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Sociología: madre de la economía

Estamos cometiendo un grave error al imitar la conducta de los demás países. Un principio científico dice que lo más importante en ciencia consiste en saber observar las peculiaridades de un fenómeno. Sin embargo, hacemos todo lo contrario y nos aferramos a nuestras viejas categorías intelectuales. Una categoría intelectual es como una ranura o como una ventana. A través de estos espacios o ranuras alcanzamos a ver sólo lo que dichos espacios nos permiten ver.

Hoy es lunes, y como todos los lunes hablaremos sobre un tema especializado. Meditaremos sobre la relación que hay entre la economía y la sociología. Para iniciar citemos un pasaje del Diccionario Filosófico de Voltaire: “Os desafiamos a que encontréis un solo pueblo en el que no se hayan realizado prodigios increíbles, sobre todo en los tiempos en que casi nadie sabía leer y escribir”.

Esta hermosa cita nos deja pensando en nuestros paradigmas. Una herramienta utilísima para romper los paradigmas es la Navaja de Ockham. Este instrumento epistemológico nos aconseja no multiplicar los entes si no es necesario. Además esta Navaja siempre iba en los bolsillos del gran C. Hitchens, crítico social por excelencia.

En los tiempos antiguos se producían milagros y en los tiempos modernos se producen catástrofes económicas. Los antiguos creían que los milagros o que las catástrofes eran designios divinos, y hoy pensamos casi lo mismo sobre las burbujas financieras o sobre las devaluaciones.

¿Acaso no hemos avanzado mucho científicamente? En apariencia, no. Hagamos un poco de historia. La historia ha tenido cuatro grandes cortes, según el pensador Karl Jaspers. El primer corte tuvo lugar entre el año 5000 y el año 3000 antes de Jesucristo. En esos tiempos nació el lenguaje articulado y aprendimos a controlar el fuego. Los rituales agrarios abundaban y la magia era nuestra mejor amiga.

El segundo corte tuvo lugar entre el año 800 y el año 200 antes de Jesucristo. En tal época nacieron grandes genios. En China se desarrolló el pensamiento de Confucio y de Lao Tsé, mientras que en la India vivió el Buda. Además, en Persia pudimos conocer a Zaratustra y en Grecia a los maestros del pensamiento, maestros como Homero, Platón, Arquímedes o Aristóteles.

En los mentados siglos brotaron las categorías intelectuales con las que seguimos pensando. La emulación, la conveniencia, la analogía, la simpatía, la esencia, la metáfora, la existencia, la tautología, la contradicción, la contingencia o la casuística, son categorías científicas que siguen sirviéndonos para analizar los hechos. Pero con la Navaja de Ockham hicimos un gran avance y pudimos eliminar algunos sobrantes.

¿Cómo distinguir los fenómenos esenciales de los fenómenos materiales? Eliminando hechos repetidos. El loco no está loco porque se comporta todos los días como loco… parece estar loco porque está mecanizado o entrenado para responder de tal o cual manera, dirían los marxistas.

No busquemos patrones, sino peculiaridades. Importar una fórmula económica europea para solucionar problemas asiáticos, o importar una tecnología alemana para perfeccionar la mano de obra norteamericana, es creer que los hechos se repiten aquí y allá, en el viejo continente y en la joven América. Y creer esto es creer en el fascismo o en el absolutismo.

El cuarto corte de la historia tuvo lugar hace cinco o seis siglos. Desde esa época hemos vivido bajo el ruido de la técnica y de las matemáticas. Toda técnica es una forma de trabajo destinada a rebajar el tiempo y a multiplicar resultados. La técnica nos ha acostumbrado a pensar empíricamente, es decir, a pensar basándonos en los hechos.

Pero los hechos materiales no componen todo el conocimiento humano. Los economistas saben que detrás de una compra hay un motivo oculto, el cual se puede localizar estudiando la historia de los pueblos y sus costumbres.

Mientras sigamos pensando empíricamente seguiremos siendo engañados por los hechos. La Enciclopedia Británica define así el empirismo: “Teoría de que todo el conocimiento se deriva de la experiencia sensible”. Bertrand Russell no se creía del todo esta definición y sugirió preguntarnos lo siguiente: ¿qué es el conocimiento?, ¿qué es la derivación?, ¿qué es la experiencia sensible?

Para nosotros el conocimiento es mera numerología, mientras que la derivación es mera técnica y la experiencia sensible mera repetición. Todo esto es un error y todo esto hace que las empresas decidan guiándose con parámetros superfluos. Dar el salto desde la cifra hasta la acción es un acto arriesgado. Todo el mundo presume de precisión, pero pocos son los que asumen decisiones concretas. “Hic Rhodus, hic salta”, decimos.

Hace unas semanas Moody´s Investors Service calificó precariamente el rendimiento de instituciones como Morgan Stanley, Bank of America y J. P. Morgan. Estas calificaciones provocan incertidumbre y emiten señales ambiguas hacia los mercados. Meter en el mismo campo semántico a instituciones que esencialmente son diferentes no es la mejor práctica. Pero, ¿y si todas las empresas, como las mujeres, son iguales?

El economista John Kenneth Galbraith dijo que en el mundo de la gran corporación los problemas no se solucionan, pero sí se traspasan. Que los rascacielos intercambien sus profesionales constantemente nos hace pensar que todas las empresas se parecen. Resulta, así, que la burocracia es la que lo complica todo, ¿no lo cree?

Entonces nuestros esfuerzos intelectuales tienen que dirigirse hacia la eliminación de la burocracia, es decir, de los entes repetidos, según la Navaja de Ockham. Mejorar la comunicación interna, el internet, las computadoras personales y la ingeniería genética será como mejorar el rendimiento de las corporaciones y de las mediciones. Alguien tiene que medir a la medida. Esperamos que la clonación no duplique el número de ejecutivos incapaces.

¿Cómo son los instrumentos con los que percibimos el mundo de la economía?, se preguntan muchos. Podemos ir hasta John Locke, respondernos y ayudarnos a percibir mejor las peculiaridades de las empresas, que son el ADN de los negocios.

Según el inglés nuestro conocimiento está hecho de ideas simples. Estas ideas, a su vez, están hechas de sensaciones y de reflexiones. La reflexiones están hechas de sentimientos y de pensamientos, en tanto las sensaciones están hechas de datos secundarios y de datos primarios.

Los datos primarios contienen cantidades, movimientos, formas y líneas, mientras que los datos secundarios contienen olores, sabores y texturas. Los datos primarios son geométricos o matemáticos, y los secundarios son plásticos o imaginativos. Como podemos ver, nuestras evaluaciones económicas todavía son muy vagas y primitivas, pues son numéricas.

Lo que tenemos que evaluar no son los productos o los resultados numéricos de las empresas, sino la eficiencia con la que trabajan sus personas. Las empresas dedicadas a la tecnología lo han entendido muy bien y prefieren tener poca gente, poca, sí, pero que sea muy capaz. Aquí algunos datos recolectados por Dominique Nora, un reconocido periodista de L´Express:

-Apple. Facturación en 1994: 9,190 millones de dólares.
-Nintendo. Facturación en 1995: 4,580 millones de dólares.
-Tribune Company. Facturación en 1994: 2,150 millones de dólares.
-Metro Goldwyn Mayer. Facturación en 1994: 144 millones de dólares por taquilla.

El dinero es una consecuencia, no un objetivo. Estas empresas facturan tanto dinero porque han comprendido que el éxito de una empresa está forjado con tres ingredientes: talento, tiempo y precisión.

El talento es el ingrediente más importante y no es medible numéricamente. Un profesional talentoso transforma rápidamente sus sensaciones primarias en sensaciones secundarias, las cuales terminan haciéndose reflexiones y emociones, las cuales, a su vez, se materializan en productos o en servicios a la medida.

La Navaja de Ockham, más que las evaluaciones de Moody´s, nos sirve para distinguir cuáles son las empresas que repiten las fórmulas del pasado y cuáles son las que innovan. Un país no puede pasar sus décadas copiando métodos. Hoy, copiar es igual a promover el monopolio de las empresas tecnológicas. Si nadie inventa tecnología nueva los que la han inventado seguirán en la opulencia.

De lo anterior ha hablando Schumpeter. Este economista ideó una teoría llamada “destrucción creativa”. La lucha entre las empresas o la destrucción constante de la tecnología hace que las corporaciones inviertan más en cerebros, o mejor dicho, en gente con talento. El mismo gobierno norteamericano ha eliminado los monopolios para que todas las empresas tengan las mismas oportunidades de innovar.

Un monopolio sólo dura si es protegido por el gobierno, dijo Schumpeter en su excelente libro Capitalism, Socialism and Democracy. La Standard Oil en 1911, Alcoa en 1945, Xerox en 1975 y AT&T en 1982 han sido empresas monopolistas pero restringidas por el poder estatal. ¿Pasa lo mismo en nuestro país? Dejemos que la respuesta la brinden con mordacidad los súbditos de Keynes.

Los economistas modernos, desde los keynesianos hasta los de Chicago, han empezado a comprender que la sociología es la raíz de la economía. Adam Smith, con su irónico estilo escocés, dijo que el pan no llega hasta nuestra mesa por la bondad del panadero, sino por su afán de vender. Y vender es simplemente un intercambio de “valores de uso”, si me permiten usar el lenguaje marxista. Y un valor de uso es el resultado de un proceso psicológico.

Tenemos, así, que dejar a un lado los análisis cien por ciento numéricos y ayudarnos con los análisis de la sociología. Citemos a Claude Lévi-Strauss, un gran etnólogo: “Marx enseñó que la ciencia social, así como la física no se construye a partir de los datos de la sensibilidad, no se construye en el plano de los acontecimientos”. ¿Qué le parece? Esto es magnífico.

El mismo Louis Althusser decía que los científicos mediocres sólo son científicos con pensamientos añejos, añejos pero actualizados con técnicas matemáticas ultramodernas.

El picante Karl Kraus se dio cuenta del engaño de la modernidad y se preguntó lo siguiente: ¿por qué la barredora de polvo que veo pasar simplemente echa el polvo a otro lugar?, ¿por qué la calidad de los teléfonos avanza más rápido que la calidad de las conversaciones?, ¿por qué me da placer viajar a velocidades de vértigo para llegar a la nada?, ¿es diferente y mejor la muerte en una moderna silla eléctrica?

Los grandes analistas estudian fenómenos sociales, que son algo más que acontecimientos materiales. Carlos Monsiváis conocía la psicología del mexicano a través de las canciones de Gloria Trevi, pues Trevi es un rasgo peculiar e irrepetible de nuestra cultura. Hemos vuelto a aplicar la filosa Navaja de Ockham.

Para concluir citemos algo de Lenin que nos invita a no copiar los métodos de evaluación ajenos: “No debéis copiar nuestra táctica, sino analizar por cuenta propia las causas de su peculiaridad, las condiciones y los resultados de esta táctica aplicando en las condiciones locales no la letra, sino el espíritu”.

Colaborador invitado

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