Comunicación

Sobre el rendimiento de los egresados de la comunicación

Ayer nos hicieron el honor de exponernos a una encuesta. El problema con las encuestas, según los razonamientos de Pierre Bourdieu, es que si son morales sí son respondidas, y si lógicas, son ignoradas. En el modo de preguntar está el modo de responder, para ser claros. La encuesta que respondimos en la oficina pretende escrutar los fondos éticos, lógicos y estéticos de los egresados de las universidades mexicanas. ¿Qué opina de la disponibilidad de los egresados?, ¿qué de sus saberes técnicos y científicos?, ¿qué de su moral, de su ética y estética? fueron, más o menos, las preguntas.

Responder es sentenciar, y toda sentencia, como un emperador, produce descontentos, pues toda aseveración final carece de matices, tonos, contextos. En fin, que nos vimos en la necesidad de hablar sobre la gente que estudia en tecnológicos conocidos, en instituciones jesuitas, en monótonos politécnicos y en academias. Pedro Henríquez Ureña decía que los géneros no le disgustaban, que los géneros eran el resultado de una necesidad, y no al revés, como pretenden los académicos. Los egresados gustan de los géneros, pero de muy pocos, y tal cortedad es un defecto. No podemos someter las necesidades comunicativas a un género. El mensaje, diría McLuhan, elige el medio, y no al revés.

Los iniciados en el mundo de la comunicación buscan el humor, lo buscan aunque tengan que hablar de la muerte y del `spleen´. ¿Qué se concluye? Que los saberes científicos o técnicos de los egresados en todo el país son defectuosos. ¿Qué hay de los saberes estéticos? Por infortunio las nociones utilitaristas superan a las nociones estéticas en México. El goce estético, el placer por el placer (tautología burguesa, diría Barthes), ha sido desplazado por la búsqueda de la remuneración inmediata.

Cuando los egresados recientes se ven en la oportunidad de redactar un guión de radio o de televisión, anhelan cumplir con un objetivo que sea medible, alcanzable y tangible, según la horrible prosa económica, pero jamás afanan construir contenidos ligeros, alados y sagrados, según la definición platónica de la poesía. Chateaubriand, en su magna obra `El genio del Cristianismo´, ha explicado maravillosamente cómo la Iglesia logró, en luengos siglos, apropiarse de la consciencia y del cuerpo del hombre. Michel Foucault ha hecho los mismos diagnósticos, y Nietzsche también, y todos los grandes publicistas saben lo dicho.

La palabra “publicista” se ha desgastado, y hoy todos creen que ser un publicista es ser alguien experto en el lanzamiento de mensajes. No, no es así. Un buen publicista es un diplomático, un embajador, un Octavio Paz en la India o un Alfonso Reyes en Europa. ¿Qué caracterizaba a tales hombres? Su buen uso de la palabra, su erudición, su versatilidad para convencer a cualquiera con cualquier medio, su profundísimo interés por Roma, Grecia, Tamayo y Sor Juana, es decir, por nuestro fondo cultural, visual y lingüístico.

Estéticamente, quiero decir, artísticamente, a los egresados del país les falta más educación humanística, más lecturas, más amor por las bellas letras, por la pintura y por la buena música. Y no quiero decir que vayamos a ejecutar guiones llenos de Wagner o de Puccini: quiero decir que conociendo a Wagner y a Puccini es posible andar en el fondo de lo humano.

Citaré de memoria una poética prosa de Borges que describe, mejor que las obras de Kafka, la condición del ser humano moderno, condición que se nos olvida al hacer publicidad: “Escribo esto en julio de 1940; cada mañana la realidad se parece más a una pesadilla. Sólo es posible la lectura de páginas que no aluden siquiera a la realidad: fantasías cosmogónicas de Olaf Stapledon, obras de teología y de metafísica, discusiones verbales, problemas frívolos de Queen o de Nicholas Blake”.

En un párrafo simple, pero bien compuesto, hay esencias humanas. Concebir al hombre como un puro consumidor y no como un “homo faber” u “homo ridens” o “politicum” es como reducirlo a la fábula, que disminuye al elefante y al lobo a meros y predecibles instrumentos de la moral. Hablar de públicos o de compradores es reducir al ser humano a un ente pueril y de fácil acceso. Tales formas de pensamiento no son éticas. ¿Conclusión? La ética de los egresados es paupérrima, y así es no por maldad de los jóvenes, sino por falta de conocimiento.

Cuando a los alumnos se les cita un africano proverbio que cuenta que es la telaraña la que teje con amor y esmero su araña, se produce un `shock´. ¿Alguien ha revisado los planes de estudio o alguien, por desventura para las ambiciones económicas de las universidades, ha sacado a la luz cuáles son las posturas sociológicas y antropológicas que aprenden implícitamente los alumnos? ¿Algún despeinado y celebérrimo profesor enseña las doctrinas de Marx para contraponerlas con las del mediocre Drucker, indigno de tal contraposición? ¿Alguien en las facultades de comunicación habla más de Habermas que de Umberto Eco, o sea, más de la parte histórica del lenguaje que de su parte sincrónica?

Como dice Borges, sólo es posible en la modernidad, término necio, egocéntrico y etnocéntrico, leer textos o publicidades que nos saquen de la realidad, que no hablen de cosas tangibles, sino de fantasías, cosmogonías, fruslerías léxicas, dioses y demás oníricos asuntos. ¿Puede un egresado redactar sueños filosóficos si sólo sabe historia de la filosofía y no filosofar? ¿Puede un redactor de guiones mesurarse en sus argumentos y trabajar rápido sin conocer algo de la métrica y de la respiración humana, tan importante para los locutores? ¿Puede alguien manufacturar un texto muy recordable pensando que los libros de administración y finanzas son mejores que el `Quijote´?

¿Qué pasa cuando hay que traducir un guión llegado del extranjero para verterlo en nuestro idioma? ¿Podemos traducir, ignorando los requerimientos de la literatura, las palabras `The imperfect lady´ así: `La ramera´? Las series televisivas que redactamos día a día ignoran uno de los principales requisitos de toda persuasión: la verosimilitud.

Nadie ha olvidado, creo, que los demasiados argumentos, que las muchas explicaciones, que las narraciones largas y que las descripciones quisquillosas aburren, y sin embargo nuestros medios de comunicación están llenos de todo lo enumerado. Aconsejable y deleitable resultaría tener egresados más preocupados por interesar que por el interés bancario, más por la distribución de mensajes que por la de los productos, más por el paradójico salero que endulza de Chesterton que por el salario.

Fotografía cortesía de Fotolia

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