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Semiótica de la crítica periodística

Henry L. Mencken, el fenecido sabio de Baltimore, decía que sólo los hombres harto inteligentes tienen derecho a criticar la parvedad de los libros que leen, de los hombres que escuchan, de las pinturas que miran y de la música que compendian en las orejas. Sócrates, crítico de la vieja Grecia, era más sabio que inteligente, más ancho que alto, hondo, y con sus preguntas infinitas exprimía el finito saber humano. Roger Bacon, para desmenuzar la madeja dogmática medieval, incurrió en observaciones incómodas, señaló que gentes de la ralea de Santo Tomás, que se jactaban de eruditos escriturarios, no sabían griego ni hebreo, esto es, amonestaba el saber improvisado y no allanado por el materialismo, enemigo de toda mitología.

José Hernández, que prorrumpió la estabilidad argentina atropellando las injusticias del gobierno con el overo de su hijo, Martín Fierro, resolvió servirse del lenguaje popular para escribir su obra maestra, iniciada como inicua crítica y terminada como inocua obra de arte. Toda crítica, para de mal gusto no ser, debe evitar lo grotesco, lo trágico, y ser satírica. La “sátira menipea”, crecida por el tizón de Menipeo de Gadara, pensador del siglo III a. C., consiste en escrutar airadamente, esto es, desde la altura celestial y desde la bajura infernal, los vicios humanos. Para derogar normas establecidas en establecimientos de filósofos con cosmovisión de tenderos, es necesario, afirma el lingüista M. Bajtin, esgrimir la risa, el humor carnavalesco, las pericias carnestolendas, siempre antípodas de todo formalismo carpetovetónico, celtíbero, barcelonés, británico o bonaerense.

Fiado de la risa, Nietzsche filosofaba bailando, meneándose, poniendo su cabeza en movimiento, pues toda cabeza asaz dinámica evita yacer en las rigideces de la ideología. Grande crítico fue nuestro Diego de Torres Villarroel, burlesco criticón y sentenciador de hojarascas que pasaban por jardines, de piojosos “metidos a señores”. ¿Cómo hacer del gran tipo mero protófito? Mezclando palabras elegantes, abstractas, con palabras burdas, bajas, o chistes con maldiciones. La `Vida´ de Villarroel nos cuenta el modo vital de su dueño, don Diego. Leámosle (`Trozo quinto´ de su vitalicia): “En fin, yo me hacía sordo a los porrazos que daba la eternidad a las puertas de mi consideración”. ¿De mentecata tiene fama la eternidad? ¿No es la palabra “eternidad” hada del hombre? ¿Qué pasa cuando la eternidad, cual aporreante, pierde la elegancia, es decir, la capacidad de elegir lo mejor para el hombre? El reino de la etimología se desbarajusta, pues la palabra “hada”, que viene del femenino de “fato”, que proviene de “fatum”, de “Destino”, de “Hado”, deja de significar y se acongoja al sólo poder representar viejas nociones.

Para anatematizar, para criticar, hay que estrellarse contra la historia, endurecida con armaduras de papel, con documentos, con concilios. Un soez como Mencken, como Villarroel, como Cervantes, es más histriónico que histórico, más patricio que patriota. En el Capítulo XLIII del `Quijote´, pasaje en que el caudillo Quijano maniatado queda por su imprudencia, Cervantes loa al hombre ideal, al de visos idealistas, diciendo: “allí fué el llamar a su buen escudero Sancho Panza, que sepultado en sueño y tendido sobre la albarda de su jumento no se acordaba en aquel instante de la madre que le había parido; ahí llamó a los sabios Lirgandeo y Alquife que le ayudasen; allí invocó a su buena amiga Urganda que le socorriede”. En son de burla Cervantes mezcla idolatrías paganas, defectos humanos, nombres famosos. ¿Qué resulta de tal? Una síntesis, la perspicacia del lector, que advierte la incoherencia o poca ilación de lo histórico en la cabeza humana.

Otro recurso del discurso satírico es la fantasía, que propalada alboroza, alborota, aborta conatos de oficialidad. Quevedo, nuestro estilista castellano, para denostar a Inglaterra, tierra de protestantes, encajó en el orgullo inglés la observación que cito (`La hora de todos y la fortuna con seso´): “El serenísimo rey de Inglaterra, cuya isla es el mejor lunar que el Océano tiene en la cara”. A cachetadas hacerle rostro al Océano, y luego tildarle un lunar, es labor de poetas, de magos. Kraus, sabedor de ardides similares, ha atribulado al mundo diciéndole “gran bizcocho”, y también al mundo de la literatura declarando lo transcrito (`En esta gran época´): “El servicio militar voluntario de los escritores es su ingreso en las filas del periodismo”. ¿Qué será del lunar el Día del Juicio? ¿Qué del bizcocho en el Apocalipsis? ¿Qué del periodista cuando viva con Shakespeare?

La “sátira menipea”, téngase en cuenta, fija sus ojos de lince, o de enamorado, que es peor, esto es, de ocioso, en los finales, no en los inicios, faltándole al respeto al sentido común. Y no sólo de finales tragicómicos vive el crítico: también necesita del Infierno. Bajtin, intérprete de las cagadas de Dostoievski, de su obra de subsuelo, asienta que una idea, ya política, ya económica, tiene que ser probada en todos lados, hasta en el Hado. Villarroel, lleno de gana de maledicencias pronunciar contra los cocineros, ha dicho: “Sus cuerpos huelen a especia, y sus almas están oliendo a azufre; sobre sus conciencias se estercola toda la gurullada de los diablos, y no están más cerca del fuego de la cocina que de los tizones del infierno”. El calor, a guisa de “piromancia”, junta infiernos y cocinas, vomita glotones.

Cervantes, para denunciar las justas injustas del Destino, dice que el caos es “máquina y laberinto de cosas”, al modo de Kafka. Otra trampa para atajar relapsos es el oxímoron. ¿Recordáis, como quería Orwell, que el lenguaje emboza mentiras? ¿Qué punzantes efectos brotan cuando le llamamos a la modernidad sajona “cretinismo alpino”, como Kraus? ¿Qué cuando al servilismo le decimos “cortesano motivo”, como Villarroel? ¿Qué cuando a la desidia se le titula “pereza de su desdicha”? El telón, el `telos´ se cae, y los actores son vistos sin sus mascaradas.

Colaborador invitado

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