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Combinatoria narrativa en Umberto Eco

Existen obras destinadas al público refinado y existen obras destinadas al grueso de la población. Existe el deleite en las obras de Offenbach, pero también existe el deleite en las obras de James Bond. Bond, el vulgar Bond, era del gusto masivo y del gusto culto. La sociología de la comunicación, estudiando los fenómenos artísticos que satisfacen las exigencias estéticas de letrados e iletrados, nos mostrará cómo es el camino que un mensaje recorre para llegar hasta las sensibilidades más dormidas y más despiertas. Tal camino, creo, nos mostrará los vericuetos de la estructura social que configura eso a lo que solemos llamar “público”. Analicemos, someramente, algunas ideas de Umberto Eco, italiano acreedor de Aristóteles, griego éste que acostumbraba decir que la persuasión siempre tiene que estar apoyada en la`endoxa´, en la opinión de la gente.

Louis Althusser sostuvo que Aristóteles, buen ciudadano, jamás pensó en la dicotomía social, en la bifurcación constitucional del Derecho, quiero decir, en la lucha de clases, de clases pobres y ricas, de patricias y lacayunas. Leibniz, de tradición clásica, promovía filosofías que no hirieran sensibilidades públicas. Antes, afirmo, la división de clases era más fácil de observar, pero hoy no es igual. Hoy todos llevamos dentro maniqueísmo, hoy todos somos “de medio arriba, romanos, de medio abajo, romeros”, como decía Lope de Vega. ¿Es posible componer libros, películas, historietas, tiras cómicas y telenovelas que complazcan a entendidos y a neófitos estéticos y a “romeros” y “romanos”? ¿No es la obra de Lope de Vega apta para pueriles estibadores y para aristócratas soñadores? ¿No es la obra de Cervantes querida de todos, de niños y viejas, de jóvenes y de gramáticos?

¿Cuál es la fórmula para hacer que nuestro mensaje llegue y haga feliz al mayor número de personas posible, si me permiten retomar la jerigonza de Stuart Mill, utilitarista hombre? Repasemos lo que ha dicho Umberto Eco en un estudio que tituló `James Bond: una combinatoria narrativa´. Veamos: “Fleming pretende, con el cinismo del `gentleman´ desencantado, construir una máquina narrativa que funcione. Para esto, decide recurrir a los atractivos más universales y más seguros: jugar con `elementos arquetípicos´ probados por las fábulas tradicionales. Volvamos a ver por un momento las parejas de caracteres que entran en oposición: `M´ es el rey y Bond el caballero investido de una misión; Bond es el caballero y el malo es el dragón; la mujer y el malo son entre ellos como la bella y la bestia; Bond, que regresa a la mujer a la plenitud de su espíritu y de sus sentidos, es el príncipe que despierta a la bella durmiente”.

Con buenos sentimientos, decía Wilde, no se hace buena literatura. Una obra exitosa entre el público masivo, indigno de sutilezas, no echa mano de gradaciones, pero sí de absolutos. El maniqueísmo es una doctrina que nos hace creer en el Bien y en el Mal, en la lucha de malos contra buenos, de guapos contra feos, de mujeres contra hombres, del Occidente contra el Oriente, del Cielo contra el Infierno y del hombre práctico contra el hombre teórico. En la obra Ray Bradbury, por ejemplo, los marcianos no son mejores que los terrestres, ni contrariamente. En las `Crónicas´ de Bradbury los marcianos y los terrícolas comparten miedos similares y representan la lucha entre la Ambición y el Ascetismo.

Fleming escribió diez novelas populares y exitosas creyéndose un “ingeniero de novelas para consumo de masas”, como dice Eco. ¿Debemos buscar la inspiración y la originalidad para crear mensajes consumibles? No, y casi podríamos decir que la excesiva originalidad complica la digestión pública, el desciframiento de los mensajes. Es más fácil comprender las luchas morales y metálicas que en el `Quijote´ hay que comprender las luchas que hay en Shakespeare. ¿Por qué? Shakespeare, según Harold Bloom, es un psicólogo, un ilusionista, un atormentado hombre que meditó hasta el hartazgo sus númenes, óbices y martirios, y todo a guisa de flagelación, cuando lo que el público quiere es placer, deleite. En el `Quijote´ no hay tormentas psicológicas, pero sí hay exordios morales fáciles de asimilar.

El diálogo, dado más puro y sincero en Cervantes que en Shakespeare, es la amalgama que permite que la “química social”, según los términos que esgrime Comte en su `Filosofía positiva´, se mantenga estable, fundida. ¿Es posible hablar en el metro, en el avión, en el automóvil deportivo o caminando sobre gradaciones y sutilezas éticas, estéticas y lógicas? No. ¿Es posible pasar la mitad de la vida dialogando, como quería Gracián, sobre tópicos o temas típicos? Sí. La novela folletinesca, que auguró su auge en el siglo XIX (Dickens, Galdós, Fleming), triunfó porque sus publicaciones eran digeribles, porque en ellas el Bien siempre se imponía sobre el Mal, porque Bond, por ejemplo, siempre ponía en “jaque mate” a sus rivales, que siempre eran gentes monstruosas, problemáticas o enfermas sexualmente, según la trilogía que Michel Foucault usó para urdir sus taxonomías sociales.

Y no sólo en la novelística ganan los formulismos clásicos mentados por Eco: también en la poética acaecen fenómenos parecidos. La sensiblera poesía de Nervo, de Campoamor o de Bécquer ilustra lo dicho. Dice Bécquer: “Asomaba a sus ojos una lágrima,/ y a mi labio una frase de perdón”. Ahora, sí, leamos a Nervo: “Buenas noches, Vanidad,/ es tarde, mi puerta cierro./ Yo estoy, cosas de la edad,/ muy bien en mi soledad”. Y ahora escrutemos a Campoamor: “Por no dar fin a la ventura mía,/ la escribo larga, ¡casi interminable!/ ¡Mi agonía es la bárbara agonía/ del que quiere evitar lo inevitable!”. En Bécquer lucha el Hombre contra la Mujer, en Nervo lucha la Juventud contra la Vejez, y en Campoamor lucha lo Trascendental contra lo Accidental. Fáciles binomios, binomios comprensibles léxicamente para iletrados y moralmente para románticos lectores de Lord Byron o de Víctor Hugo.

En consejas, fábulas, comedias medievales y antiguas encontramos la misma “combinatoria narrativa”. En Plutarco hay sentencias que connotan la manera en la que griegos y romanos creían en una lógica hecha de binomios. Para el griego, según Octavio Paz, la lucha era contra el Hado de acero, contra el Destino inexorable, contra Fortuna la ciega o contra la “loca de la casa”. El `Ars invienendi´, en masivas comunicaciones, debe ser sustituido por el `Ars probandi´. Y es que hasta el genial Goethe, inventor supremo, creía que el literario deleite estético consiste en releer lo que ya sabemos. No hagamos que el público quede, como dice un poema de Borges (`Arte poética´), “harto de prodigios”.

Foto cortesía de Fotolia.

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