Por qué la negación es la clave para salvarnos

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Pocas cosas me enfadan tanto como la incongruencia. Somos una generación  hiperconectada, con mares de información de fácil acceso como ninguna otra ¿y cuál es el resultado? Pasividad y evasión.

Desde hace algunos meses guardo en mi bolsillo mental una frase sobre la cual quería escribir: “el problema es que sí hay”. Suena raro, pero es verdad, la mayoría de los análisis o comentarios se recargan del lado contrario: qué pasará cuando ya no haya tal cosa, cuando se extinga esta otra o cuando ya no tengamos este otro recurso. Solemos creer que el problema empieza cuando ya no hay algo. Yo creo que es justamente al revés, el problema empieza cuando lo tenemos y no sabemos usarlo correctamente

Esto significa que el hecho de que dispongamos o tengamos acceso a algunos recursos, no significa que debamos utilizarlos desproporcionadamente o abusar de ellos. Esto lo planteo porque creo que uno de los grandes problemas del ser humano es que no ha aprendido verdaderamente a decir “no”, por lo menos hasta que ese algo en cuestión, está en riesgo, en peligro de extinción o se vuelve amenazante. Nos jactamos de ser la especie más evolucionada, argumentando que la consciencia es algo que nos hace diferentes (por no decir superiores) al resto de las especies. Sin embargo, la cultura de la consciencia como tal es algo que aún está en pañales. ¡Los ejemplos son infinitos!

-Hoy no circula: El problema tiene tres mil aristas, los medios de transporte inseguros y en malas condiciones, la falta de rutas hacia puntos estratégicos, el sobreuso de estos medios por falta de más unidades que permitan viajar cómodamente, la falta de regulación en cuanto a las formas de producción de algunas industrias, la sobrepoblación y concentración en determinadas zonas-estados, la falta de consciencia y disposición de las personas para sacrificar algo de su comodidad e individualidad al viajar en su auto, por el bienestar del medio ambiente y la salud de la población.

Todo esto se resume en que, hasta que se informó que estábamos respirando aire envenenado, el gobierno tuvo que recurrir a medidas drásticas y urgentes que pudieron parecer agresivas e incómodas para muchos, en lugar de progresivas y aceptables. Y entonces sí, algunos ciudadanos empezaron a considerar el transporte público como una opción, aunque por supuesto, no la preferida, quizás incluso sólo momentánea, “en lo que se soluciona el problema” para volver a tener posibilidad de subirse a su individualista coche.

El problema era que sí había permisos para que casi todos los coches circularan, permisos para seguir construyendo edificios en zonas sobrepobladas de corporativos a las cuales ya es un verdadero problema llegar, permisos para construir edificios corporativos en zonas donde los medios de transporte púbicos son escasos e insuficientes, precios cada vez más baratos para comprar coches, etc.

-Internet: Los memes, bromas y sarcasmos al respecto son la evidencia más clara de que hay un problema. Pizarrones en restaurantes con la leyenda “No tenemos wi-fi, conviva” o fotografías de la familia reunida en Navidad “celebrando” junta, pero eso sí, cada quien con su respectivo celular en mano, tomando una foto, editándola y subiéndola a alguna red social, para felicitar a…. ¿todos aquellos con los que no están? O para… ¿compartirla con todas esas otras personas que, al igual que ellos, están pero al mismo tiempo no, con sus respectivas familias al estar mirando la pantalla de un celular? O los hashtags burlándose de las selfies #iwokeuplikethis #shamelessselfie

La semana pasada tuve oportunidad de ver un documental del festival Ambulante, Lo and Behold, el cual sólo logró recrudecer la impresión que ya todos tenemos de esta embriaguez de internet. Personas internadas en clínicas para controlar su obsesión con internet, personas con pañales o trombosis en las piernas por no levantarse de su escritorio y dejar 2 nanosegundos su computadora. Estos son casos extremos claro está, sin embargo, no dejan de ser un ejemplo de las dimensiones que este sobreuso de la tecnología puede alcanzar si no aprendemos a decir no a tiempo.  

Nuevamente, el problema es que sí hay, y cada vez más, oportunidad de hacer prácticamente todo a través de nuestros celulares e internet. Sí se puede y sin embargo no significa que tenga que ser así. Sí, nos facilita la vida, no nos la resuelve. Sí, nos permite comunicarnos con personas a distancia, no sustituye a los que están presentes. Sí, nos alimenta el ego demostrándonos aprobación inmediata con likes, seguidores y comentarios, y no, eso no significa pertenencia, afecto o reconocimiento de quienes son realmente importantes en nuestras vidas. Si, la realidad virtual es divertida, pero nunca más interesante y satisfactoria que la realidad a secas.

Podríamos ahondar en mil otros ejemplos, como el petróleo, plásticos, las compras innecesarias (consumismo), obesidad, diabetes, el cierre de las Islas Marieta por daños a la naturaleza y ni hablar de todos los recursos naturales básicos para nuestra supervivencia, como el agua y el alimento. La ecuación inconsciencia + desperdicio lo resume todo. Somos inmediatistas, no pensamos a largo plazo, es decir, seguimos siendo presas de nuestros instintos. Algunos dirán que eso, como parte esencial de nuestra naturaleza, lo justifica todo, olvidando que el hombre inicio una parte trascendental en su evolución al aprender a decir no a ciertos impulsos.

Como explica el reconocido pedagogo y autor, José Antonio Marina, aprender a frenar nuestros impulsos fue lo que nos permitió liberarnos de la sumisión a los instintos, al automatismo, aprendiendo a tener control sobre nuestra conducta, y así, poder planificar, evaluar, priorizar y elegir. Decir no, nos permite volvernos dueños de nosotros mismos.

Sin embargo, esta realidad de excesos, escases y extinciones, se burlaría de nuestra capacidad para decir no. Nuevamente nos encontramos ante un punto de inflexión donde esa misma capacidad que alguna vez nos permitió evolucionar y sobrevivir al dotarnos de poder para controlar la situación al controlarnos a nosotros mismos, hoy nos permitirá salvarnos y seguir evolucionando. Quizás esta vez no nos salga un nuevo dedo, ni cambie la posición de nuestra columna o nuestra fisonomía, quizás esta vez la evolución será de consciencia e ideología y por consecuencia de hábitos y conducta. Si es así, Darwin estaría igual o más orgulloso.

La información y el conocimiento comprometen, a ser congruente y a actuar en consecuencia con la nueva información que ha entrado a nuestra consciencia. Nos encanta decir que vivimos en la era de la información, pero también vivimos en la época de la pasividad. Una diferencia sustancial, y al mismo tiempo aterradora, es que en la época prehistórica, cuando el hombre aprendió a frenar sus impulsos para ser dueño de sí mismo y de sus circunstancias, no tenía información que le permitiera anticipar si los resultados de esa nueva conducta serían benéficos y sin embargo, lo logró y sentó las bases de una nueva era para la humanidad. Hoy que poseemos una consciencia y un estilo de pensamiento mucho más refinados e incluso estamos sobreinformados sobre los daños y peligros que ocasionan múltiples de nuestras acciones, no logramos actuar congruentemente.

Sería insolente escudarse en el desconocimiento, la cantidad de información, así como la cantidad de tiempo y el número de medios a los que estamos expuestos diariamente, nos lo impiden. Sabemos con precisión lo que nos hace daño, a nosotros y a nuestro mundo en general. En mi opinión, las piezas faltantes son la integración y la constancia. No podemos ser conscientes a veces o con ciertos aspectos únicamente, porque entonces simplemente no lo somos. Llevar una vida congruente es actuar siempre bajo el mismo sistema de valores. Preocuparnos por el ambiente es sólo un aspecto de ejercer la consciencia, ser respetuosos y considerados con toda persona, consumir de manera moderada e inteligente, cuidar y nutrir nuestro cuerpo y mente, todas estas son acciones en las cuales se ve retratada nuestra consciencia. Entonces es cuando deja de ser complicado, cuando esa conducta se vuelve parte de nosotros siempre, todos los días, en toda ocasión.

Todo gran cambio no empieza con acciones, sino con consciencia y ese camino ya lo hemos empezado a recorrer hace algún tiempo, es hora de actuar. Bienvenidos a la economía de la consciencia y el equilibrio.

AUTOR

Claudia Solis

De sonrisa desmedida y mente eternamente inquieta. Jazz y café como religión. Fiel creyente de que la naturaleza del hombre es crear. Coach de innovación en @innovaciónenre y RP de @cm_mexicocity. Sígueme en Twitter @art_shesaid

Imagen cortesía de iStock

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