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Etnología y Arte


Dibujo estas letras con las pinturas que hay en mis recuerdos. En mis muchas relecturas de Bajtín, aprendí que a través de la etimología, podía llegar a conocer la cosa a la que Freud llamaba “zona del inconsciente”. Para determinar en dónde termina el fenómeno mental inconsciente y en dónde inicia el acto despierto, tenemos que recurrir a la añeja antinomia de la indivisibilidad del viejo Kant. La única forma para triunfar en nuestros afanes psíquicos, es recurriendo al lenguaje. Y el lenguaje, el consciente, es el poético, porque no actúa bajo el influjo o bajo la corriente de silogismos y falacias lógicas. Hoy, los etnólogos, más que nunca, acuden a la poesía para conocer a los pueblos.

Al parecer, en 1870 y según mi última lectura de la poesía del joven Rimbaud, el traficante llegó a cierta taberna atendida por criadas campesinas para combatir el hambre. Su genio poético, que es la forma más elevada y elegante de la descripción, le permitió crear una pintura fantástica sobre el mencionado lugar. Refiérase al soneto mentado el aludido lector. Si la Era Axial, según el término de Jaspers, es tan bien recordada, es porque hombres mitológicos como Buda, como Zaratustra o como Platón, dibujaron con su pluma y con su verbo las escenas más características de su tiempo.

La poesía, además de filosófica, es la herramienta más certera de la Etnología, la cual está destinada a la interpretación de los sobrantes de la Hermenéutica. El mismo Baudelaire, dijo algo similar cuando escribió que la imaginación, es el arma más precisa de la filosofía, la cual sirve, según las líneas comunistas de Lenin, para trazar una raya divisoria entre las ideas falsas y las verdaderas. El estudio de alguna parcela del saber, implica una buena organización intelectual. Y esta organización, casi siempre es dibujada por los poetas. O como decía el magnífico Althusser, la filosofía es la “disciplina que reflexiona sobre la historia de las formas del saber y sobre el mecanismo de su producción”. Estos contornos y mecanismos, sólo pueden ser asimilados con la imaginación, ingrediente supremo de la percepción.

Hace años, leyendo en un pálido restaurante al maestro alfonsino, gocé con el siguiente pensamiento: el buen etnólogo, el sensible, trae la poesía a flor de piel. La papirología, la numismática, la arqueología o la antropología, son poca cosa en parangón con la utilidad que un verso o que un dístico nos presta a la hora de pensar en una tribu. Un verso, es una cadena de imágenes entrelazada para que el ojo, pueda imaginar en vez de estar mirando.

Alfonso Reyes, rey de la prosa castellana y amante del pueblo más hermoso y supersticioso de todos los tiempos y espacios, desgastaba las líneas de Pausanias con las Afinidades Electivas de Goethe, las de Estrabón con la incredulidad de Coleridge y las de Plutarco, con la poesía de Mallarmé. Citando a Nervo y a Rubén Darío, el juglar de Monterrey, entendía.

Este essay, más cercano al capricho de Montaigne que a los modestos argumentos del aprendiz de literato Aldous Huxley, no le enseñará novedad alguna a los etnólogos de pupitre, pero sí a los valientes corsarios de la Sociología. Pero lo más importante, es que esta síntesis de letras, será de utilidad para las corporaciones que sueñan con que sus negocios, sean más lucrativos. Con pena, la cual jamás diluye a la verdad, apunto con Henry Hazlitt que el nivel educativo de los profesionales de la economía, se hace menor con el paso de los años y del dinero. Si estas líneas viven y sirven a guisa de causa impulsora para que los nuevos eruditos en transacciones de dineros e informaciones, sean más exigentes al ejecutar investigaciones sociales, dormiré satisfecho y preñado de sueños dorados.

Al persuadir a los capitalistas para que inviertan en los análisis fundamentales, es decir, necesarios para formular información sobre el presente, los profesionales de la etnología tienen que escamotear de su diatriba algorítmica los términos que designan a la “arqueología” y a la “antropología” si no quieren ser delatados de locura. La filosofía de fábula del meditador Wittgenstein, nos ha enseñado a solucionar un problema, es decir, un vicio bien anudado, uno que repetía con terca lucidez el señor Lévi-Strauss. Tal problema, consiste en soñar con que podemos comprender el mundo de los indígenas o de las nuevas subculturas con nuestra panoplia de palabrería técnica. El etnólogo, “aún soñando, desea soñar”, como dijo el recogedor de la trova toscana.

Para remediar este sencillo sueño de tigre, los etnólogos hemos aprendido a excavar en la tierra de la sintaxis, a arar en campos semánticos y a cosechar frutos de praxis. Al descifrar el “pomposo verbo y la alzada palabra” de alguna tribu, tenemos que afanar más allá del sustantivo y llegar hasta la sustancia. En el lenguaje, hallamos las herramientas de pensamiento de un pueblo, tales como la emulación de Diderot, la analogía del juglar, la simpatía del psicoanalista y la conveniencia de Mill, tan señaladas por un historiador del saber francés.

En la epigrafía, en las justificaciones para la exogamia y para la endogamia, nuestro blando ojo tiene que atender a los objetos o dispositivos que hacen presencia en los textos. Determinando la posición y la conjugación en la que habitan estos entes arqueológicos, es fácil determinar la clase social y los hábitos del pueblo comentado. Otro rasgo interesante al dilucidar la escritura ajena, es la clase de ídolos o de símbolos antropológicos que se mencionan con regularidad. Estos ídolos o referentes, son los estereotipos inmediatos o imitados por parte del que construyó el texto.

En los párrafos anteriores a Jesucristo, prólogos de lo moderno, encontramos las Tres H`s de la educación griega (Hesíodo, Homero y Herodoto), los tres arquetipos ilustres que educaban al amante del olivo. En la mitología germánica, a su vez, nos topamos con las figuras de Thor, de Fricco y de Wodan. En los párrafos de la prensa moderna, disfrutamos con la descripción de las diosas de la belleza y de la inteligencia, como Rania de Jordania, Belinda y Rose Luxemburgo. Como cualquier psicólogo aficionado a Williams James lo sabe, estos personajes nos contarán, sin murmuraciones y sin penas, cuáles son los objetos materiales y formales que condicionan la vida de nuestra tribu. Sólo el que rompe con estas prisiones típicas, es libre y puede decir, con Jiménez, “si os dan papel pautado, escribid por el otro lado”.

José Ortega y Gasset, el de la misteriosa fama, forjó una sentencia tautológica, pero no por eso, más dañina que el sinsentido. La sentencia, más o menos, dice así: “yo soy yo y mi circunstancia”. Pues en las proposiciones tribales, desde las mitológicas en Escandinavia hasta las recetas mágicas de los afrocubanos, encontramos que los textos, todos, son la manifestación de algún miedo cavernícola y platónico, de cierta angustia volcánica o de tal o cual terror metropolitano. Los adjetivos que designan circunstancias, son los rascacielos bajo los que vivimos. Y más allá de todos estos datos, nos importa la especie de palabras técnicas que se usan en los párrafos de los compradores en Paseo Ahumada o de los tribales. Mientras mayor sea el número de palabras especializadas, mayor será el rol social del usuario.

Así, articulando una rica forma de “gestalt” traslúcida y hecha “de sentimientos, de seres, de libros, de acontecimientos y batallas”, como impone Pablo el chileno, nos acercamos a la verbalización de los fenómenos sociales tan señalada por Marcel Mauss. Una bondad de la verbalización, consiste en que nos da la capacidad de la percepción, capacidad que nos sirve para visualizar las instituciones que no son accesibles para nuestros anteojos o antojos profesionales. Pero la sistematización del conocimiento, no se logra forzosamente a través de la palabra, el más bello de los dones humanos. Para materializar el contexto de un pensamiento dibujado, de una palabra, de un gesto o de un fenómeno social, hay que comprender que los textos que narran los acontecimientos, tienen que ser analizados sincrónica, diacrónica, filológica y alegóricamente, es decir, lingüísticamente. Etimológica tarea. Si no lo hacemos, anquilosaremos nuestro pensamiento en nuestras creencias. Ya decía Borges, el ciego con alma de etnólogo, “el Oriente, que sin duda no existe para el afgano, el persa o el tártaro”.

Estas alemanas configuraciones, levantadas con ladrillos arqueológicos de Mesopotamia, con varillas psicológicas de Austria, con cemento económico de Oxford y con cableado lingüístico de Russell, jamás serán del todo objetivas para el etnólogo foráneo. Más que objetivar, tenemos que sujetar. O como se afirma en los inconexos volúmenes de la Filosofía Analítica, si hay un movimiento absoluto, el del observador que se mueve con la tribu, también hay una posición absoluta. Y esta posición o postura en movimiento, es la “gestalt” creada por el investigador. Ni Artaud se entendió del todo con los indígenas en México, ni Dumézil profundizó con la intelectual lengua de Mauriac en los mitos de Odinn. Si tenemos suerte, podemos encontrar un pasado prehistórico en el que arios, mediterráneos y sajones, compartían un modo de vida necesitado de armas, claves, descripciones pictóricas y viejos sabios que ayudaran a la forzosa supervivencia. Y sólo la Gramática General, nos puede enseñar cuáles fueron los orígenes de nuestra comunicación.

Para inocularnos en el oscuro mundo del vecino, los sentidos se bifurcan en las categorías tradicionales de “esencia” y “existencia” o de “necesario” y “suficiente”. O elegimos los sinuosos jardines del lenguaje o preferimos las sublimes alturas de las instituciones. Si optamos por el invernadero del lenguaje, tendremos que aceptar la desconstrucción del nuestro y recibir el pueril refugio del próximo. Y como cantó Chang-Wu-Kien, diremos enardecidos que “el viento maldije que vino a robarme galas del jardín”. Si preferimos la altura de las instituciones, nos veremos forzados a escrutar la música y la arquitectura. En la música, en las canciones, habitan las leyes tácitas de los pueblos. Y en la arquitectura, que es soneto petrificado o Bach hecho almena, encontramos las leyes morales que el hombre quiere conservar en los muros, objetos de adoración debido a su capacidad para unificar lenguas serpentinas que quieren volar.

Fue el arduo Karl Nicolaj Henry Petersen, misterioso y joven danés, el que pudo renovar los análisis perspicuos sobre la mitología germánica. Y lo hizo con evidente comodidad porque él mismo, y como lo reafirma su nombre “Karl” o “campesino libre” en olvidado escandinavo, conocía, mejor que los foráneos, el territorio gramatical de su rubia historia. Vale más conocer el camino que tener los mejores caballos, dijo un ciego educado para el canto. Sin un nativo que nos oriente en nuestras investigaciones, somos un simple Otto Lidenbrock sin Hans, somos un pobre investigador que se pierde en el asombroso camino andado. Bien dijo Old Ez que “an honest peasant is a prognostic”. Tenemos que hacer de nuestro nativo nuestro Watson.

Es menester que concepto e intuición, que científico y nativo, se complementen como lo hicieron hombres como Tales de Mileto y Platón al descubrir el continente Matemático-Filosófico, como lo hicieron observadores de la cepa de Galileo y de Descartes al invadir la Física Sistemática, o como lo hizo Marx al conquistar el invisible continente de la Historia.

El fugitivo nivel de consciencia que buscamos cuando estamos martillando un texto, sólo es asequible para el hombre nativo. Una exégesis de la sensibilidad oriental, plasmada en la consciencia del griego y del latino, podemos encontrarla en el haikú, solemne intento para clarificar el lenguaje desde la metáfora más sencilla a la mano. Cuando Simónides de Ceos dice “una poesía, una pintura que habla”, o “una pintura, una poesía muda”, está delatando que en él, también habita Busón. Sin embargo, el nativo y como afirma la palabra soplada de Ludwig, no puede buscar lo que queda más allá de su pensamiento, o llamado vulgarmente, “racionalidad”. Así, el aborigen tiene que embarcarse en un barco extranjero y navegar en contra del mar de significados que es su cosmovisión, y tiene que repetir, de la mano de nuestro poeta, “de mi frente zarpa un barco cargado de iniciales”. Sí, hemos dicho “de iniciales”, de significados que empiezan y por conocer y por contraponer a su cultura. Lo anterior, decía Wittgenstein, es casi imposible, ya que nuestra lógica occidental, le teme más a la contradicción que a la tautología.


En infinitas ocasiones, el etnólogo tiene que aprender a pensar musical o pictóricamente. Este profesional, adereza sus noesis con Beethoven o con Velázquez, pero no piensa a partir de un tono musical o cromático. En su país, sea Francia o Inglaterra, el promedio de la población razona sobre el lenguaje articulado, escrito y memorizado. Otras veces, la postura del investigador social, es histórica, política, económica o filosófica, y abunda en referencias o ejes temporales y espaciales, en tanto que el aborigen, no está habituado a destruirlo o a analizarlo todo. Recordemos que el griego siempre ha sido más afín a la imagen que el árabe, amante de los “signos de la mano” coránicos. Con este fundamento, se entiende que la religión griega no haya sido nunca tan sistematizada. Otro ejemplo, es asequible en la cotidiana amistad con los españoles, herederos de las costumbres asiáticas, en donde “el tiempo callado se va otra tras otra” y debido a los “dejos fatales de la raza mora”.

En nuestra vida occidental, accidental, desinformada, sin forma, sin capacidad para dar frutos, sólo existen dos tipos de instituciones, y tales organismos públicos, le enseñan a pensar al ciudadano. Eso sí, abundan las capas o pisos en nuestros idiomas. En tanto “que de rosa y azucena se muestra”… ah, no, sigo con la idea anterior… En tanto que los tribales o sociedades poco capitalizadas en metales hablan con simplicidad y echando mano de la onomatopeya, como observaba Mauss, nosotros lo complicamos todo con nuestra retórica. En oposición a las instituciones tribales, las nuestras son bárbaras si las enfrentamos a las milenarias y duras configuraciones abstractas de algunos nativos. Ellos siguen leyes, mientras que nosotros, seguimos órdenes, siguiendo la sentencia de Confucio.

Los piramidales y puntiagudos mamotretos del otro lobo o campesino libre, Karl Marx, sostienen que sólo podemos contemplar, debido a los análisis de Smith, instituciones naturales y artificiales. Ignoramos que el tótem, es creación humana y antinatural. Pensamos que la iglesia, es creación divina, cuando la necesidad afectiva, es instintiva en el hombre. Para el nativo, no existe esta confusión y por eso, no entiende por qué, los yanquis, trabajan tanto como lo hacen para inflar instituciones superfluas. Este fenómeno, es como el surrealismo, “la manzana de fuego en el árbol de la sintaxis” natural, conmemorando la poesía paciana.

Una de mis grandes pasiones, además de mi adorada Hispania, del Quijote, de mi Vulpius, de nombre Belinda, es la literatura argentina. El primer error, recuerdo, que cometí al intentar acercarme al alma del país más culto del continente, al viejo “espíritu de finesa” gaucha, fue el de creer que aprendiéndome de memoria tangos, milongas y sainetes, el sombrero de charro se transformaría en chambergo. Pintando en la pampa de la memoria los libros de Banchs o el Martín Fierro, tampoco me apropié del lunfardo. Para manipular, aunque sea un poquito, la taxonomía y la verborrea del bonaerense, tuve que crearme amigos compadritos, matarifes y cuchilleros. Como lo hice en el “Alma de Italia” de nuestro viejo Nervo, o como lo hice en las poesías de Machado para adentrarme en Andalucía, al dialogar con estos rufianes esplendorosos, me hice dueño de la mayéutica borgesiana.

El devenir de las instituciones históricas, de los gigantes del tiempo, es más importante que el estudio del clima o de la situación política, si se me perdona contradecir con bondad a Dilthey. Durante el recorrido, Marx me apoyó citándome a Cervantes, enseñándome dialéctica y dándome peniques para cada viaje hacia el pasado. Sí, y como dice en el Pierre Menard, la Historia es la madre de la Verdad y la enemiga de los balbuceantes recién nacidos. Así, comprendo mi ansiedad por Ascasubi y por Groussac, poetas recomendados por Borges, el de la Funes-Ta y mitológica memoria.

Decía uno de ellos (la referencia no importa cuando habla la verdad), que el tango provoca que el argentino sienta que ya fue valiente y que ha dejado los buenos tiempos atrás. Este sentimiento de un pasado honorable, es común en la raza humana. Al apreciar un tango, el escuchador cree que ya cumplió con su misión nacional. El tango, ése “reptil de lupanar”, según la expresión de Lugones, no representa el sentir del barrio, sino el sensualismo del prostíbulo, siguiendo el escolio ofrecido por Borges, amante de los inacabables libros ingleses. Si lo anterior es atinado, es decir, destinado a perdurar, el tango representa los modos de consumo de un país y en él, podemos encontrar la cosmovisión de los que imaginan la pampa con soltura, como el compadrito, mozo enamorado, galán y bailador.

En el pecho, un hosco rencor pendenciero, y en los negros ojos la luz del cuchillo, cita el ciego. El pecho alto, denota y connota, ambigüedad certera, la consciencia de clase del argentino. Me acuerdo de que en el Quijote, existe un soneto del que luchó en Lepanto, uno que dice “esta que veis, de rostro amondongado, alta de pechos y además brioso”, que sirve para parangonar nuestras ideas. El argentino, musical hasta en el andar, hombre al que el verso le cae al oído como cae el rocío sobre el césped o como cae el viento sobre la yerba, citando a hombres tan lejanos como Confucio y Neruda, busca que su vida sea una continuidad consciente, o en el lenguaje del maestro de Alejandro, que sea una “imposibilidad convincente”.

Pero el argentino, también es pictórico o visual. Esto, queda registrado en la segunda parte de los admirables versos citados, en la parte de la afirmación que sostiene que hay “en los negros ojos la luz del cuchillo”. Este cantador, es menos visual que auditivo, es como el ciego celebrado por Evaristo Carriego, ése que “te espera las más de las noches sentado a la puerta” y que “calla y escucha”. Concluyamos que el espíritu argentino, es ciego como lo fue Groussac, como Borges y está herido como la poesía de Baldomero Fernández Moreno.

Podríamos hilar, a partir del tango, a partir de su estructura sintáctica, la configuración filosófica del país que lo entona y encontrar en ella la inspiración o el fondo poético del pujante Almafuerte, que le exige al argentino tener el “tesón del clavo enmohecido que ya viejo y ruin, vuelve a ser clavo”. Mientras nosotros, occidentales, creemos lo que piensa Habermas, es decir, que los objetos de trabajo constituyen la voluntad del hombre, “otra cosa quiere el puñal” de Toledo, y no precisamente trabajar.

Esta etnia de análisis sociales y lingüísticos, puede ser acostada sobre los Eddas y sobre la memoria de Snorri, sobre la bella utopía de Harrington, sobre la Dopamina de Madame Belinda, sobre los manuales de retórica sicilianos, sobre la épica de Jonia, sobre la filosofía de Crotona o sobre los textos fundamentales de Chipre. Aunque en la religión de la buena ciencia es pecado capital el ejemplificar, pues todo ejemplo es un refugio para la fugacidad, ilustraré cómo podemos ahondar en la simiente humana a partir de las leyendas o leyes de las sendas de la imaginación.

Hay un mito o cuento en el aire que delata la pasión teutona por el método y por la técnica. En la India o en Grecia, los dioses nacen o mueren en la arcilla o en la rencilla o en algún cuento del estilo del Golem. En cambio, me parece que Kvasis, se transforma en el símbolo de la poesía y de la inteligencia sufriendo un proceso de manufactura peculiar.

Creo que a Kvasis, lo mataron dos enanos, y tales enanos miserables, mezclaron la sangre del cadáver con miel y la repartieron en tres recipientes. Al orgulloso líquido, se le llamó “hidromiel de la sapiencia”. En el honesto relato, encontramos la necesidad de la técnica para generar inteligencia y no al revés. En estas frías narraciones, el cómo importa más que el qué. De aquí que el Idealismo Alemán, sea una sarta de fórmulas y de sistemas para solucionar problemas que no existen, como seguramente dirían Goethe y Wittgenstein.

En la cosmovisión del mito de Kvasis, si es que eso de los mitos no es un mito, luce un interés poco disfrazado por las matemáticas, por la inducción y por la transformación de la cantidad en calidad, recordando los apotegmas de Hegel. Sí, pues un ente cae en manos de dos entes que lo dividen en tres. El proceso de fermentación del producto de azúcar rimada y de sangre en verso libre, a fuerza de saliva y de “frutos machacados”, según el origen escandinavo de la palabra Kvasis, que es “kvas” en noruego dialectal, no constituye una bella pintura o escultura, pero sí una excelente trama. Por eso, el tutor de Eckermann sostenía que los alemanes, no sabían pintar.

Las palabras sueltas, plumas de pájaros perdidos, son los colores tornasol de la poesía y ésta, además de la arqueología y de la plástica, forma las creencias, en el tiempo y en el espacio, de una tribu, pues en ella encontramos el origen de las palabras, es decir, la historia del pensamiento. El canto o narración contenta, arte memorial e inmemorial paradójicamente, es la vasija de la herencia popular. Odinn, según Dumézil, del viejo término “ódr”, que se traduce en “furor”, es el arquetipo de la cosa llamada hombre del norte o alemán, que no podría quedarse quieto ante el musculoso frío con cuerpo de hielo. No dudo que Reineke sea pariente del maravilloso Fenrir, y menos que las hermosas palabras Welt, World y Värld, no controlen el movimiento de la retina del alemán, del inglés y del sueco.

Las creencias religiosas, por universales, son fáciles de detectar en los manuscritos o pinturas que examinamos. Cuando una tribu está repleta de nociones mágicas, de metafísica o de ciencia popular, de acertijos, de cruces, de desvíos de la mirada, de recelos, de altares, es decir, de técnica o de rezos con las manos, sabemos que el fundamento de sus creencias, está en la necesidad infantil, típica de los pueblos que no han hecho ciencia, de explicarse el mundo superficialmente y a través de cuentos, epopeyas y soluciones simplistas. Testimonios encuadernados de lo anterior, son el Libro Tibetano de los Muertos, el Tao Te King o los libros de caballerías, mascaradas para ocultar la certeza de la materia, que es la verdad.

Cuando Nervo dice que “yo soy un alma nocturna que quiere tener estrellas”, delata el sentimiento religioso de su nación, una nación oscura, ansiosa e inflamada en incertidumbre. Encontramos, también, unas líneas de Belinda que confirman lo anterior, unas que dicen que “la noche es anestesia”. Y lo mismo acaece bajo la pluma de Paz, como cuando asegura que “soy hombre: duro poco y es enorme la noche”. Si la literatura es la ruta más ancha para conocer el pasado, la pintura, como decía el veracruzano Clavijero, que es poesía instantánea, es el camino idóneo para conocer cómo sueña o quiere que sea el presente y el futuro nuestro aborigen.

Cuando las pinturas de los nativos proyectan paisajes, en fin, espacios abiertos, estos trazos de la luz nos dicen que el pueblo que los urdió, sigue viviendo, en el caso del análisis sincrónico del arte, bajo los preceptos de los astros. En el Trecento, época en la que el alma imperaba sobre el cuerpo, las pinturas tenían su vórtice en lo abstracto. “¿Cómo es un alma?”, pregunta Finea. Y Liseo, responde que “como filósofo puedo definirla, no pintarla”. Elegante ejemplo español. En el Renacimiento, en cambio, las pinceladas de los artistas, esculpían belleza entonando músculos, cuerpos u hombres, que era lo que importaba. Y en el Quattrocento, los énfasis del Parnaso, se hospedaban en la cabeza y por eso, el retrato se desarrolló al máximo. Estos pueblos de mirada abierta saben, como ciertos personajes de Twain, en dónde está el Norte mirando los confusos follajes del sur del árbol.

Antes de sellar mi boca, hablemos sobre los ingeniosos medios de producción de las civilizaciones humanas. Cuando encontramos pesados arcos y flechas en los pergaminos o en los lustrosos libros del clero, armas pensadas para un hombre fuerte, estamos delante de una sociedad que cree en el individuo. Cuenta una narración norteña del Siglo XII, escrita por los hiperbóreos, que un conde, al preguntarle al buen Sigmund sobre sus creencias, recibió como respuesta un petulante: “creo en mi fuerza”.

Cuando los habitantes de una aldea construyen subterfugios en los que es menester el trabajo en equipo, es porque promueven las jerarquías, la especialización, las tríadas, la sangre como símbolo de la estirpe y de la herencia. Vemos que los alemanes (en Germania la nobleza jamás gozó de los privilegios excesivos), llenos de dispositivos inútiles, andan solos, en tanto que los franceses, creadores de maquinarias ideológicas, platican o hacen política en grupos. Como etnólogos, no podemos ni debemos rechazar estas posturas, y menos pensar que están atrasadas respecto a las nuestras. Las letras latinoamericanas, amantes del dolor y de la sangre y de la muerte, no son inferiores a las letras inglesas, cómplices del misterio, de la penumbra y de la locura. La misión del antropólogo y del etnólogo, es el elogio de lo actual, según la bella afirmación encontrada en el Anthropology de Goldenweiser.

Las tribus no son fantasmas encarnados y son tan actuales como nosotros. Prueba de ello, es que existen y resisten. Usando y torciendo una poesía de Neruda, quiero sugerir que tenemos que olvidar un poco nuestros intereses, porque “los intereses son como ciclones, rompen la tierra y todo lo que vive”.

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