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Amigos redactores publicitarios, leamos a Cervantes

Jorge Luis Borges ha dicho que cada frase del magnífico `Don Quijote de la Mancha´ puede ser corregida, y ha dicho que Cervantes ha sido amado por sus enemigos, es decir, por los gramáticos. ¿Qué podemos aprender leyendo el `Quijote´? Podemos aprender tres cosas: qué significa ser un loco, cómo escribir con soltura y donosura, y a analizar la psicología humana, si es que hay tal cosa o si es que hay otras psicologías.

Realmente yo he aprendido más del señor Quevedo, quien dice cosas menos ingeniosas pero mejor dichas. Trataré de comparar de mala manera unos versos, unos de Cervantes y otros de Quevedo, y todo para que mis lectores sientan, al menos, por qué leer profunda y profusamente a tales autores beneficia nuestra pluma.

Usando al pésimo escritor Kant formularé algunas preguntas. ¿Qué creen los gramáticos que es la lengua? ¿Qué esperan esos señores de la lengua castellana? ¿Qué hacen por la lengua tan señoriales preceptores de reglas tartamudas? ¿Son los gramáticos de la Real Academia Española los mejores jueces de la lengua? Para ellos la lengua es un cadáver, y esperan de ella recuerdos añejos, y por ella no hacen más que anquilosarla, y no creo que sean mejores jueces que Rubén Darío.

Si no hubiera sido por el gandul pájaro azul de Rubén Darío y por otros más seguiríamos hablando como el `Quijote´. Pero, ¿qué tendría de malo seguir hablando así: “Esta que veis de rostro amondongado,/ alta de pechos y ademán brioso,/ es Dulcinea, reina del Toboso / de quien fue el gran Quijote aficionado”? Al usar la lengua usamos indiscriminadamente palabras demasiado trabajadas por la ideología científica (“filológicas”, dirían los Pelayo), palabras que construyen tautologías, es decir, necedades visuales o retóricas. Y leyendo a Cervantes aprendemos la evitación de tales entuertos literarios.

Analicemos la soltura de Cervantes, quien ha dicho que “una” tiene la cara “gorda”, los senos “pronunciados” y los ademanes “viriles” (Ortega y Gasset escribió que el español ha olvidado que el ademán alemán es parte de su sangre). Nótese que mis palabras parecen “eufemismos” junto a las de Cervantes, nótese, sí, que aunque parecen pálidas o elegidas terminologías éstas suenan burdas, toscas.

¿Por qué Cervantes logra con esas palabras desarrapadas la elegancia? Pues porque Cervantes se entonaba antes de hablar, porque después elegía la palabraidónea, y porque después, sí, muy después, pensaba en la sintaxis, actos todos contrarios a los llevados a cabo por Quevedo, que primero pensaba en el orden y en las palabras, y luego en el tono, si es que después del raciocinio volteriano le quedaba algo que entonar.

De este modo concluimos que para escribir sueltamente hay que llegar primero al ensueño y luego al sueño, pues el sueño es algo hecho (lo dice el `Imaginismo´ de Pound), mientras que el ensueño es algo caótico, siendo el caos el origen del arte. ¿Cómo llegar al ensueño? Recordando nuestras memorias primigenias, recordando los cuatro elementos. Gastón Bachelard, al que aprovecho al máximo, ha preguntado: ¿qué sería del ideal de pureza sin el agua clara?, ¿qué sería de los mitos mortuorios sin el agua, agua que nos ayuda a comprender que la muerte es un viaje o una travesía?

Usando los elementos podemos escribir sueltamente, despreocupadamente como Cervantes, y no como Quevedo. Yo, malamente, creo que Alfonso Reyes es como Quevedo, y que Sor Juana y que Paz son como Cervantes. Pero no, no estoy seguro, y por amor a la paz retiro lo dicho.

Cervantes dice “Esta que veis”, sí, y lo dice como para confirmar que todavía podemos confiar en nuestros sentidos, en nuestra “imaginación material”. Luego el castizo soldado escribe: “de rostro amondongado”. ¿No es la indicación hacia la redondez una indicación hacia la geometría, que es una de las primeras formas de nuestra percepción? Cervantes sigue cabalgado su sintaxis y nos obliga a ver que Dulcinea es “alta de pechos” y de “ademán brioso”, y lo hace para remontarnos a la idea de maternidad (“pechos”) y a la idea de vida (“bríos”).

Confianza (fuego), percepción (agua), naturaleza (tierra) y movimiento (aire) son los cuatro ingredientes para lograr una suelta escritura. Si creemos que nuestra pluma no puede elevar las cosas, entonces hagamos preguntas así: ¿qué quedaría de este objeto si se mojara?, ¿qué quedaría de este objeto después de mil años enterrado?, ¿qué parte de este objeto resistiría los chirridos del fuego?, ¿qué parte de este objeto preferiría el aire para hacerlo volar?

Ahora veamos la antielemental quietud de Quevedo, retórico profesional por excelencia: “Bien acierta quien sospecha que siempre yerra”. Los gramáticos dirán que comparo cosas incomparables, pero yo respondo que sí son comparables y que lo hago para que el lector comprenda las generalidades que distinguen a cada autor.

Quevedo es pura abstracción. Quevedo inicia con la palabra “Bien”, que nos refiere a la palabra “virtud”, que nos refiere a la palabra “virilidad”, que nos lleva a la idea de “varón”, según las etimologías dictadas una noche por Borges. Después del bien viene la certeza, la verdad, y ante la verdad sólo el filósofo “sospecha”, y ante la eterna “sospecha” nace la desolación del error perseverante, desolación estoica típica en Quevedo, que dedicó su talento a la escritura de la vida de Marco Bruto.

Para Quevedo el lenguaje era algo así como un féretro en el cual meter sus cadáveres léxicos. Quevedo pudo haber escrito los versos de Poe, que dicen: “No he podido amar sino donde la Muerte/ mezclaba su hálito al de la Belleza”. Quevedo nos salva cuando tenemos muchas ideas, poco orden y mucha vida, y Cervantes lo hace cuando tenemos pocas ideas y demasiada consciencia del lenguaje.

 

Foto cortesía de Fotolia.

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