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¿Qué sería del mundo sin colores?

Los colores, esas ondas electromagnéticas, descomposición de la luz, pigmentos, o como se quiera definir, son los que hacen que la vida sea más tolerable. Incluso, la misma publicidad, con sus colores, sus ruidos y sus mensajes hacen de lo cotidiano una oportunidad para estimular los sentidos.

Se dice que si los colores no existieran, entonces estaríamos deprimidos. Sólo grises para vestir, para comer, grises en las rosas a pesar de su olor, grises los ojos de las personas amadas y desconocidas, las mejillas de un bebé y el brillo del sol. Nada resaltaría, todo sería monótono, con menos impulsos y menos oportunidad para expresar las emociones.

Al no haber color, el arte sería aburrido, sin combinaciones ni contrastes ni emociones por compartir. Soñaríamos en blanco y negro, tal como las personas lo hacían antes de que se creara la televisión a color. Este dato es muy curioso pues, aunque las personas vivían a color, su inconsciente no sabía tenía la facultad de proyectar colores en su mente.

Ahora, imaginemos que el mundo se constituyera sólo de azules, o de rojos. Tampoco se podrían resaltar marcas o expresar emociones; quizás viviríamos bajo el influjo de la emoción que produce ese color, siguiendo las teorías de la psicología de los colores.

Sin emociones distintas por compartir, la publicidad tampoco existiría o sería fúnebre: comprar productos para sobrevivir a la vida monocromática, “mono-emotiva”. Y si la publicidad no existiera, ¿la vida también sería aburrida? No habría opciones de jabones ni de autos. No habría espectaculares que vistieran las calles y que nos separaran de nuestros pensamientos con alguna idea creativa.

No habría voces chistosas en la radio ni copies con faltas de ortografía qué criticar. Sería un mundo ensimismado en sus propios pensamientos, con medios aburridos, aún más información sin espacios para la distracción.

A falta de color, falta de publicidad. A falta de publicidad, imposición. A mayor imposición, menor libertad. Así sería el mundo, una transición aburrida, sin horas de locura a causa de una decisión, como diría Kieerkegard.

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