Procrastinar o el arte del vago

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Hoy día está muy de moda usar términos técnicos o anglicismos para intentar transmitir una sensación de experto a los que nos escuchan o lo intentan. No se nos escapa que esto depende de la persona, pero hay una fauna más que abundante de alquiladores puntuales de palabras. Y por cierto, es procrastinar y no procastinar para esos alquiladores descuidados, ya que el término viene del latín pro, de adelante y crastinus, referente al futuro.

Procrastinar es un concepto que no hace mucho invadió nuestros escritorios de trabajo cuando en realidad llevábamos años posponiendo. Y el tema va más allá, procrastinar no sólo se refiere a posponer algo sino que ese algo es siempre sustituido por otro algo menos relevante o más agradable que lo pospuesto.

Podemos asumir como lógico posponer la escritura de un mail de solicitud de información a un posible proveedor por la emisión de una factura a un cliente que viene a pagarnos, pero por regla general cuando procrastinamos es porque la tarea no nos encaja en ese momento, porque lo que estamos haciendo nos reclama más que la nueva o, simplemente, porque no nos apetece.

Y ahí radica la eficacia de procrastinar con oficio, esa es la balanza que hay que calibrar.

Posponer no es malo siempre que sea con conocimiento de causa porque de ello depende el rendimiento profesional en la empresa. ¿Leer un periódico online es malo? Por supuesto que no pero hacerlo en horario laboral no es adecuado. Por eso hay que ser conscientes de qué estamos haciendo cuando estamos posponiendo.

Las personas necesitamos un objetivo temporal para trabajar con solvencia porque ese hito focalizado en un punto futuro nos induce y somete a la presión necesaria para desarrollar ese menester.

Es por ello que los deportes como el tenis son mentalmente más complejos que otros, como por ejemplo el fútbol, porque en este último los 22 jugadores saben perfectamente cuándo acaba la primera parte y el partido, lo que les permite gestionar sus esfuerzos de forma controlada. Sin embargo el tenis no se rige por un objetivo temporal sino cuantitativo en sets lo que mantiene en jaque la mente del jugador en todo momento en cuanto a estrategia y dosificación de recursos.

En el día a día empresarial nos pasa lo mismo. No tendría sentido redactar un informe de situación sin una fecha de entrega datada. Y el tiempo siempre es el rey hasta que llegan las tareas sin un tope temporal y la procrastinación le roba el trono.

Empresas como Pixar o Google tienen sistemas funcionales basados casi en exclusiva en la responsabilidad profesional del empleado respecto de sus funciones pero las tareas que se les asignan llevan siempre una fuerte carga de definición de hito temporal de entrega.

El problema viene cuando no hay un punto en el tiempo al que referenciar el trabajo y además uno se siente el rey del posponer. Aquí nacen muchos de los problemas que a diario sufrimos en nuestras empresas.

Reuniones eternas y repetidas en el tiempo, tareas que van creciendo y diversificando sin límite, personas que nunca acaban lo que tienen encomendado porque en muchas ocasiones no saben “para cuándo es” y lo peor, generación de escenarios que son caldo de cultivo para los vagos y facinerosos que en lugar de ir a trabajar van al trabajo y siempre tienen algo entretenido o gracioso para comentar a los compañeros que intentan trabajar.

Y aunque todo ello suene burlesco no tiene ni pizca de gracia porque todo es muy real e imputable en negativo al rendimiento de las empresas por derivada directa del rendimiento de sus empleados.

Vivimos momentos en los que las palabras que tendrían que estar de moda son optimizar, analizar, entender, decidir, auditar o controlar y no una colección de contención que muchos usan cuando nadie de su entorno les ve para hacer ver que trabajan, a personas a los que no les importa nada de ellos y sin entender que se les ve el maquillaje a la legua.

Procrastinar es para el profesional, para el que se responsabiliza de un retraso porque él lo ha decidido así, con conciencia y argumento, porque ser profesional es ser buen calibrador de balanzas.

Hay muchos escenarios en los que procrastinar es el arte del vago.

La procrastinación es un arte profesional y no un juego que facilita la llegada al fin de la jornada profesional. Posponer es para optimizar, no para retrasar y como todo arte los hay que nacen con él, los hay que aprenden a tenerlo y hay muchos que nunca saben dónde tienen el pincel.

Y si queréis compartir y comentar este post no procrastinéis ya que estáis aquí.

Guillermo Llofriu

Inquieto cultivador de las emociones como medio de vida en el plano personal y profesional. Amante y usuario de la creatividad como sustrato de crecimiento. Defensor del pensar por ser la mejor forma de entender lo que queremos decir. Apasionado del pádel, del dibujo y de la escritura. Propenso a las personas, diseñador de conversaciones inteligentes y enamorado e incondicional admirador de su hijo.