Agencias

Somos hijos de la calle

Justo ayer, hablaba en un café en DF (pastel de chocolate y te Chai en mano), con buenos amigos -Fernando Herrera, Braulio Baltazar, Carlos Dulanto y Pancho Hermoza-  sobre la vida y sus misterios. ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo aprender cada vez más de los Millenials? Y claro, de los planners (cuya mayoría actual en México, son Millenials por cierto).

 

Está muy “in” ser planner hoy en día, (¡por fin!), lo cual no es de extrañarse porque es verdad que es un oficio divertido e interesante como pocos. Nos pagan para investigar, aprender cosas nuevas, enriquecernos como personas e inventar cosas nuevas.

 

Para lograr todo eso, más allá de estudiar, leer,  leer y leer (y leer un poco más), hay que vivir. VIVIR. ¿Fácil, verdad?. Encima, nos pagan para respirar y vivir. Pues sí. Vivir significa estar en vivo y directo conectados con la vida, absorber realidades distintas, captar la contradicción y la estimulación urbana, tomar fotos, hablar con la gente, meterse en donde no nos han llamado, dar vueltas, perderse.

 

Significa también tener intereses propios a desarrollar, no importa cuáles sean. Fotografía, cocina, música, pintura;  caligrafía china o el estudio de las hormigas; Sartre, Jung o Churchill. Lo importante es cultivar intereses que nos apasionen,  porque esto nos hace mejores personas -primero que nada-, y luego, permite que ensanchemos y flexibilicemos nuestro músculo creativo y pensante. Cuánto más alimento metamos al sistema, mejores nutrientes somos capaces de dar.

 

En general, me genera cierto escepticismo observar a algunos líderes que en general ven con malos ojos trabajar desde sitios diversos fuera de la oficina (una casa, un café o un parque) o que miden el desempeño por cantidad y no por calidad. Estamos en un mundo móvil y nómada. Los resultados buenos, o mejor, excelentes, pueden llegar si estamos en la oficina o también si salimos de vez en cuando a ventilarnos. Es más, es bastante probable que sean mejores nuestros pensamientos si nos damos el chance de dejarnos traspasar por las experiencias. Ser permeables. Ser esponjas.

 

Planner que se queda siempre encerrado en su oficina, se queda a mitad de camino.  Y si se queda a mitad de camino, es probable que lo que sigue de todo el proceso creativo y de inspiración, también.

 

 

 

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