Tener razón no da de comer

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Porque dicen que la verdad es absolutamente subjetiva y se crea por la percepción que tenemos de lo que nos rodea en la circunstancia a evaluar.

Siempre se ha dicho que hay «verdades universales» como que el Sol sale por el este y que la lluvia moja. Pero antes de ellas y más allá de ellas hay toda una gradación tintada con todos los colores del espectro.

Podríamos decir que es una especie de efecto Doppler, donde esa verdad es el punto medio y de ahí en adelante la verdad cambia a grave y antes de ella, a agudo porque las ondas se expanden o contraen, respectivamente.

Pero si hay una verdad absoluta hoy día es que todos queremos tener razón cuando la razón no da de comer.

El tejido empresarial vive plagado de conflictos diarios intra empresas e inter empresas, situaciones donde un mínimo de dos personas se enfrentan en lucha encarnizada por tener razón sin percibir, en la inmensa mayoría de los casos, que los contrastes de opinión sobre un problema no se orientan a dar o quitar la razón sino a obtener la mejor solución.

A diario observamos auténticos atentados contra la coherencia y el sentido común con tal de convertirse en el abanderado de la verdad, de «su verdad».

Muchas empresas han perdido su norte de negocio porque el mercado ha cambiado y los empresarios no están capacitados para entender hacia dónde tienen que virar su empresa. Y por supuesto no van a dejarse asesorar por profesionales externos que «no entienden de su negocio» porque ellos, como propietarios, tienen razón.

En realidad, esos profesionales no deben entender de su negocio sino de cómo ese negocio puede ser dimensionado en un mercado diferente.

Esa soberbia rancia y dañina de la razón en empresa condena modelos empresariales y veja a profesionales cualificados que no sólo han sido impedidos para desarrollar el potencial para el que fueron contratados sino que han sido tratados de «improductivos» porque no se han seguido las líneas marcadas por un jefe que, precisamente, les contrató para que las marcasen ellos.

Cuando el responsable máximo de un negocio entra en este círculo vicioso de incomprensión, su estructura empresarial peligra de forma seria.

Muchos equipos comerciales están sucumbiendo a unos objetivos diseñados por profesionales que en muchos casos, jamás han ejercido labor comercial pero que al ser propietarios o gestores de la empresa, entienden que sus comerciales deben vender el volumen que ellos deciden.

Es muy corriente que cuando un equipo comercial ha cumplido objetivos anuales, se atribuyan los excelentes números a las «tendencias de mercado» mientras que cuando no se llega a ellos, el equipo comercial, empezando por su Director, son llevados a la palestra y acusados de no rendir como tales.

¿En verdad un empresario es consciente de lo que hace cuando desvirtúa a sus empleados por el simple hecho de querer tener siempre la razón?

Muchos responsables de departamento se han reconvertido en meros canalizadores de información entre su escalón superior en la jerarquía y los empleados que tiene a su cargo. Es una simbiosis entre el «me dedico a proteger mi puesto de trabajo» y el «tranquilos, lo hablo con el propietario y le damos salida».

Su día a día se sustenta en dar la razón a los de arriba y a los de abajo, con el añadido de jugar una partida a tres donde siempre son dos de esos tres y uno de los dos, es siempre él. Esa posición le permite manejar la información que le llega y la que sale centrándose en no ser cazado nunca en un renuncio que ponga en duda su posición y puesto.

Porque a estos profesionales – seguiremos llamándoles así -, sólo les preocupa dar la razón a todo el mundo y que el tiempo pase en una especie de consenso universal. A diario se refugian en su cubil y si pueden evitar el contacto humano, no lo dudan.

Y todo por dar la razón, esa que decimos que no da de comer.

Pero un día u otro el lodo rebosa, eso lo sabemos. Al final, cuando las cosas se hacen con una intención que no es la que puede conducir a su consecución, el ambiente se enrarece. Y por increíble que parezca, cuando en esos momentos pensamos que la coherencia debe hacer su entrada triunfal, es cuando más se busca tener razón.

En resumen, el ansia humana por llevar razón y por no comprometer la de sus superiores es lo que conduce al estado crítico. Algo tan simple, intangible, increíble de entender pero cierto como cualquier de las verdades universales que se nos ocurran.

Si un comercial no consigue una venta porque la competencia tiene mejor precio superando además la oferta, es absurdo que el responsable defienda su razón de que «no ha sabido vender el producto». Porque su razón no ayudará al comercial a vender más o mejor ni hará que su competidor frene su crecimiento. Cuando se quiere tener razón, se pierde la perspectiva.

El ansia de tener razón perjudica la rentabilidad de la empresa, merma la confianza del profesional en sí mismo y en el sistema y genera problemas a todos los niveles. Y todo porque se equivoca el enfoque: la empresa necesita soluciones que la ayuden a desarrollarse, no razones que cubran el ego de nadie.

Salir de la crisis no es tarea fácil y si nos aferramos a la realidad del día, la tarea se complica aún más. Si no entendemos el mercado actual a pesar de llevar 40 años en él, no hagamos gala de soberbia queriendo ser los que «tienen razón» y preocupémonos por encontrar a alguien que nos ayude a posicionarnos de nuevo en él.

Y tal es el poder de la búsqueda de la razón que en su momento Robert Frost, poeta estadounidense del siglo XX dijo «El jurado está compuesto por doce personas elegidas para decidir quién tiene el mejor abogado» en clara alusión a que incluso los hechos contrastados, de nada vale si tu abogado no es el mejor de los.

Quiero pensar que una verdad absoluta es la que me permite decirme a mí mismo que «algo es así como es». Si llueve, me mojo. Si estornudo, cierro los ojos.

Y si alguien es feliz pensado diferente a pesar de vivirlo porque le ilusiona irse hacia los extremos del espectro, es dueño de hacerlo pero no nos engañemos, el agua moja y no podemos estornudar con los ojos abiertos.

¿Apetece seguir pensando que tener la razón nos hará mejores como empresa?

Guillermo Llofriu

Inquieto cultivador de las emociones como medio de vida en el plano personal y profesional. Amante y usuario de la creatividad como sustrato de crecimiento. Defensor del pensar por ser la mejor forma de entender lo que queremos decir. Apasionado del pádel, del dibujo y de la escritura. Propenso a las personas, diseñador de conversaciones inteligentes y enamorado e incondicional admirador de su hijo.