Diseño

El arte del retrato

Pintura analizada: “La Infanta María Teresa”. Diego Rodríguez de Silva y Velázquez. Escuela española. Metropolitan Museum, Nueva York. Colección Bache.

La fotografía jamás podrá superar los ardores de la pintura, porque un ojo mecánico jamás podrá registrar lo que puede registrar un ojo humano, es decir, gestos del espíritu. El retrato pintado es el arte del gesto y el retrato fotográfico es el arte de la luz y de la sombra.

Muchas veces tenemos que fotografiar a alguien, y muchas veces no sabemos de dónde partir para imprimir en la posteridad la “máscara” de alguien, la “personalidad” de alguien (`personae´: máscara). ¿Qué tenemos que buscar al retratar a alguien? Podemos buscar dos cosas: su alma o su carne.

En el Trecento el alma era más importante que el cuerpo, y los halos y los efectos especiales divinos prevalecían, tanto, que a los barcos se les decía “potros del mar” y a la sangre se le decía “agua de las espadas” (“tiempo de lobos, tiempo de espadas”, dicen los Eddas). Luego, en el Renacimiento (que sólo tuvo lugar en Florencia, según los expertos), el cuerpo se impuso y relegó al alma a segundo término.

Y fue en el Quattrocento cuando alcanzó su plenitud el retrato (G. Simmel, `Philosophische Kultur´). Los pintores de esta época buscaban materializar el “motti dell´ánimo” o movimiento del alma. El poeta Goethe decía que los germánicos no tenían alma y que los italianos o meridionales sí la tenían. Un rostro es un gestuario, para usar las teorías del “catch” de Barthes.

Veamos un cuadro de Velázquez llamado `La Infanta María Teresa´. Velázquez se ganó un lugar en la Corte de Felipe IV pintando la cara del monarca. El retrato de la Infanta aduce los rasgos de los Austrias, rasgos orgullosos, presuntuosos y dignos de toda aristocracia. Una sonrisa es convulsiva, ambigua, polémica, pues sonríe el malvado y sonríe el santo.

El peinado de la Infanta incomoda toda acción, demostrando, así, que la señorita María Teresa no está para trabajos ni para esfuerzos, como pensaría Veblen. El peinado está lleno de mariposas, de mariposas que fueron pintadas con un pincel que fue remojado en la luz y en el aire, según cierta sentencia que emitió Whistler sobre el retrato. Tres tonos distinguen la paleta del último Velázquez, que más que pretender la multiplicidad de colores, pretendía dominar un arte monocromo.

“Art happens”, dijo Whistler. Un rostro nace, impera y se imprime en la historia. El retratista tiene que buscar los gestos de una época en los gestos del retratado. Por eso se dice que la Infanta, ante los ojos de Velázquez, quedó reducida al modelo, a la dura geometría de la época y del ojo del español, que no tuvo rival hasta que Goya recreó el universo.

El artista tiene siete grandes objetos de estudio, objetos que le permiten vislumbrar mejor sus modelos (matemáticas, física, sociología, antropología, pedagogía, psicología e historia del arte). Las mariposas de la Infanta hacen que la Infanta parezca una “mariposa de sueño”, como dice un verso de Neruda. “La dulce boca que a gustar convida un humor entre perlas destilado”, según un soneto de Góngora, nos hace entender que un aristócrata no habla, no hace, pero sí vigila y cuida el porvenir.

Es sabido por todos que Shakespeare, que El Quijote y que `Las Meninas´ de Velázquez forjaron la entrada a la era moderna en el arte. ¿Por qué? Porque Cervantes retrató la condición humana moderna, una condición llena de incertidumbre y de sueños, de símbolos y de populacho. Shakespeare configuró con sus caracteres teatrales el rostro de lo humano, pues los celos, la malicia y las sombras abundan en sus libros y abundan en las ciudades.

Y Velázquez, con `Las Meninas´, inauguró las ciencias de la observación. No sin motivo Michel Foucault usó `Las Meninas´ para hacer el exordio de su bello libro `Las palabras y las cosas´. Al retratar tenemos que hacer una “solemnis praeparatio”, una ceremonia, una introspección. ¿Qué hay en el rostro de la persona que retrataremos? En la Infanta, al menos, hay altiveza. Y viendo esta bella cara nos acordamos de un verso de Orlando furioso, que dice así:

“Questa assai più oscura che serena
vita mortal, tutta d´invidia piena”.

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