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Instrumentos, no artefactos de investigación

Las tres fuentes de todo conocimiento humano, o al menos occidental, son: la ética, la estética y la lógica. Cada fuente adquiere o forja sus “formas de expresión”, ora mediante el lenguaje (poesía, cantos, fábulas), ora mediante las instituciones (iglesia, banco, universidad). El lenguaje se pule con la política y con la filosofía (ideologías, retórica, derecho), mientras que las instituciones se pulen con la economía y con la historia (ciencia, división de trabajo, rituales). Tal mentada estructura es nuestra, sólo nuestra, sólo occidental, accidental, y no puede servir para explicar el funcionamiento de culturas ajenas.

Ahí en donde nosotros buscamos el `crescendo´, la multiplicación, otros buscan lo céntrico, el vórtice. ¿Qué es común en todas las sociedades? La economía, la materia, la lucha contra lo concreto. Al observar una sociedad distinta a la que nos crió arrostramos problemas del jaez anejo, añejo: ¿cómo hacer preguntas que no estén llenas de etnocentrismo, es decir, que sean comprensibles para unos y otros? Según la semiótica todo símbolo es interpretado de modo distinto por cada persona, y más si las personas son parte de una historia o tradición distinta. Es imposible, sostenía Lévi-Strauss, sustraernos del lenguaje, de nuestro lenguaje, pues en él están las categorías, los conceptos, los términos, las interpretaciones y las cosmovisiones con las que pensamos.

Al sustraernos de nuestro lenguaje, entonces, nos quedamos en la nada. ¿Por qué no adoptar el lenguaje del observado? ¿Es posible enseñar un lenguaje y enseñar a pensar con él, según la pregunta famosa de Wittgenstein? Al hacerlo, ¿qué ganamos? Ganamos o aprendemos las categorías mentales del prójimo, del pueblo próximo, de la tribu prolija en novedades. Pero atendamos una advertencia: tal vez un idioma aprendido sea como una iglesia puesta sobre pirámide, una superposición de palabras sobre palabras, de categorías sobre categorías. Sigamos. En el lenguaje de cualquier sociedad hay “formas de expresión”, o para empuñar la lengua económica, hay “formas de valor”, modos de manifestar tal o cual valor ético, estético o científico. Ahí, justo ahí en dichas “formas” el etnólogo tendrá que poner su ojo, pero evitando forzar el léxico adquirido.

Solemos, porque somos hijos de la dialéctica, de Platón y de Hegel, multiplicar los significados de las palabras de otros idiomas. Marcel Mauss, al examinar la “forma de valor” `hau´, palabra indígena esgrimida en transacciones monetarias o de trueque, pensó que en ella se contenían las categorías mentales de la dialéctica, pensó que en tal término había una tesis (venta), una antítesis (compra) y una síntesis (satisfacción). Si tal era así, ¿cómo saber cuándo la palabra `hau´ significaba la una u otra cosa? Lévi-Strauss, corrigiendo o enderezando la tuerta visión de Mauss, meditó que para llegar al interior de una persona o sociedad era menester sumergirse en sus instituciones, en su sintaxis, en el modo en el que las instituciones se conjugan para hacer un mundo (`Dasein´).

¿Con qué gestos acompaña el nativo la palabra `hau´? ¿Con qué expresiones, metalenguaje u onomatopeyas el nativo adereza la palabra `hau´? ¿Cómo interpretar los antecitados gestos sonoros, proxémicos y cinésicos? Verídicamente no con nuestro lenguaje, pero sí con la sospecha, con la teoría de los instintos de Nietzsche, amante de lo oriental. ¿Por qué creemos que el indígena, en parangón nuestro, sí hace lo que piensa? ¿Será que el indígena miente tanto como el francés o como el italiano (`de te fabula narratur´, sociólogo)? ¿Qué rol cumple la “mentira” en la tribu estudiada? ¿Cómo distinguir la “mentira” del rodeo y éste del ritual y éste de la cortesía y ésta del eufemismo? ¿Nos estará engañando el indígena?

Lévi-Strauss, en su `Introduction à l´oeuvre de Marcel Mauss´, escribió: “¿No es éste quizás un caso (no tan extraño, por otra parte) en que el etnólogo se deja engañar por el indígena? Y no por el indígena en general, que no existe, sino por un grupo determinado de indígenas de cuyos problemas se han ocupado los especialistas”. Nótese y anótese la expresión “indígena en general”. Como occidentales tendemos a colocar lo ajeno, lo desconocido, en el mundo de la abstracción, en un mundo que omite peculiaridades, particularidades. No tratamos con “indígenas”, sino con tal indígena, con uno que tiene tal lenguaje, tal costumbre, tal cultura, tal nivel social, tal cosmovisión y que no es la manifestación total, perfecta o `Verbindung´ de la cultura que analizamos. Toda teoría, método o instrumento de investigación sacado de nuestra manga y no de la túnica del estudiando es un artefacto, un remedio casero, un paliativo provisional.

Colaborador invitado

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