en muchos pueblos de Europa andan buscando un pastor y un mastín”, abunda José Ortega y Gasset. La ciudad nos obliga a ser brutalmente iguales (como las hormigas, nos pasamos encima, nos escalamos), a perder nuestra personalidad, a ser insensibles, pues en ella sólo se sobrevive acatando las reglas de la técnica extranjera, de la “estética” foránea, de la ideología importada.

Antes, cuando el hombre “no había pasado de hidalgo sosegado a caballero andante”, como dice Cervantes, había criados, o al menos tiempo para criarse, para recrearse, para recriarse, para hallarse. Hoy, sí, el hombre se cría en la calle, y se siente solo, temeroso, y por tal razón, afirma Ortega y Gasset, las masas “sienten una lujuriosa fruición en dejar de ser individuos y disolverse en lo colectivo”.

Imagen cortesía de Fotolia.

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