ComunicaciónPublicidad

Lección de objetividad para periodistas

Aventurado es hablar acerca de los diversos y casi infinitos modos que tiene el ser humano para expresarse, quiero decir, para traducir las impresiones que vive. De las muchas literaturas que no he entendido pero que he gozado, está la española y está la argentina, siendo la primera hacedora de mi raigambre estética, siendo la segunda inspiración de mi carácter. De la mexicana no tengo demasías que decir, porque su cosmovisión, más naturalista que mística, poco me llama la atención, aunque no por tal he de decir que es inferior a las otras.

Quiero hablar sobre los mitos, que son explicaciones provisionales del mundo, pero que se perpetúan por la haraganería humana o por los intereses gubernamentales (la democracia, por ejemplo, es un caos provisto de urnas). Hablaré acerca de la neutralidad del lenguaje, que es imposible, pues todo lenguaje, como he dicho, es la traducción de nuestras percepciones, que tampoco son neutrales y contaminadas de teología siempre están. Una vez roto el mito es necesario resarcir lo desgarrado, las ilusiones truncadas, la magia que empieza a ser ciencia, y en el peor de los casos, religión.

Todos los redactores que suelen decir que practican un periodismo neutral o inmaculado de toda personalísima opinión están en un error. Las afirmaciones, dice un argentino lustrado por el tiempo, tienden más a la provocación que a la serenidad. Poco me importa. Muchos creen que la mera y limitada descripción de finitos hechos con cortas y sordas palabras logra la objetividad. Otros creen que la incredulidad habitual los llevará hasta la verdad. Tengo para mí que la máxima de Gorgias que sentencia que no hay verdad comprensible o comunicable, es verídica.

Cuando hablamos estamos actuándonos, parafraseándonos, fingiéndonos. Cuentan los mitos hechos verdad a fuerza de imprentas o negra sangre que por Buenos Aires una compañía teatral solía representar comedias gauchescas, y cuentan que el gaucho Hormiga Negra, famoso como el Quijote, se enteró de que un actor se haría pasar por él mismo, por Hormiga Negra. El gaucho se sintió ofendido y fue hasta la compañía teatral a dar el siguiente aviso: a nadie se engañaría con la engañifa, pues todos conocían quién era Hormiga Negra y nadie se creería el cuento del actor, del imitador.

Tan pintoresca incredulidad en las artes representativas nos enseña que el hombre jamás ha sido objetivo. El único cristiano fue Cristo, el único nietzscheano fue Nietzsche, el único despeñado es Peña Nieto, y los únicos entes objetivos son los objetos. Wittgenstein, como todo sajón, sufría al pensar, al meditar sobre la lejanía que hay entre los hechos y el mundo, entre la llegada del barco de metal, de madera y de deseos andantes y el lenguaje de los espectadores, que no ven barcos, sino “potros del mar”, como se decía en la Edad Media.

La compañía de teatro, por cierto, sucumbió al aviso de Hormiga Negra y mejor representó, cuenta Borges, `Juan Moreira´. ¿Qué sucesos hubieran pasado si la compañía hubiera representado lo que pretendía? Hubieran sido atropellados por el gaucho, que con hartas probabilidades hubiera recordado los versos anexos: “Cuando a usté un hombre lo ofiende, /ya sin mirar para atrás, /pela el flamenco y ¡sás! ¡trás!,/ dos puñaladas le priende”. Tales gauchescas líneas van en la línea de los hechos, y Wittgenstein, si hubiera leído más y no sólo los libros del Trinity College, las hubiera conocido.

Si bien no existe lenguaje objetivo, sí que existen claros objetivos del lenguaje. Si un lenguaje cumple su objetivo, entonces está bien usado. Esos dos sonidos, el “sás” y el “trás”, dicen mucho, dicen que hubo dos puñaladas (agresiones confirmadas después), dicen cómo suena la carne bifurcada por la pasión, dicen que unos espectadores se quedaron con la boca á-bierta, dicen que la segunda in-dagación (de `daga´) no entró tan suavemente como la primera (por la “t”), y además hablan de pericia en la manipulación del acero.

Sorpresivo e ilusorio es que la onomatopeya sea más eficiente que la lengua culta. El lenguaje grosero o vulgar no es más eficiente que el culto, pero sí más enfático (el “le”, más culto que el “lo”, es menos denso, menos personal o íntimo). Cuando el moderno hombre oye “potros del mar” recuerda que la guerra es la extensión de la política, que los barcos eran, sí, extensiones de las caballerías en el océano, piso por el cual la cristiandad sentía que podía caminar, pues Jesús lo hizo.

Una emoción hecha expresión (Croce) de J. Freyre me gusta por su mucha precisión para hablar de los sueños: “peregrina paloma imaginaria”. La palabra “sueño” es equívoca, porta connotaciones romancescas, amorosas, alucinatorias y además engendra la necesidad de engendrar muchas palabras para explicarse, mientras que las tres palabras de Freyre no dejan lugar para la reiterada duda. La expresión “peregrina” habla de tiempo, de movimiento, y la palabra “paloma” de extensión, y la palabra “imaginaria” de lo que en la cabeza hay, de espacio. Tiempo, espacio y acción hay en la expresión citada.

La eficiencia en el lenguaje no se estiba sobre la parquedad o la tacañería: se estiba sobre la buena elección de las palabras necesarias y suficientes para decir lo que queremos decir. Lo breve se confunde con lo veloz. Los redactores sueñan que escribir poco es escribir bien, e ignoran que es posible escribir condensado y provocar que el lector vuele sobre las palabras hechas símbolos. Expresiones como `Gesta Dei per Francos´ (Hazañas de Dios ejecutadas por franceses), `Arc-en-ciel´ (arco en el cielo) y `Luna de los moros´ (escudo) lo demuestran.

Fotografía cortesía de Fotolia

Colaborador invitado

Colaborador invitado

Sigue a Colaborador invitado en:
Etiquetas

Artículos relacionados

Close
Close