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El temor de perder una cuenta

Stuart leyó los periódicos, desayunó, se vistió y salió a la calle. Encendió su automóvil, cruzó la ciudad y llegó a la agencia de publicidad que le daba de comer y de beber, sobre todo de beber. En su oficina, o mejor dicho, en su escritorio, había una nota que decía: “X ha muerto”. Stuart no se inmutó, no se percató de la gravedad de la noticia porque poco le importaba X.

Bajó al departamento de cuentas y secretamente, perspicazmente, besó a Carlie, ejecutiva de cuentas con la que intercambiaba amores, pasiones y sudores. Stuart volvió a subir a su oficina y revisó su bandeja de entrada, en la que había sendos anuncios y uno que otro correo personal. Volvió a leer la nota y pensó en la muerte de X. ¿Por qué habrá muerto?, se preguntó.

Levantó el teléfono, tecleó guarismos que de memoria sabía y al otro lado de la línea estaba el cliente problemático que siempre pedía incoherencias y sugería bagatelas. Hola, buenos días… por favor, quiero hablar con el Señor Albert. La asistente del Señor Albert le dijo que lo comunicaría al instante. Albert respondió, dio los buenos días, elaboró las preguntas rituales y Stuart, esperando el final del ritual, pensaba que su trabajo era harto aburrido cuando se trataba de negociar con idiotas.

¿Qué le pareció la estrategia que le propusimos, Señor Albert? Me parece que no se esforzaron demasiado, contestó. Creo que podríamos hacer algunos ajustes. De hecho, ya se hicieron esos ajustes. De hecho, esos ajustes ya se están ejecutando. De hecho, creo que ya no queremos trabajar con ustedes. De hecho, quiero preguntarte algo: ¿cuándo termina el contrato? Stuart, no supo por qué, recordó la nota y que X había muerto. ¿Por qué habrá muerto X? ¿Algún idiota similar a Albert le habrá hecho pegar un coraje?

Señor Albert, la estrategia que le hemos presentado tiene un fundamento teórico irrefutable, y como usted sabe, toda modificación o ajuste trastocará el sistema en general. Poco me importa su fundamento y su teoría, Stuart. Ya estoy cansado, siguió diciendo, de que quieran tomarme el pelo y engañarme. No creo en ustedes, no creo en sus palabras, no creo en nada. Este idiota es nihilista, pensó Stuart. Señor Albert, ¿cuándo quiere que realicemos la junta? Por mí, hoy mismo. Bien, respondió Stuart.

La junta se programó a la cinco de la tarde. La oficina del Señor Albert estaba medianamente lejos, pero nada insoportable. Carlie, dijo Stuart a través de la bocina telefónica, ¿podrías, por favor, preparar alguna presentación que persuada a Albert de que es un imbécil? Carlie le regresó una negativa profunda, indignada, pues Stuart había olvidado su cumpleaños. Sólo piensas en ti, sólo te preocupan tus asuntos, sólo quieres que los demás trabajen para ti, dijo ella. Hoy es mi cumpleaños, Stuart.

Él pensó en la ironía de la vida, que hace que unos mueran y que otros, no sabemos para qué, celebren sus natalicios. Está bien, asintió Stuart, lo haré yo mismo, yo arrostraré al mundo solitario, como todos los días. Ya en su oficina telefoneó, llamó al padre de X, le dijo que lo sentía mucho y que pronto iría al funeral. Stuart llegó muy tarde al funeral porque el Señor Albert extendió sus reclamos e injurias casi hasta la media noche.

La cuenta no podía perderse, pues era un pez gordo que le dejaba mucho dinero a la agencia de publicidad. Todos los de la agencia habían empezado a comprar casas, automóviles deportivos, ropa costosa y licores y espumas, y no podían permitir que su estilo de vida cambiara por culpa de un necio, de un necio muy, eso sí, adinerado. Todos rezaban, cada uno con su particular ritual, en la agencia para que Stuart salvara la causa. Casi a la media noche Stuart llamó a Carlie para decirle que el cliente no había abandonado a la agencia y que renovaría el contrato un año más.

Carlie pensó que un año más de gloria y de lujos no le venía mal a nadie. Carlie llamó, sin importarle la hora, a todos los de la agencia. Algunos estaban bebiendo, otros fornicando, y los más estoicos dormían. Los que dormían sacaron de sus refrigeradores sendas cervezas para festejar, los que fornicaban se pusieron románticos y poéticos con sus parejas, y los que bebían multiplicaron, cuánticamente, su consumo. El Señor Albert, olvidó decir Stuart, quería ver una nueva campaña al otro día, lo cual exigía que todos trabajasen arduamente, cualidad imposible de alcanzar con resaca y con cansancio corporal.

Llegó el día siguiente y el trabajo que todos hicieron fue bueno, pues tenían talento, única certeza del artista. Algunos vomitaban en los baños de la agencia para aminorar su malestar, otros perdían el tiempo recordando sus hazañas amatorias de la noche superada, Carlie se dolía porque Stuart no le había dado, ni siquiera, una nota de felicitación, y Stuart razonaba el miedo a la pobreza o al fracaso o a la libertad, que en última instancia son la misma cosa. El Señor Albert quedó contento con lo que vio, la agencia quedó incólume ante la desgracia posible y todos regresaron a su vida como si nada hubiera pasado.

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