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Defectos en la investigación de mercado

Saltar de la ilimitada información a la interpretación convencida y luego dar un giro mortal para llegar hasta la acción inevitable, es toda una epopeya. En el ostentoso texto, llamado Social Class and Modes of Communication, Leonard Schatzman y Anselme Strauss, gustosos, proponen, según mi nimia cuenta, seis problemas dignos de estudiarse. Su escrutinio, servirá para mejorar las lapidarias técnicas de investigación sociológica, y en especial, las que se ejecutan haciendo entrevistas. Goethe depreca para que hablemos sobre el pensamiento y para que pensemos sobre la realidad. Habilidad ésta de reyes. En las entrevistas, las narraciones que ofrecen las clases populares al ser sometidas a la interrogación, pertenecen al territorio de la entelequia. Este texto, está pensado para los profesionales de la investigación sociológica. A los diletantes, no les recomiendo su minucioso análisis.

Problema número uno: las clases populares, no pueden narrar de una manera impersonal.

Pareciera que el investigador social, viola los derechos de los interrogados bajo la metódica luz de la entrevista. Retomaré, para explicarme, algunas nociones del Derecho y ciertas ideas adquiridas con las lecturas de Arriano y de los estoicos, filósofos estos últimos que impregnaron el mundo del Derecho Romano. Se supone, desde los primeros e inocentes siglos, según presumía el de Verulam, que el hombre, al pensar en las nociones de Patria o de Nación, aprende a distinguir entre su vida individual y su vida dentro de la naturaleza. Sumergido, como quería Ortega y Gasset, a empujones en su vida individual o personal, el nadador de la sapiencia siempre encuentra dos caminos: el activo y el cognitivo. Y como no todos estamos hechos para saber, la mayoría elegimos la acción vulgar, la cual siempre se bifurca entre lo que se ve y lo que no se ve, entre la física y la metafísica. En la esfera de lo conocido o de lo físico, de lo no vedado, siempre contamos con dos instrumentos para pergeñar el acto: lo ético y lo técnico. Y el hombre, buscando la bondad, lo ético, se apega a la jurisdicción o a la moral, es decir, a las leyes constitucionales o a las costumbres. Las costumbres, no se rebaje este recuerdo, siempre nacen más allá del alcance de nuestros sentidos. De aquí que Immanuel Kant, el de las maquinarias filosofales, creara la Metafísica de las Costumbres.

Pero seríamos más necios que el hambre si creyéramos en la quimera del areté universal. No todos los hombres conocen o pueden o quieren o intentan absorber estos énfasis. Las clases populares, sobre todo, mezclan la azarosa vida individual con la escandalosa vida pública. Además entrelazan, sin pena, sus recetas de cocina con los dictados más rancios de las constituciones políticas y mezclan en “palabras impías un chiste a una maldición”, como canta Espronceda.

De esta forma, de este descuido, que es el modo más pobre del misterio, como sugería Borges, nace la incompetencia de las entrevistas para producir infinitas informaciones. Cuando alguien sin educación, es decir, cuando alguna roca que no ha sido labrada en las aguas de la Historia, de la Economía, de la Filosofía y de la Política, tiene que dar cuentas sobre algún acontecimiento ante el ojo del científico, se mira en la incapacidad para asumir diferentes y estadísticos puntos de vista. Sentir como juez o como policía, en fin, como otro, le es casi imposible al soez iletrado, pues carece de la habilidad para eliminar su personalidad, que está fuertemente marcada y consentida por la ignorancia y por las pocas lecturas, las cuales nos acostumbran al benéfico y goethiano hábito de amoldarnos a las amables formas de los razonamientos ajenos. Cuando leo y como dijo Lorca: “yo ya no soy yo”.

No diluyamos, con optimismo, la realidad. Hay una catastrófica cifra: más del setenta por ciento de la población mundial, vive en países que están en vías de desarrollo. Este sajón guarismo, significa que la población, casi en su totalidad, no ha sido educada bajo los parámetros de la alta cultura centro-europea. Estas masas, no se han entrenado en la filosofía, en la literatura o en la poesía de Aristóteles, de Sófocles, de Ibsen, de Homero, de Shakespeare o de Cervantes, fundadores de nuestra ciudad mental. Al dialogar con ellas, percibimos la diferencia de nuestras nociones intelectuales y sentimos como si habláramos en otro idioma. Y esto, muy a pesar de que investiguemos en buen e irlandés inglés (no soslayemos que un idioma, es una postura científica, como decía Ludwig). Y ni con el “here and here did England help me”, del superior Browning, salimos del apuro.

Esta raigambre de zahúrdas problemáticas, tiene una explicación histórica. Los superficiales romanos, quienes nos heredaron el sentimiento cosmopolita y la ardua tarea de asimilar las culturas que nos rodean, son desconocidos para las clases populares. El horizonte, potente arco disparador de saetas y sainetes intelectuales, en la pobreza, más que una vía, es un límite. El burgués, al viajar, lo hace a ciegas. Este señor, mueve su trasero por el mundo, pero no su mente. En la blanqueada metrópoli romana, uno podía creer o no creer en las deidades de moda sin tener problemas. Mientras se respetaran los rituales de la alteridad, la vida en paz, estaba a la mano. En cambio, las clases populares, creen que tienen el derecho para opinar sobre cualquier cosa, aunque lo hagan mal. Jamás meditan sobre la posibilidad de entenderse con los demás si los demás, son de otra clase social. Y estas opiniones, casi siempre son viles ejemplificaciones, que son limitaciones gnoseológicas, pues son irrepetibles.Es maravillosamente necia la forma en la que las familias más pobres, defienden su territorio y sus hábitos. A todo esto, se le llama “provincialismo”, y consiste en ignorar la estirpe, las añejas costumbres y la ramificación sanguínea del extranjero o de la clase social ajena. Esta gente, se siente del tiempo del tiempo y le impera al sociólogo algo como “hágase a un lao, se lo ruego, que soy de la tierra ?el juego”, como decían los cuchilleros de navaja corta en Palermo, tan alejados de la esplendorosa y alta cultura argentina.

En las inmemoriales descripciones ejecutadas por las clases populares, predomina la inducción concreta y la sañuda imposición de la creencia personal sobre lo general y grande. Creo que Wittgenstein señaló que “la inducción no es un signo más que para ella misma”. Entonces, lo sugerido para analizar a las clases populares, clases que no quieren hablar con clase y clasificando, es la observación. Y como el analítico siempre termina siendo el analizado, pues mil ojos pueden más que dos, pues el legendario Argos siempre puede más que el nuevo dios Argot Científico, aconsejo mirar con mil teorías puestas en los anteojos, tan odiados por el escrutador de la luz, Goet (Goethe decía que no tenía los ojos enormes de Buonarroti). Observemos como lo haríamos al estudiar a los dioses o a los gánsters, entes que con un ignominioso movimiento de cabeza, cumplen sus designios, según la divertida frase de Roland Barthes.

Problema número dos: si no hay un amplio contexto, las clases populares no pueden darle coherencia a sus relatos.

Entrevistando a los iletrados, tanto Schatzman como Strauss, percibieron que la capacidad de creación del inculto, es bagatela pura. Era necesario darle demasiadas explicaciones al entrevistado para que éste, pudiera empezar a agitar la “lengua, barro mortal, cincel inepto”, como sugeriría el notable profesor Dámaso Alonso, juglar insigne de mi dilecta y madre Hispania.

La culpa de esta pobreza, la tiene la información que esta clase social maneja. Estos data basureros y agoreros, lisos y perfectos como platillos voladores, como vocalistas de N ?Sync o como modelos victorianas, impiden toda interpretación o esfuerzo mental. Esta información, televisiva, cinematográfica o radiofónica, es información del gusto de las clases subproletarias y provenientes de países subdesarrollados, como se afirma en cierto manual sociológico compulsado por Pierre Bourdieu.

En la televisión (“caja para idiotas”, dicen sus no obnubilados críticos) y recordando las germánicas críticas a la Kultur hechas por Adorno y por Horkheimer, un Holmes y un Watson más leídos y duros, el hombre es una ilusión, es un receptáculo sexual de palabrería repetida, es una mediocridad, es el cliente de la Gesamtkunstwerk y es una caricatura a la que se le enseña que la flojedad, que el robo y que la modorra mental, son los pilares para estibar el Capitolio de la Estupidez.

Citaré algo que leí en un viejo y maltrecho Economist, del exacto año de 1850: “Hay un mal peor que el tifo, el cólera o el agua impura y es la imbecilidad mental”. Es oneroso saber que los países en vías de desarrollo o pertenecientes al Tercer Estado, no sufren tanto por la enfermedad de su manto de carne como lo hacen por la pereza cognoscitiva. Es vacuo esperar narraciones de calidad de parte de una clase social que no sabe que oculta, bajo su piel y bajo su pecho, una barba vikinga y los dejos de Afganistán o de Persia.

La marmórea explicación histórica, cuenta que las clases populares de todos los tiempos, no han sido capaces de distinguir entre su contexto histórico, sus textos científicos y los pretextos de sus cosmologías. Contra corriente, las clases educadas de la antigüedad romana y griega podían, con paladina facilidad, hacer estos distingos sobre las miles de imágenes de sus cientos de Minervas, de Dianas o de Afroditas.

La pétrea y necesaria educación clásica, la que promueve el temple, la razón o la prudencia, todas virtudes quietistas, no coincide con el ideal de la Paideia Burguesa, que más que pensar, invita a la acción, a la irreflexión, al movimiento y al placer. Sin el ensayo de la acción que es el pensamiento, es imposible discernir entre entes que parecen iguales pero que son, por sus funciones, diferentes. Freud sembró sobre los esculturales mitos de Grecia toda su filosofía psicológica y sus pacientes, al ser aristócratas europeos, encontraban en Quirón, en Proteo, en Asclepio o en Caridbis, los símbolos para interpretar sus sueños, símbolos pulidos con viento histórico. Hoy, para conocer el miserable interior humano de las masas, tenemos que remitirnos a los estoicos Pitufos, a los epicúreos Simpson o a la antípoda de Rania de Jordania, Gloria Trevi, que ni siquiera llegan a la categoría de iconos (los mágicos versados en Morris, saben la laya de mis jadeantes reclamos).

En estas sepias fotografías basureras, retomando al ciego Groussac, no hay leyes. Y al no tener leyes y al operar en el inconsciente o en la memoria, estos contenidos nos impiden toda elucubración lógica a la hora de oír las respuestas del entrevistado. “Una ley que no conozco no es una ley”, dice la prosa analítica más actual.

El único puente que nos queda, es el de las matemáticas, que son la base educativa del pequeñoburgués, de la clase popular. No podemos cualificar a un grupo de hombres vacíos. Sería desperdigar y desperdiciar esfuerzos el ponernos a psicoanalizar a hombres de cartón. La psicología del hombre acartonado, es la tautología. Es común, en el trato con el inculto, recibir puñaladas auditivas de esta cepa: “el trabajo es el trabajo”, “ojo por ojo y diente por diente”, “la madre es la madre” o el newtoniano y astrofísico, “el que busca, encuentra”. También tenemos analogías agropecuarias tipo John Deere, como la que dice que “cosechamos lo que sembramos”. Y por si fuera poco, el pequeñoburgués razona como Mickey Mouse, diciendo que “la vida es una rueda de la fortuna” y que “a veces estamos arriba y a veces, abajo”. Brillante. Y para rematarnos de risa, oigamos al del complejo de bumerán: “lo que avientas, se te regresa”. Las tautologías, decía Roland Barthes, nos eximen de tener ideas.

Problema número tres: las clases populares, exageran en el uso de los términos “yo pienso”, “nosotros”, “ellos”.

El doloroso Marx, discurría que el machacado proletario, tiene mucha consciencia de clase y que sabe a qué vino al mundo. Proletario y burguesía, hoy comparten la misma y doblegada educación. Cuando entrevistamos a estos hombres, se sienten agredidos, apartados… sienten que serán juzgados. Saben, más o menos, qué es lo que tienen que responder. Para cada pregunta, tienen una respuesta de televisión programada.

Apunta con pragmático gis Johann von Thüren que las ciudades, casi siempre, se dividen en círculos (“vivo mi vida en círculos que se abren sobre las cosas, anchos”, dicen los magistrales versos de Rilke, al que hay que citar sólo después de leído por completo). Mientras más alejado esté el círculo habitacional del centro intelectual y científico de la metrópoli, mayores serán las respuestas programadas de la gente, pues la clase baja, diría Simmel, siempre busca imitar a la clase media y la media, a la alta. Y esta imitación, se fortalece viendo la televisión. Citaré, una vez más, el proverbio afroamericano que R. Ellington dijo cierto día en entrevista: “If you are black, stay back; If you are brown, stick around; If you are white, you are right”.

Las clases populares, son las que más vitorean su tierra o su sentido de pertenencia nacional. Gogol colocó, en una de sus novelas, un texto que dice que patria es la que el corazón elige. “Soy de Monterrey” o “soy boquense”, “soy carpetovetónico”, “soy totalmente palacio” o “soy de Puebla”, dicen muchos mientras pisan, con fuerza, su tierra (o como Heidegger, que iba a dar clase vestido como si del arado llegase). En cambio, el buen Alberto Einstein procuraba sentirse cosmopolita.

Estas inocentadas pueblerinas, tienen su origen en la vida rural, en las ciudades en las que el campo asume los vagos e indecisos límites de la ciudad. En las bajas capas de la vieja Romeburh, como decían los vikingos, los italianos, los romanos y los griegos, creían que las almas de sus muertos, seguían viviendo bajo la tierra y hasta les echaban vino, evitando, así, que murieran de sed. Hasta Oscar Wilde, cuando dijo “marchad con paso leve, que está cerca ella bajo la nieve”, cayó en la superstición añeja. Este amor al suelo, alimenta el honor y el amor para la “gens”, para el “pater” (no es raro que dicho término, el de “pater”, sea igual, según Coulanges, en latín, en griego y en sánscrito) o para la familia. Escuchar un “yo creo”, un “nosotros y ellos”, nos señala que la adjudicación del suelo y no la de las ideas, es más relevante para la pequeña burguesía que cualquier otra cosa. Refiere Wittgenstein: “Un punto corresponde a una regla”. O, mejor aún: la tierra, la clase social, es el punto de apoyo para las maltratadas clases populares. Y todo sentido de pertenencia sembrado en la agricultura, tiene que ser arado con mitos, con rezos, con habla, que aunque escasa, es como una oración, como argumentaba Barthes.

Problema número cuatro: las clases populares creen que sus creencias son verdades universales.

La seguridad extrema, es la madre de la imprudencia. Cuando se dialoga, si es que se puede dialogar con un burgués, nos desternillamos al oír afirmaciones como “por supuesto”, “seguro”, “obvio”, “claro”, “ya sé”. Estas solemnidades, aparecen con regularidad en el habla del mal educado. El burdo uso de esta exótica arenga, más que narrativa, es una sistematización de paradigmas matemáticos, dueños de la verdad universal, según afirman sus caducos y calculadores defensores. Mientras el entrevistador, que casi siempre es sociólogo de profesión y versado en la economía moderna, se interesa por los nuevos parámetros mundiales para medir la riqueza de las naciones, parafraseando a Smith, como los chips, los servicios, el consumo asegurado de los productos agrícolas, las políticas proteccionistas, el reciclaje y la convergencia en la tecnología, la clase popular porta en la cabeza las dimensiones contrarias, las cuantitativas, como la belicosa industria petrolera, la fabricación ruin de objetos, la exportación de naranjas (“naranjas de sangre”, diría Paz), la globalización (afán del provinciano por integrase al mundo), el consumo bestial de combustible y la multiplicación de objetos en casa.

Los enemigos de los libros, todavía oran, rezan y le piden, como el viejo griego, al dios que sea propicio. Pareciera que vale más la cantidad de súplicas que la calidad de éstas. Ante esta circunstancia, es menester recordar que las matemáticas, no se pueden escribir, según un axioma de las Philosophische Bemerkungen. Y lo que no puede escribirse, no puede descifrarse. Y es que hasta en las letras, los bergantes de deshacen en taxonomías dignas del ábaco. Los que no disfrutan de la calidad de la guitarra y del acero, poco atienden al triunvirato fantástico de Almafuerte, Lugones y Banchs. “Ocho de cada diez”, no dice nada. Saber que son tres los grandes trágicos (Sófocles, Eurípides y Esquilo), en nada ayuda al dramático estudiante odiador de bibliografías.

La letra, única señora capaz de modificar los paradigmas de los caballeros, está vedada para el burgués promedio y confinada en las universidades de prestigio. El único interés literario de esta clase social, es el astrológico, el del Tarot, el horóscopo, el del charlatán letrado de Jodorowsky, lecturas todas funestas que promocionan la metafísica de Ouspensky, el misticismo snob y demás locuras. Mientras que para la clase alta, la ciencia es la confianza en la continuidad de los fenómenos, para la clase baja, la ciencia es la puta del destino. Paternalismo, milenarismo y demás “ismos”, hacen que las entrevistas, más que conocimiento a priori, produzcan repeticiones de las mismas cosas. La clase baja, la iletrada, es una repetición erudita de los caprichos de los escritores. De este quid estaban hechos el Quijote y el Sancho de Cervantes y de Menard en la segunda parte de la lectura dilecta de Carriego.

Problema número cinco: las clases populares, al hacer sus relatos, no le dan continuidad a su historia y saltan en el tiempo y en el espacio.

Cuando buscamos las cuatro C ?s de la persuasión, es decir, la dureza argumentativa en el teatro, además de usar los tres tiempos y los nudos morales y sociales, intentamos que la conjugación y que la narración, sean, al menos, neutrales, es decir, contrarrestadas con sendas tesis y antítesis.

Por ejemplo, Shakespeare era capaz de crear personajes que tenían y no tenían hijos a la vez. En cambio, los relatos del burgués promedio, no tienen ni Génesis ni Apocalipsis. La ausencia de las categorías mentales clásicas, como el tiempo, el espacio, el modo y la relación, la cantidad y la cualidad, hace que las descripciones, no tengan un fundamento epistemológico y que caigan en la vacuidad hermenéutica. Sin sentido en las proposiciones y sin un orden sintáctico, es imposible toda comprensión cabal. Si Wittgenstein hubiera nacido en la clase popular, hubiera dicho, sin conciencia, que “confundimos las cosas de la física con los elementos del conocimiento”.

La prisa o la premura que demuestra la clase inculta al tartamudear sofismas y para llegar a conclusiones inútiles, se explica económicamente leyendo The Rate of Interest, de Irving Fisher. Esta solvente teoría, nos dice que las masas se mueven de acuerdo a una misteriosa “Tasa de Impaciencia”. Esta explicación, esta teoría conductual, plantea la incapacidad de las masas para suprimir un deseo actual con el fin de alcanzar uno mayor en el humeante futuro. Y esto, tiene su raíz en la poca visión del pequeñoburgués, que no encuentra otra meta que la de la una muerte enriquecida por el dinero acumulado durante la vida. La clase baja, acostumbrada a las fantasías que aprende viendo caricaturas y leyendo los textos de la Sanborns University, está muy lejos de una argumentación metódica y plagada de ideas científicas novedosas.

Problema número seis: las clases populares, ocultan la verdad debido a sus prejuicios sociales.

Los antiguos y laureados romanos, ocultaban los nombres de sus dioses, pues tenían la creencia de que los enemigos, al conocer la identidad de las deidades, las invocarían, provocándose, así, la ruptura del himeneo. Esta costumbre, sigue viva en nuestras poblaciones. Cuando se interroga a un miembro de la clase baja, éste, por lo regular, escamotea ciertas verdades, como su salario, su origen o sus actividades diarias. Y es que los parámetros de medición de la felicidad de toda sociedad occidental, son cuantitativos y no cualitativos. El obrero, descubrirá que trabaja mucho y que gana poco, que se transporta mucho pero que viaja poco, que es fuerte físicamente, pero débil en sociedad. Esta existencia, a su vez, obliga a los razonamientos burdos, como el de causa y efecto, dinero y producto, bien y mal, oferta y demanda y etcétera-etcétera.

Para concluir este ejercicio inglés llamado ensayo, tenemos que mentar que es muy difícil el hacer investigaciones longitudinales por entrevista con las clases bajas, pues si en una sola entrevista no alcanzamos a percibir una coherencia sostenida en las respuestas de las masas, en el mediano y en el largo plazo, mucho menos. “¿Puede describirse el continuum?”, pregunta Wittgenstein.

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