Pensar para orientarse a la solución

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Solución, palabra mágica donde las haya, un concepto que siempre nos acerca a las más grandes mentes como artífices de caminos rápidos hacia ella.

¿Pero de qué depende la solución? ¿Cuáles son los mecanismos que nos llevarán a ella?

Las empresas tienen una relación de amor-odio con la solución ya que ésta es, a la vez, fuente de crecimiento y de conflicto. El éxito y el fracaso dependen de saber hallarla pero, en realidad, somos las personas, como miembros activos de las empresas, los que tenemos esa responsabilidad en nuestras manos.

Y todo tiene dos caras en esta vida, cualquier acción va acompañada de una reacción, cualquier ida va acompañada de una venida. Por ello debemos hablar del problema, la otra parte inseparable del binomio que da sentido a la solución.

Es de todos conocido que los problemas vienen solos, que no es necesario esforzarse para encontrar uno. La empresa es sensible a ellos y susceptible a su influencia desde el momento que somos las personas las que planificamos las acciones, las cuales llevan como equipaje un cúmulo de problemas con sus soluciones difusas y que igualmente nosotros deberemos lidiar con ambos.

Y al ser las personas dueñas y señoras del binomio problema-solución, son ellas las responsables, diríamos, de la aparición de ambos aunque por naturaleza, a ninguna le guste reconocer que pueda ser fuente de los primeros y lucharán con firmeza en erigirse protagonistas de los segundos.

Un problema es un freno a la acción, es una situación en la que hay que detenerse y que nos incita e induce a encontrar una solución para poder seguir. Es una piedra en el camino que debemos sortear porque es demasiado grande para moverla.

Y cuando llega el problema se activan los resortes humanos del miedo, se bloquean los centros creativos, la ansiedad nos invade, perdemos la noción del tiempo dándonos la impresión que se acelera y el conjunto nos convierte en inestables. Esa presión recién llegada hace que el problema se retroalimente, que vaya creciendo, a no ser que actuemos con calma, coherencia y que nos orientemos a la solución.

Orientarse a la solución, esa es la clave diferencial que rige el destino de profesionales y empresas, en realidad es una cultura empresarial arraigada en algunos países y modelo en escuelas de negocio y, a la vez, desconocida o evitada en otros por conformismo, desidia o ignorancia.

Hay empresas que conviven con el problema, que lo han integrado en su día a día como si fuera algo con lo que vivir en lugar de ser algo que arreglar. Empresas, y no pocas, orientadas al problema sellan la velocidad de sus destinos.

¿Los problemas asustan? La cultura de orientarse a la solución es la solución a la cultura del miedo a los problemas. Es una cuestión educativa que debería ser enseñada en los colegios siguiendo el modelo de aprendizaje orientado enseñando a gestionarlos, alejándonos del modelo actual donde se plantean problemas para solucionarlos como un paso más para obtener una nota.

No hay asignaturas ni talleres extra escolares dedicados al tratamiento del problema cuando es una de las cosas que, sin duda alguna, nos acompañarán de por vida.

De ahí que muchos profesionales sean altamente falibles a la hora de afrontar un problema, se sienten abrumados y su memoria les lleve sin descanso a la última vez que no hubo un problema y no se solucionó. No somos capaces de encontrar una solución al problema existente de no encontrar una solución.

El color de la cultura del problema en nuestras empresas se manifiesta cuando nada más aparecer el mismo, se activan férreos mecanismos en la búsqueda del culpable del mismo, en encontrar a alguien sobre quién depositar todo el peso de la responsabilidad.

La orientación al problema se transparenta cuando hay una huida en masa del lugar de los hechos al aparecer éste. Cuando el resultado de preguntar a las personas implicadas en la acción tiene siempre el mismo resultado: un absoluto desconocimiento de quién era el responsable de la misma y unos denodados esfuerzos en demostrar que uno mismo tan sólo rozaba la acción.

¿Y cuando aparece un problema por qué no nos ponemos a pensar? Tan simple como eso ya que pensar es la mejor herramienta que tenemos cuando queremos ser resolutivos.

Los mecanismos que antes citamos que nos convierten en seres extraños cuando el problema llama a la puerta, son resultado de no estabilizar nuestra consciencia y no usar nuestra conciencia. Hay infinidad de formas estructuradas de resolver un problema, ¿por qué no usarlas cuando las necesitamos? ¿Qué provoca una y otra vez que salgamos corriendo al aparecer?

En nuestras empresas hay tanto miedo flotando en el ambiente que muchas personas repudian pronunciar la palabra “problema” porque piensan que es más fácil que aparezca si se pronuncia, como el Babadook del cine que aparecía pronunciando 3 veces su nombre para aterrorizar a una madre y su hijo.

En realidad el problema somos nosotros por no estar orientados a la solución.

Si el problema nos frena, frenemos con él y analicémoslo, juguemos con él para ser ágiles y efectivos en encontrar la solución. Y no sigamos mientras no lo hayamos solucionado.

Joseph Conrad, novelista británico del siglo XIX decía sobre la naturaleza del problema “Enfrentarse, siempre enfrentarse, es el modo de resolver el problema. ¡Enfrentarse a él!” Los problemas son como el moho, cuanto más se les deja en libre cultivo, más crecen, por ello la creencia de que si los problemas se apartan o no se atienden, desaparecen, es ilusa, extraña y muy alejada de la concepción actual de empresa y el negocio.

Por ello, aunque nuestra empresa sea de costumbres, debemos hacernos fuertes en nuestra trinchera y afrontarlos, debemos cambiar nuestro punto de vista y reorientar la brújula hacia el polo magnético de la solución.

Hay dos premisas de valor a tener en cuenta para ello. La primera es que nadie va a solucionar nuestros problemas si no lo hacemos nosotros. La segunda, que nuestros competidores intentarán solucionar los suyos.

Por ello, como empresarios y profesionales, debemos adquirir conciencia que orientarse a la solución es la forma de que nuestros problemas dejen de ser un problema.

Guillermo Llofriu

Inquieto cultivador de las emociones como medio de vida en el plano personal y profesional. Amante y usuario de la creatividad como sustrato de crecimiento. Defensor del pensar por ser la mejor forma de entender lo que queremos decir. Apasionado del pádel, del dibujo y de la escritura. Propenso a las personas, diseñador de conversaciones inteligentes y enamorado e incondicional admirador de su hijo.