TARGET: SAMIRA

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Filtro de Reclutamiento.

Etnicidad. Árabe (Iraquí) Sexo. Mujer Edad.  45 a 55 años Estudios Superiores. Tipo de Vivienda Rentada. Consumidora de: Té negro con canela, cardamomo y lima Marca. Indistinto. Plaza. New York.

Ella me pidió que escriba una especie de diario personal sobre mi rutina alimenticia. Una tarea “sencilla” dijo, pasándome las consignas. Lo necesita tener completo y con eso evaluar si me aceptan o no de un encuentro de investigación de mercados.

No depende de ella sino de sus jefes, me aseguró. Prometieron darme un obsequio por mis opiniones y mi tiempo. Intento contestar bien, darles frases completas. Pienso mucho antes de escribir, analizo interesadamente qué podrían querer escuchar de mi. Me gustaría que este cuadernillo me resultara fácil de llenar. Sinceramente no sé bien cómo responder sus preguntas o cómo dejar completos sus millones de puntos suspensivos.

¿Qué significará tener una rutina? Creo que desde que vivo acá no tengo ninguna.  Los inmigrantes no tenemos una, porque nuestra forma de vivir esta siempre cambiando, no nos queda otra que adaptarnos.

Nadie se va de su lugar ni de su hogar porque esta a gusto allí. Para poder irse no queda más que romper con todo.  Soltar todo, dejar atrás sus hábitos. Algunos como yo, los abandonamos para siempre y otros logran crear hábitos nuevos. Me pregunto si algún día tendré rutinas.

En este país hay muchísimas opciones para todo,  cualquier supermercado norma-lito me confunde y por eso tal vez la gente compre siempre lo mismo. Yo solo sé consumir poco, muy poco, lo mínimo, lo que puedo, y si puedo nunca lo mismo. Tomo decisiones según mi antojo fugaz. Podrán decir que no tengo criterio, que soy una consumidora “irracional”, pero como no esta la mirada de ningún pariente, amigo ni vecino, me dejo ser impulsiva. Pero elijo, elijo no seré fiel a las marcas de esta tierra.

Me fui de Bagdad porque la situación era muy inestable. No siempre fui irracional e impulsiva como ahora, era una traductora detallista y rigurosa. Mi tarea era hablar, algo bien peligroso porque en cada frase uno revela, explica y quiera o no, traiciona.  Pensar y comunicar siempre incomoda y más en una guerra como la nuestra.  Pero eso a mi amiga no le interesa, no quieren saber que yo tomaba jugo TAMEK cuando explotó el vidrio de mi casa ese día, ni que mi té preferido de Turquía, el DOGADAN tenía una caja verde raro, y fue en lo primero que pensé al ver los tanques de los americanos entrar en mi ciudad. No, ellos no preguntan nada sobre mis marcas preferidas, mis marcas, las iraquíes, solo las que consumí el último mes,  por eso anoto solamente lo que piden mi origen árabe y me dejo cuestionar por la siguiente pregunta.

¿Rutinas? ¿Hábitos? ¿Mis Marcas?

No elegí irme de mi mundo conocido. No quise dejar nunca mis olores, mis sonidos, mis objetos ni mis marcas. Sería un privilegio poder comprar productos de mi tierra esos que tienen logos y letras en árabe pero no voy a cruzar toda la ciudad en busca de un paquete de galletas o un frasco de higos, y menos puedo pagar una fortuna por ese capricho ¿Me podrán des·invitar por eso? ¿Debo mentirles?

Les confesaré que mi única actividad repetida es en mi trabajo. Allí, donde me ocupo de no pensar, o no pensar demasiado, allí tengo rutinas.

Me pongo un uniforme de dos piezas de topo gris. Tomo mi pica boletos, lo engancho cada mañana en mi cinturón de piel café. Me calzó mi gorra, paso la tarjeta de identificación por la máquina de trabajadores del MTA, e imprimo la fecha con horario de entrada y de salida, para finalmente subirme a mi tren. Desde el minuto uno hasta el final de mi turno, camino de ida y vuelta por el largo pasillo de vagones controlando los boletos de pasajeros. Me toca cobrar pasajes también a los distraídos mientras intento hacer que el tiempo pase y olvidarme que alguna vez hubo otra Samira que vivía en su idioma, junto a un paisaje bello y lujoso antes de su completa destrucción.

Acá no soy ni blue ni white collar.  Unas nomenclaturas locales vagas que se usan para clasificar a los trabajadores en lugar de hablar y asumir el concepto de clases sociales como en cualquier país no serio. Pero todo eso me tiene sin cuidado. No me preocupa en absoluto ser gray colar si tengo suficiente dinero y puedo hacer mi súper de forma instintiva y desordenada. Mientras pueda tomar del anaquel algo en oferta, o a buen precio, para mi es suficiente. No tengo más preferencias.

Mi inglés era bastante bueno, gracias a este idioma llegué lejos, o hasta acá.  Poder hablarlo, y traducirlo fueron mi escape y según se dice mi salvación del dictador desquiciado Saddam Hussein. Pero hoy mi habilidad con la palabra quedó en desuso, prefiero el silencio. Hoy casi no hablo. Intento para decir verdad, no interactuar verbalmente con nadie. Vivo callada. He visto mucho y dicho demasiado. Antes y durante el conflicto armado, por eso mejor cerrar mi boca.

Me hace ilusión ir a esa sesión de grupos para ejercitar mi voz dormida. Escucharme y tener la tranquilidad que lo que salga de mi garganta no tendrá verdaderas consecuencias. Además como no soy experta en nada, ni en bebidas calientes que creo es lo que ellos buscan, quiero poder ir y hablar con libertad, cuanto uno menos sabe más puede hablar.

No sé nada de las bebidas calientes. No me gusta calentar nada en el microondas. Y Sufro al tener que usar la pava eléctrica para calentar el agua. Odio las sopas y cualquier textura de líquidos en mi lengua. Jamás me han gustado las comidas caldosas ni los guisos. De vez en cuando tolero y me permito tomar un cafecito. Solo me gusta el té negro con leche, cardamomo, canela y lima en las mañanas. Eso, les gustará. Se los dejaré por escrito. “Tomo diario té…” , tal vez  eso les alcance.   

Trabajar en el tren fue una bendición y aunque pase varias horas parada y caminando lo disfruto. Desde lejos puedo ver a la gente e identificar a las personas. Tengo un radar en mi mirada y puedo saber si el pasajero junto a la ventana es saudí, jordano, iraní o de Kuwait.  Lo sé. No sé cómo, pero lo distingo todo a la legua Yo sé de los otros, quiénes son, qué tienen, qué les pasa, casi hablarles. Y prefiero quedarme callada. No decirles nada, tan solo pedir en una sola palabra lo que necesito de los ellos: -“Ticket”, para seguir caminando con mi paso apresurada sin detenerme en los ojos de nadie. 

Identificar sobre todo a mi gente me produce escozor y una inseguridad insoportable por eso lo más habitual para mi es posar la mirada en el techo del hall de Grand Central y descansar la vista en ese cielo pintado de estrellas inofensivas que me devuelven siempre paz.

Cuando me cruzo a otros iraquíes se me hace difícil mantener la calma. El encuentro con ellos me conmueve profundamente y a veces cuando escucho sus palabras hasta me dan ganas de llorar. No siento honor nacional, no promulgo la altanería del éxito, ni la sensibilidad de nuestra derrota.  Es dolor. ¿Me pregunto si ellos también cargan como yo el peso de la traición en sus espaldas? Prefiero no darme a conocer, decido mantenerme oculta. No decir mucho. Solo atino a extender mi máquina de picar boletos esperando que mis correligionarios me alcancen sus boletos sin dialogar. Solo existe entre nosotros el silencio. Me permito avergonzada el mínimo intercambio de miradas y la mía termina enfocándose en el suelo para continuar con mi andas pusilánime y dejarme caer en una conducta no consumista, impulsiva e infiel porque nada ni suaviza ni puede agilizar mi andar quebrado.

-“Ticket” inquisitiva le pregunto a una joven inquieta en dirección a White Planes. Ella que lo único que quiere es escaparse me extiende una tarjeta de abono mensual perteneciente a un pasajero de género opuesto.  La miro con desconfianza. ¿Se creerá que soy tonta, que no me doy cuenta que esta usando un ticket de otro? Esto no se puede hacer, esto esta en contra de la ley, pienso.  Con seguridad me digo, yo soy la ley. Sé que puedo multar a esta mujer. Puedo hacerla bajar de mi tren. Puedo inclusive detenerla y ejercer mi autoridad con malicia. Pero no hago nada de eso. Ella esta escapando como todos, no voy a impedírselo, no hay donde escapar. No voy a decirle nada. Todo esto me implicaría tener que hablar, tener que hablar mucho, y  he elegido no hablar más.  No soy una mala persona aunque me digan traidora. Me desprecio, me odio, pero perdono, perdono siempre porque es mejor perdonar, yo no hice ni elegí esa la guerra. Todos cometemos errores me digo convencida. Todos necesitamos dejar pasar cosas por alto, hacernos los tontos. Todos deberíamos poder seguir adelante sin ser detenidos alguna vez.  No soy quién para castigarla. No voy a dejar que el poder de mi traje, mi rol o profesión me cieguen otra vez. Hago un agujero torpe en el ticket mentiroso de esta mujer. Le devuelvo su pase mensual que ambas sabemos no es suyo, y después le sonrío. Miro para adelante. Avanzo y vuelvo a pedir otros tickets. Avanzo y me alejo sin confrontar con ella ni con nadie.

Así vivo, así continúo pasando las hojas del cuestionario reiterativo, extenso y difícil de responder.

Jamás presté atención, o pensé, cuál era mi dieta, quiénes tienen tiempo para pensar en esas cosas.  No lo sé pero no voy a darme por vencida:  -¿Ha modificado su dieta en los últimos años, meses, semanas?-¿Cómo es su dieta, podría describir lo que ha comido y tomado desde la mañana a la noche ayer?-¿Cuántas veces al día come? ¿Cuántas bebe?-¿Cuántas veces en su hogar y cuántas veces fuera? -¿Podría decirme cómo es su desayuno típico? Me auto excuso en voz alta, -“No son siempre iguales, mi vida no es previsible”. Y en silencio continúo diciéndome, “vivo en movimiento continuo, lo haya deseado o no, mi vida esta en constante improvisación”.

“Cómo te sientes cuando tomas este té? “dice la hoja casi llegando a su fin.

Decido decirles mi verdad. Tal vez me acepten después de todo si les confieso que gracias a mi ingesta cotidiana de té chai con leche en la mañana, logro ser menos desdichada, o no tan culpable. Entonces escribo en letra de molde: –“Cuando tomo mi té iraquí en las mañanas lo hago despacio, lo saboreo…” Me detengo, me autocensuro. No creo que les interese sinceramente saber que cuando tomo mi té no me reconozco ni cruel ni malvada por mis actos en mi tierra, tan solo me acepto como sobreviviente. Pero tengo que terminar la frase y dejar completo el párrafo: “mi té me alegra cada día, escribo. No solo me calienta del frio de NY, cada sorbo me recuerda lo desdichados y afortunados que somos los inmigrantes de guerra”.

Pongo punto final.  Y que sea lo que dios quiera.

FIN

ILUSTRACIÓN

Marilaura Muriedas
Instagram: @lalidraws

Florencia Davidzon
Florencia Davidzon

Florencia es estratega, escritora y cineasta. Desde siempre ha estado motivada por entender la condición humana, encontrar soluciones para los usuarios-consumidores, y desarrollar oportunidades de innovaciones para marcas. Además Florencia es creativa y realizadora audiovisual, apasionada de este lenguaje que le permite idear y ofrecer contenidos originales tanto cinematográficos, publicitarios como digitales para marcas.