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Transformando la literatura en material audiovisual

Transformar una novela en una película, o un cuento en un cortometraje, o una poesía en un spot de televisión con duración de veinte segundos no es tarea fácil, y exige, sobre todo, tener buen gusto. Lo primero que hay que hacer es extraer del texto original la trabazón, la estructura, y verificar si tal estructura puede verterse a la escena. Después hay que analizar, al menos someramente, la psicología de los personajes.

La psicología nos dirá cómo será el vestuario, cómo el gestuario, cómo el tono de voz y cómo los movimientos del cuerpo de cada personaje. ¿Podríamos reforzar algunos gestos con sonidos? ¿Podríamos simbolizar sentimientos íntimos con sendos acercamientos? ¿Podríamos ahorrarnos peroratas con escenas de paisajes? ¿Podría el discurso del político tirano de la novela de Carpentier ser sustituido con variadas y crudas escenas? ¿Un hiato producirá desconcierto y nos facilitará la inserción de un personaje nuevo?

Chéjov, para agilizarnos el trabajo, os aconsejaría responder estas preguntas: ¿qué le hace A a B?, ¿qué le hace B a A?, ¿cómo reaccionará A?, ¿cómo B?, ¿qué medios esgrimirá A para atacar a B? Pongamos un breve ejemplo, y remitámonos a los libros de Doyle. ¿Cómo transformar los cuentos protagonizados por Holmes en un cortometraje? ¿Recordáis que un cortometraje es como un soneto o como un cuento, pues debe causar una impresión nítida sin rebuscamientos dialógicos? Pensad, siempre, en tres términos: en escenas (lugar), en movimientos (acción) y en épocas (tiempo).

¿Haremos que Holmes simbolice la Ley Inglesa? ¿Qué efectos provocará en el público fusionar en una misma escena una pronunciación clásica y una pronunciación callejera (la de Holmes y la de un leñador)? Shaw, dramaturgo de la estirpe de Shakespeare y sabedor de astucias teatrales, hizo que su Higgins, hombre intelectual, no sólo tocara tópicos intelectuales: hizo, además, que hablara clásicamente, con un inglés latino.

Shaw, marxista, para lograr la impresión requerida (“lucha de clases”), hizo que una florista de la calle fuese alumna de un intelectual, de Higgins, e hizo que ésta hablase vulgarmente, e hizo que ella cambiara, poco a poco, su fonética. El público de `Pigmalión´, al contraponer fonéticas cultas y populares, vive algo más que una historia: vive una realidad sonora, musical, siendo la música el arte más inmediato y objetivo que hay.

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