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Substanciación del mito

Apellidamos los objetos del mundo con las palabras que manejamos, y dichas palabras representan objetos, los cuales, a su vez, son parte de un sistema de pensamiento (Habermas, como Heidegger, diría que tal sistema es tecnócrata).

Cuando lanzamos improperios incurrimos en el recuerdo del Infierno, y cuando adulamos con bendiciones incurrimos en el recuerdo del Cielo. Dante y Swedenborg lo testimonian. Ambos sitios, Cielo e Infierno, son mitológicos, utópicos, fétidos destinos, fatídicos afanes. Si logramos escudriñar la trabazón de los mitos, del discurso con que se fraguan, podremos jugar, cual prestidigitador, con la cultura de cualquier pueblo. ¿Qué es un mito?

Roland Barthes, en intentona epistémica, dice que es un “habla”, esto es, un discurso, un curso o derrota dialéctica, retahíla de sílabas, de palabras y proposiciones y párrafos que explican el funcionamiento del mundo, y también su esencia, aunque fugazmente.

El “habla”, según los ministerios de los lingüistas, es monólogo que aspira a ser diálogo, es la mitad de la vida, según Gracián. La otra mitad es sueño, ficción al cuadrado. Un discurso interno substancioso, asequible a la traducción plástica, literaria, musical, lírica o trágica, ora articulado (proposicional), ora murmurado (onomatopéyico), ora instintivo (emotivo), sólo tiene lugar en hombres con consciencia plena (`Cheng Chung Ming´, conceptualmente, o Buda o Jesús, o Sócrates), es decir, en hombres de personalidad fortísima, doctísima. Bajtin, entre los tales, interpola al estoico Marco Aurelio, al cristiano San Agustín y al impresionable Epicteto. ¿Para qué exordiar parando mientes en los nombres dichos? Para entender la estructura de todo mito, hijo éste del discurso, siendo el discurso “barro mortal” y “cincel inepto”, forma equívoca, oblonga, y substancia esquiva, blanda, escurridiza.

El `Quijote´, más que un libro de literatura o de caballería, es un mito, un habla, una forma de hablar, un tono, una respiración, un fárrago de gestos, ristra de exclamaciones y admiraciones, manojo de interrogaciones o dudas, una cosmovisión, y todo junto forma una frasis, arquetipo discursivo o cuasi gramática. No hay lenguaje “y” hombre: hay el lenguaje “del” hombre. No hay “un” hombre típico que habla: hay un habla que forma hombres. En el inicio, dicen los religiosos y los místicos judíos (de Avicebrón a Scholem y de Porfirio a Santo Tomás), fue el Verbo, el Logos, el Mito. ¿Por dicha podríamos construir una jirafa con ojos humanos de cera, con piernas humanas de cera y con ubres humanas de cera? No por cierto. Podríamos, si talento poseemos, hacer un hombre con visos de jirafa, una calamidad.

Un mito, anótese, redoma es de rescoldos e ideas primitivas que sirve para construir o para reconstruir, mediocremente, exégesis del mundo. Retornemos al `Quijote´ con Alberto Gerchunoff, del que Borges pudo decir que tenía encanto, cándido don para hacer del protervo Quijano un Quijote mítico. Juan Montalvo, fehaciente hincado ante el mito quijotil, trató de juntarse al abolengo cervantino redactando en cervantino estilo. Leamos lo que el nervudo Gerchunoff de él dice: “Y tal vez Don Juan Montalvo haya supuesto que su prosa era positivamente cervantesca y meritoria por su casticismo, por su tufo arcaizante y su dejo arqueológico. Con ello se ejercitó talentosamente en un deporte suntuario de la inteligencia, sin acercarse a Cervantes, inclasificable entre los escritores castizos, constreñidos a la celosa pureza verbal y a la tradición gramaticalista de la lengua”. Registro las palabras anexas: “casticismo”, “arcaizante”, “arqueológico”, “pureza”, “gramaticalista”. Tiempo hermenéutico es…

¿Qué es la gramática? Lo que a mojicones puristas distancia la materia, la verdad, del discurso. ¿Qué es la “pureza verbal”? La escrupulosa querencia de lo latino, del lexema apegado a Roma. ¿Qué es un “dejo arqueológico”? Es una manera sintagmática, un aliento. ¿Arcaísmo? ¿Casticismo? Holguémonos en explicaciones eruditas, y consintámonos  algo de Galdós, novelista culmen de la española literatura decimonónica y parafraseador de técnicas cervantinas (`La princesa y el granuja´): “Bien seguro estaba Pacorrito de haber hecho tilín a la dama. Esta le miraba, y sin moverse ni pestañear ni abrir la boca, decíale mil cosas deleitables, ya dulces como la esperanza, ya tristes como el presentimiento de sucesos infaustos”. ¿Qué mitos han endulzado la esperanza y cuáles han hecho de la intuición heideggeriana una tristeza? Gloriándose, el Cristianismo, sus sermones, hechos con más raigambre diatribesco que retórico, según Bajtín. ¿Y no es la plúmbea diatriba hija de la onomatopeya, del “tilín” del corazón? ¿Por qué y cuándo nacen las onomatopeyas? Cuando el lenguaje incapaz se muestra de describir o de narrar fenómenos.

El mundo, más que teatro, como pensaba Shakespeare, es carnaval, y el tal, dice nuestro ruso en su libro llamado `Problemas de la poética de Dostoievski´, “es un espectáculo sin escenario ni división en actores y espectadores. En el carnaval, todos participan, todo el mundo comulga en la acción”. Los mitos, como la onomatopeya, sirven para explicar con alegorías lo que la ciencia ignora. Perfumistas napolitanas, hechiceras gallegas, brujas de Zugarramurdi, hombres lobo germánicos, tréboles, zodíacos y oráculos símbolos son, elementos de sendos mitos que esquilman la ciencia.  Pero pasemos revista ejemplar, citemos a Poe (`La máscara de la muerte roja´): “Había cosas chocantes y cosas fantásticas, mucho de lo que después se ha visto en `Hernani´. Había figuras arabescas, con miembros y aditamentos inapropiados”. El ojo, como todos los sentidos, al no reconocer lo que ve refiere lo desconocido a lo conocido (el soplo marítimo se hace canto de sirena, la fe se muda al azabache, el puño sombrío se hace moro, como en el `Quijote´), hace de lo ondulado, oblongo, equívoco, entes “arabescos”. Presenciamos, véase, el nacimiento de un mito.

Contrariamente, citemos un texto preciso y poco apto para urdir mitos, uno de Apollinaire (`Aventuras de un joven Don Juan´): “Un día que estaba sentado en el viejo sillón de cuero de la biblioteca con la anatomía abierta frente a mí, en la página de los genitales de la mujer, sentí una erección tal que me desabotoné y saqué mi pene”. Cual nigromantes, troquemos lo real en quimera, lo irreal y mitológico en realidad futura. El mexicano avezado es en tales menesteres, y Paz, poeta de México, ha escrito (`Máscaras mexicanas´): “El lenguaje popular refleja hasta qué punto nos defendemos del exterior: el ideal de `hombría´ consiste en no `rajarse´ nunca. Los que se `abren´ son cobardes”. Mitos vemos, `vanitas vanitarum´. Tal ideal de “hombría”, tal mito, ¿de dónde procede?, ¿vendrá de la historia bélica del país?, ¿de la historia de su Conquista?, ¿será el mexicano un aficionado al `catch´, a la lucha teatral en la que no hay puñadas, sangre y dolor real?

El argentino, decía Borges, gusta de las historias de gauchos porque los gauchos son solitarios, duros, rasgos que el argentino desea y no tiene. Barthes, ilústranos (`El mundo del catch´): “En el judo, un hombre que cae, trata de no permanecer en tierra, rueda sobre sí mismo, se sustrae, evita la derrota o, si es evidente, sale inmediatamente del juego; en el catch, si un hombre cae se queda exageradamente ahí, llena hasta el extremo la vista de los espectadores con el espectáculo intolerable de su impotencia”. El mundo, tumultuoso, explicado debe ser, sea con mitos (`geomancia´, `pyromancia´, `sortes homericae´), sea con gritos (aullidos, ladridos de perros), sea con imágenes (amuletos, fotografías con los pies en el aire) o con sonidos (timbales, flautas que encantan sierpes). He aquí la substancia del mito.

 

Imagen cortesía de Fotolia.

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