Comunicación

Aprendiendo semiótica con el de la ambigua Mancha

La semiótica, aunque no es una disciplina nueva, sí es un tópico del interés de nuestra época, en la que los subterfugios técnicos, las mezcolanzas idiomáticas y los cruzamientos económicos son ingentes. Allí en donde una palabra sirve para señalar y englobar varios objetos, allí en donde un objeto es designado y subyugado por mujeriles palabras, allí en donde una fusión léxica produce neologismos, o allí, digo, en donde una onomatopeya es tomada por signo o en donde un signo deja de ejercer persuasiones, hay un problema semiótico. Y cuando hay problemas deviene, forzosamente, la crítica. 

 

Umberto Eco, en su clásico tomo llamado `Tratado de semiótica general´, arrostra los problemas semióticos, mejor conocidos en el mundo vulgar como “malentendidos”. ¿Qué es un “malentendido”? ¿No es una antinomia afirmar que algo es entendido equívocamente? ¿No es el equívoco la prueba de que no hemos entendido? ¿Qué pasa cuando un culto hombre, tal como Alonso Quijano, pergeña proposiciones hechas de eruditas palabras para comunicarse con un escudero que no sabe ni siquiera el abecedario?

 

En el delicioso Capítulo XXII de la cervantina obra, del `Quijote´, nuestro andariego y dantesco caballero habla con galeotes, y al preguntarles por las razones de sus apresamientos, por su viaje a las galeras de Hispania, recibe la respuesta siguiente: “Este, señor, va por canario: digo que por músico y cantor”. ¿Por cantar le apresan a uno? ¿Qué me harán por lo que callo si por lo que canto me han prendido? ¿En dónde o cuándo nació la metáfora que reúne, en trillada pero eficientísima imagen, al pájaro azul con Rubén Darío? ¿Es el canto una música? El Quijote no entiende las causas que hacen del canto un delito, y los galeotes, al percibir el equívoco, redicen: “no hay peor cosa que cantar en el ansia”. Pero el de la Orden de Caballería sigue sin comprender, y por tal, los truhanes vuelven a explicarse: “Señor caballero, cantar en el ansia se dice entre esta gente `non santa´ confesar en el tormento”.

 

Umberto Eco diría, lo aseguro, que el Quijote no comprendía el “código” de los galeotes y que por tal fue menester reconstruírselo en las narices para soslayar el “malentendido”. El semiólogo tiene dos misiones: una, comprender cómo nacen códigos, parlerías, elocuencias, mensajes, y la otra entender cómo se usan, se pulen, se enaltecen y mueren. Toda jerga, toda arenga, todo modismo, nace por dos motivos: por la necesidad (monetaria, jurídica, geográfica) y por la universalidad (ideológica, histórica). ¿Cómo aminoraban o disimulaban los galeotes la vergüenza de haber sido arrestados? Trocando “confesar” en “cantar” y “tormento” en “ansia”.

 

Todos los pueblos, subculturas o grupos sociales (galeotes, por ejemplo) tienen necesidades materiales, y por ellas se crean o se adoptan palabras o signos (de la lengua árabe el castellano tomó palabras para designar oficios y de la lengua de Milton otras tantas para designar tecnologías). Toda relación con culturas distintas produce léxicos o simbologías unívocas (en toda la Edad Media el latín se usaba para redactar todos los tratados científicos), y todo para que el marino pueda entenderse con la prostituta y ésta con su alcahuete y éste con su proveedor de ropa y éste con el vendedor de telas árabe, quien tratos tendrá con chinos y japoneses.

 

Lo supradicho nos acucia a pensar en los referentes o sistemas metafóricos de cada cultura. ¿Existe la pampa para el gaucho de la pampa o sólo para gentes como Estanislao del Campo o José Hernández? ¿Existe el Oriente para el oriental? ¿Existe el picor para el paladar acostumbrado al picor? Jamás pensamos en que razonamos sin darnos cuenta del funcionamiento de nuestra racionalidad o de los códigos que hablan a través de nuestra lengua. “Bien acierta quien sospecha que siempre yerra”, ha dicho Quevedo. Kant, en su `Crítica de la Razón Pura´, ha escrito: “Es un destino habitual de la razón humana en la especulación, el acabar cuanto antes su edificio y sólo después investigar si el fundamento del mismo está bien afirmado”.

 

La labor del semiólogo consiste en responder las siguientes preguntas: ¿cómo saber si ciertos iconos, palabras y frases son signos o simplemente gestos de un idioma?, ¿cómo hacer que un signo sea comprensible en todos los espacios en los que se mueve o podría moverse?, ¿cómo saber cuáles fueron los orígenes de tal o cual signo?, ¿existe un proceso de producción de signos que obedece a leyes determinadas y no a arbitrariedades sociales? Eco, avezado y comprendiendo la variabilidad o inestabilidad de las respuestas que podríamos ofrecer, nos dice: “Espero que no sea totalmente definitivo [su libro]: la semiótica es una disciplina joven (tiene dos mil años, pero está legitimada desde hace poco) y se desarrolla cada día”.

 

El Quijote, que ya sabe lo que es “cantar en el ansia”, desarrolla su significado, lo razona con su saber poético, lo canta con otras “ansias”, tanto, que después de los siglos el significado original y alegórico de la expresión es irreconocible sin una exégesis filológica. Tales deformaciones y formaciones forjan el objeto de estudio de la semiótica, que escruta los signos, los cuales nacen, como diría Kant, “de una conjunción frecuente entre lo que ocurre y lo que precede y de una costumbre nacida de ahí”. Ilustremos con alta literatura lo aseverado por Kant, hagámoslo con un breve fragmento kafkiano: “En el templo irrumpen leopardos y se beben el vino de los cálices; esto acontece repetidamente; al cabo se prevé que acontecerá y se incorpora a la ceremonia del templo”. Los signos sirven para conocer, y conocer nos permite prever, y la prevención mejora la acción, la agiliza.

 

El productor de lenguajes, el encargado de formar códigos (semáforos, señales aeroportuarias, claves bélicas) que hacen más veloz y fácil y eficaz la comunicación humana, sabe “limpiar” los signos, los remanentes de los signos. “Prescindid poco a poco, en el concepto que la experiencia os da de un cuerpo, de todo lo que es en él empírico: color, dureza o blandura, peso, impenetrabilidad; siempre queda el espacio”, nos dice Kant. Semiólogo: quitad de las frases la cacofonía, el tono, la elocuencia y la intensión, hacedlo hasta que os quede un signo puro que sea entendido por vuestro receptor sin necesidad de explicaciones, gestos y ademanes y habréis hecho un buen trabajo.

 

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