Decir no es bueno

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Se dice que un niño pequeño llega a escuchar unas 50 veces la palabra NO durante el día. Así es normal que estemos tan familiarizados con ella y que sea muy parecida, sino igual, en muchos idiomas.

Y eso que es el término representativo de la negación, la antítesis de lo positivo, es quizás una de las palabras que menos nos gusta escuchar pero sigue alimentando nuestro lenguaje, jamás dejará de estar presente y al fin y al cabo, no podríamos vivir sin ella.

No es nada fácil escribir sin usar el no y mucho menos hablar por lo internalizado que lo tenemos y la facilidad de aparición en ausencia incluso de conciencia, sin embargo hoy hablaremos de lo bueno que es decir no.

Y hablamos de ello porque precisamente el entorno profesional nos ha inducido con tintes de mal vicio a no querer decir no siendo aprendices expertos de no saber decir no. Los motivos son de todos los colores pero algunos que considero destacados son:

  • Miedo a no saber o a no saber hacer. ¿Por qué pensamos que debemos saberlo todo? ¿Quién nos ha dicho que cuando se nos pregunta algo, sea lo que sea, siempre debemos tener respuesta? El uso prohibitivo del no es una de esas reglas no escritas que parece seguir todo el mundo. Pensamos que contestar “no lo sé” es sinónimo de incultura o escasa profesionalidad y eso no es así.

En momentos así la asertividad acude en nuestra defensa contra la plaga del no. Hablar de asertividad es, referenciándonos a comunicación, la capacidad de tener un comportamiento en el cual manifestamos lo que pensamos tal cual lo entendemos, evitando someternos a los demás y respetando su espacio huyendo de estados agresivos o condicionantes.

Pero la asertividad también sufre porque de nuevo aparecen las reglas no escritas. Por ejemplo, cuándo nos cruzamos con un conocido por la calle y le preguntamos “¿qué tal va todo?”, si su respuesta es simplemente “bien”, enseguida pensamos que a esa persona le pasa algo y además es con nosotros. Y todo porque estamos acostumbrados a recibir explicaciones más allá incluso de las que a veces nos gustaría recibir.

  • Miedo a la reacción de los clientes. ¿Perderé a mi cliente si le digo que no conozco la respuesta a sus preguntas? ¿Perderé la oportunidad de captar a ese cliente nuevo si no soy capaz de responder sus dudas? Un perfil comercial profesional que se precie debe ser, por el contrario, altamente asertivo ya que la franqueza es la base de las relaciones comerciales duraderas.

La prospección comercial en mundo saturado donde un gran número de profesionales salen cada día a la calle con productos similares a intentar venderlos a las mismas personas, hace que prime la ley del más fuerte. Todo se masifica, todo se ajusta y se generan cuellos de botella casi insalvables y es esa presión la que induce a intentar ser lo más servicial posible con el cliente.

Pero ser servicial no es dejar de decir no porque obviamente no lo sabemos todo y el hecho consecuente de dar información especulativa, aproximada o rumoreada a un cliente fiel o a uno potencial puede acabar siendo más contraproducente que decir simplemente “ahora mismo no lo sé, lo primero que haré mañana es contestarte con garantía”. Porque en definitiva, el cliente busca soluciones y no amigos comerciales.

  • Miedo al ridículo. ¿A qué ridículo, de quién, respecto a quién y por qué? ¿Cuántos de los que se puedan reír frente a un “no se” desconocen por completo lo que acaban de preguntar? Sentirse mal frente a otra persona depende de uno mismo, no de la otra persona, por tanto y si hablamos de conocimiento, es mucho más digno desconocer y reconocer que demostrar ignorancia al reírse de la ausencia normal de conocimiento.

Hay países orientados al ridículo donde los profesores permiten a los niños la burla hacia los compañeros que no saben algo, donde los seminarios se llenan de vacío a la pregunta “¿alguna pregunta?” y a la vez se llenan de rumor y siseante sarcasmo cuando alguien ejerce su derecho a ella.

Sin embargo hay otros países orientados al crecimiento donde en los cinco primeros minutos del primer día de clase en la universidad, el profesor pregunta “¿hay alguna pregunta?” y un 70% de los alumnos levantan la mano. Es obvio que la evolución de ambos países jamás será la misma.

En definitiva, decir no es bueno y limitarse a las explicaciones exactas que uno piensa que debe dar, también. Debemos ser asertivos en la vida y en la empresa, debemos ser quienes somos y no quienes quieren los demás que seamos porque con esta tendencia acabaríamos perdiendo, todos, nuestra personalidad, en un estúpido ciclo sin fin.

Seamos asertivos en nuestros entornos y si a los habitantes de los mismos no les gusta, siempre podemos decir NO a ese entorno.

Guillermo Llofriu

Inquieto cultivador de las emociones como medio de vida en el plano personal y profesional. Amante y usuario de la creatividad como sustrato de crecimiento. Defensor del pensar por ser la mejor forma de entender lo que queremos decir. Apasionado del pádel, del dibujo y de la escritura. Propenso a las personas, diseñador de conversaciones inteligentes y enamorado e incondicional admirador de su hijo.