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El laberinto de la originalidad

Ser competitivo, ser original, ser único es lo que el hombre de ciudad busca con ahínco. La publicidad, como creación del hombre de ciudad, también persigue la producción de ideas únicas e innovadoras. Alcanzar ese resultado no sólo requiere una gran creatividad e imaginación; más bien, una comprensión profunda del entorno.

Una idea original no radica en la diferencia que pueda existir, por ejemplo, entre individuos. Que un sujeto se pasee por las calles portando túnicas cual faraón no lo hace original. ¿Qué provocará con ello? Rechazo y crítica, aunque eso no lo exenta de adquirir algunos efímeros seguidores que desaparecerán tan pronto como el individuo sienta la presión social.

Ese es el mecanismo de las modas. ¿Por qué son pasajeras? Porque se desconoce el origen de una idea ajena a la cultura  a la que se aplica y en poco o nada se relaciona con la  ideología de esa sociedad. Además, al intentar adaptar la idea a una cultura nueva, esa se deforma. La razón es que la no cumple con los parámetros que lo produjeron. Un ejemplo sencillo es la moda de los grandes estampados en la indumentaria, diseñados en países nórdicos para embellecer la constitución corporal de las personas originarias en ese lugar y que tan diferentes son de las formas corporales latinas.

¿Cuál es la causa entonces de que ideas extrañas se adopten a pesar de se “incoherentes” o contrarias a cierta cultura? Porque no existe una identidad, una personalidad originaria, como es el caso de México y algunos países latinoamericanos. Al no tener una base ideológica, prueba esto, prueba aquello y por supuesto, nada le satisface.

No sólo se trata de escuchar al mercado para satisfacer las necesidades; es más bien un trabajo más complejo, de análisis a través de la observación sociológica para encontrar los vacíos no explorados y entonces, sólo entonces, crear ideas nuevas acorde a la situación social.

Pongamos otro ejemplo. Una cadena de supermercados quiere ser innovadora en el punto de venta, por lo que hace algunos cambios. En vez de haber varios pasillos con productos, coloca un solo pasillo que recorre todos los productos; sólo un carro cabe en el pasillo; no hay empleados ni en el pasillo ni en la caja. Esta idea la implementa porque en Alemania funciona muy bien. ¿Por qué en México fracasa?

Si la cadena conociera la psicología del mexicano, si hubiera leído alguna vez con  minucia y paz  “El laberinto de la Soledad”, sabría que el mexicano gusta de perder el tiempo para olvidarse de su situación. El mexicano ve en los supermercados un paseo, un laberinto lleno de colores, olores y personas en donde puede dejar pasar el tiempo con plena tranquilidad y convencerse de adquirir productos innecesarios. En cambio, el alemán es preciso y su sistema de supermercados le funciona, pues sabe lo que necesita y se enfoca en ello, nada más.

Se puede ser muy original, pero poco originario. Si no se es originario, entonces no hay aceptación. Y no porque la idea no sea buena, sino porque no hay un arraigo y una razón de ser.

 

 

Imagen cortesía de Fotolia.

Colaborador invitado

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