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Divagación semiótica

El filósofo Wittgenstein ha sido abandonado por mí porque he descubierto que puedo aprender mucho más leyendo a Spinoza, filósofo que además era lector de Góngora, de Cervantes y de Quevedo. Escribí primero el nombre de Góngora porque quiero hacer un ejercicio semiótico, uno atenido a los saberes de la supuesta sintaxis, prima de la semiótica.

¿Qué hubiera pasado con mi razonamiento si primero hubiese escrito el nombre de Quevedo? Según Spinoza recordamos las cosas que estuvieron juntas en la experiencia, en el momento de la impresión. ¿A quién me recuerda Quevedo? A Neruda. ¿A quién me recuerda Góngora? A Alfonso Reyes.

Si tuviera que meditar sobre la sintaxis desde las teorías de Reyes me vería obligado a hablar de la limpieza de los pensamientos, pero si tuviera que meditar sobre la sintaxis desde las teorías de Neruda citaría el siguiente verso: “Me gustas cuando callas, porque estás como ausente”.

Repartí este verso en mi clase de semiótica y pedí a mis alumnos que subrayaran la palabra que más llamará su juvenil atención. De diez alumnos, sí, nueve eligieron la palabra “ausente”, y sólo uno la palabra “gustas”.

Toda proposición, ha dicho Wittgenstein, sirve para medir la realidad. Toda proposición, ha dicho Spinoza, lleva en sí misma una afirmación o una negación. Alfonso Reyes diría que lo más importante es ver que la palabra “ausente” está hasta el final de la construcción lingüística, pero Neruda diría que lo más importante es el arte de sorprender al lector, de hacerle sentir la presencia con las palabras “me gustas cuando callas porque estás como”…

Wittgenstein tal vez diría que lo importante no es la palabra “ausente”, sino el fenómeno mental que los alumnos se representan cuando piensan en la “ausencia”. Spinoza, más prudente, diría que la idea de la ausencia sólo se hace presente cuando las imágenes de nuestra imaginación no encuentran en dónde acomodarse en el mundo real.

Otro autor de mi dilección, llamado Augusto Comte, ha dicho que todo hombre y que toda sociedad pasa por tres etapas, a saber: teológica, metafísica y científica. ¿Qué me dice el ver que mis alumnos escogieron un término metafísico y no uno científico, tal como la palabra “gustas”? Pues que tengo alumnos metafísicos, es decir, gente que piensa que hay algo detrás de la materia.

¿Pensarán que detrás de mi cuerpo hay un ser bondadoso? ¿Les gustaré más cuando callo? Si me callo me convierto en un símbolo, y si me simbolizo simplemente me reduciré a la misión del mensajero: a la misión del transportista, que cuando no puede hablar sí puede, al menos, decir algo con su cuerpo, según una bonita imagen mental que aprendí de Martin Buber.

Los símbolos son los encargados de llevar y traer significados. Pero hoy en día, pero en una sociedad llena de “aristócratas” con coronas “tecnócratas” y cetros “virtuales” nadie quiere tratar con los mensajeros, pero sí con los emisores. Pero, ¿cómo hablar con los emisores si preferimos lo ausente?

¿Estoy haciendo una mezcolanza de conceptos? Adivinar un texto, sacar a la luz su intención haciendo a un lado el tono, la gramática y la lógica es la labor de la semiótica.

Foto cortesía de Fotolia.

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