Eficiencia, productividad y tiempo: hermanos y enemigos

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Cuando decimos que el tiempo nos come usamos una metáfora basada en una imposibilidad física, pero en tantas ocasiones es tan real que tendemos a buscar sus fauces para intentar huir de ellas.

Ya hablé en un post anterior sobre la relatividad del tiempo por el simple hecho que es una de las únicas e inalterables verdades universales en nuestra vida, inalterable se mire por donde se mire.

Sin embargo a la hora de centrarnos en nuestro momento profesional, de pronto el tiempo se convierte en nuestro enemigo. En investigación siempre se dispone de valores calibrados y fijos en un tiempo controlado que son usados como referente de control, pudiendo obtener así mediciones significativas.

Y qué más inalterable que el tiempo, esos 60 segundos por minuto que nadie ni nada altera. Pero por mucho que queramos adquirir conciencia de esa inamovible fluidez de medida, el tiempo nos juega malas pasadas. ¿O es un error de apreciación?

El tiempo no hace nada más que vernos fluir sobre él mientras acumula un segundo tras otro y siempre hacia delante. Somos nosotros los que nos adobamos para ser devorados por él y el aderezo que nos recubre nada tiene que ver, otra vez, con el tiempo en sí, sino con la capacidad que tiene cada uno de gestionar una actividad profesional.

La gestión del tiempo da para mucho pero en realidad de lo que se trata es de saber gestionarnos a nosotros mismos para no incurrir en cantidad de horas en lugar de en calidad de las mismas.

Una de las estrategias está en pensar en clave de productividad. Siempre que hablamos de productividad acudimos mentalmente a rendimiento económico pero en realidad no siempre es así ya que la productividad es un ratio y no siempre se relaciona con crecimiento económico.

Ser productivo es saber gestionar con coherencia la cantidad de servicios o bienes producidos con la cantidad de recursos utilizados en producirlos.

Si para enviar un mail utilizo 40 minutos son muy poco productivo y si mi productividad se extrapola a todo mi trabajo en esa proporción, probablemente no dure mucho en mi puesto. Este ejemplo conceptual que todos entendemos da una idea de qué hablamos.

El tiempo no se acumula, se acumulan las tareas. El tiempo no pasa más deprisa, somos nosotros que trabajamos más despacio o trabajamos peor. Por eso el tiempo es el referente inalterable y calibrado que nos sirve de referente de control para el grado capacitivo de un profesional.

No descubrimos nada si decimos que los años de universidad muy poco tienen que ver con los años de trabajo, aunque nos dediquemos a lo mismo que hemos estudiado. Por eso el mundo académico es precisamente eso, un mundo. Hay personas con excelentes notas en su carrera que tienen serios problemas profesionales y excepcionales profesionales que nada tuvieron que ver con el mundo académico.

El por qué tardamos 40 minutos para escribir un mail tiene que ver con nuestro conocimiento sobre el uso de la herramienta y sobre nuestra capacidad y confianza en redactar con diligencia el texto a enviar. El cronómetro correrá hasta el momento que enviemos el mail y determinará lo productivos que somos en esa tarea.

Pero hay que ir más allá ya que la merma de calidad de nuestro envío puede redundar en rectificaciones posteriores que provocarán mayor inversión en tiempo para acometer los fallos cometidos en el mismo. Y todo ello afecta a nuestra productividad.

Y cuando nuestros resultados de productividad son malos es porque somos poco eficientes ya que nos cuesta lograr el fin buscado con los medios que tenemos.

Los records en deporte son un magnífico ejemplo de eficiencia y productividad, con el tiempo como telón de fondo, ya que cuanto mejor es un deportista, menos tiempo necesita para conseguir el fin buscado.

Si lo pensamos bien el tiempo no sería el referente, sino la capacidad de cada deportista por hacer su tarea con la más óptima eficiencia, pudiendo considerarlos productivos si pensamos en que su inversión en recursos le ha permitido obtener el mejor resultado posible (en lugar de un producto o servicio).

¿Y qué ocurre con la derrama de tiempo? ¿Cómo es posible que el tiempo se nos acabe o que no tengamos el suficiente para acabar nuestras tareas?

Es obvio que esas frases y muchas del mismo estilo son sólo ejemplos que maquillan una huida para no enfrentar una incapacidad patente de ejecutar las tareas con la carga de eficiencia y productividad demandadas.

Y dejaremos la faceta de perder el tiempo para un próximo post ya que, aunque es imposible perder algo que no controlamos ni a lo que tenemos acceso, muchos son los que consumen recursos de empresa de forma indecente y contraproducente haciendo que el tiempo, para ellos, sea un culpable que sólo esconde su propia incapacidad y malas prácticas.

Friedrich Dürrenmatt, escritor suizo del siglo XX dijo: “un buen remedio contra la enfermedad del yuppie: invierte más tiempo en tu trabajo que trabajo en tu tiempo” donde resume en una frase la necesidad de trabajar con eficiencia y productividad para poder disfrutar de vivir en contraposición a vivir para trabajar cuando no somos capaces de conseguir resultados.

Y ello pasa por evitar que los 3 hermanos se enemisten.

Y dejemos al tiempo en paz.

Guillermo Llofriu

Inquieto cultivador de las emociones como medio de vida en el plano personal y profesional. Amante y usuario de la creatividad como sustrato de crecimiento. Defensor del pensar por ser la mejor forma de entender lo que queremos decir. Apasionado del pádel, del dibujo y de la escritura. Propenso a las personas, diseñador de conversaciones inteligentes y enamorado e incondicional admirador de su hijo.