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El diseño de todos los días III

Cuando comencé mi carrera en artes gráficas no tenía la más remota idea de qué estaba haciendo. No sabía a donde iba, ni de lo que era posible hacer o dejar de hacer en mi profesión. No había reglas, y si las había, nadie se tomó la molestia de explicármelas. Fue lo mejor que me pudo haber pasado.

El diseñador tiene la obligación de crear y desarrollar un trabajo de suma importancia para la apreciación estética. La creencia popular de que las cosas deben ser sencillas y prácticas no significa necesariamente que los objetos y la publicidad, así como la comunicación, deban carecer de belleza. Considerando esto, el papel del diseñador a través de la historia es el de desarrollar objetos e ideas que fomenten esta estética. Su función ha sido el de proveer de ese sentido a todo lo que rodea nuestra vida diaria, desde un comercial, un impreso o un objeto, haciendo de ellos no sólo meros artículos con una función determinada, sino también dotándolos de una belleza.

El diseño es una actividad de proyección en un doble sentido: proyecta internamente sobre la obra a partir de sistemas semióticos que le son propios y, en ella proyecta un tipo de relaciones sociales. La gran parafernalia que acompaña al diseño de manera inherente es en parte culpable de que no podamos apreciar el verdadero valor que éste tiene en la sociedad y la cultura, así como las aportaciones que ha realizado a la misma. No fue sino a partir de la llamada industrialización que el diseño se presento, y “culturizó” la producción industrial mediante el método de la aplicación del arte al producto seriado, y gracias a ello el diseño es, hoy en día, una amalgama de estilos, una práctica heterogénea, una profesión plural en la que un sinnúmero de variantes y técnicas metodológicas, culturales y estilísticas se conjugan para hacer de él, una de las prácticas más completas en la actualidad.

El diseño ha estado presente y me ha influenciado de tal manera que básicamente he construido mi vida a su alrededor, gracias a él he conocido a personas por demás interesantes y que me han marcado. Para mí no es un trabajo, es más cercano, es un juego; Schiller dice que la transformación del trabajo en juego, y de la productividad represiva en despliegue, es el factor determinante de lo que llamamos civilización. El transformar nuestra vida diaria en algo lúdico es lo que nos determina como sociedad. En ese sentido me siento afortunado al poder decir que he desaparecido a ese fantasma de mi vida llamado trabajo, o al menos a la mayor parte de él, ya que en algún momento el juego llamado diseño no deja de ser trabajo, y sin embargo puedo disfrutarlo de igual manera. Me agrada pensar que las exigencias y las metas, así como las limitaciones propias de diseñar y crear, son las reglas preestablecidas del juego, y éstas pueden variar dependiendo de los participantes del mismo.

De la misma forma en la que me encontré sin reglas al principio de mi carrera, encontré también un vacío en el aspecto teórico y literario. No me malinterpreten, hay libros geniales que hablan de estética, arte y que fueron parte fundamental de mi crecimiento, pero resulta un tanto frustrante el hecho de que en este campo tan rico del diseño haya tan pocos textos. He recorrido librerías enteras llenas de libros de diseño y todos se reducen a mostrar imágenes con una gran inversión de tiempo y dinero, fotografías del trabajo de otros diseñadores, sin contenidos, sin conceptos, el por qué, y el mensaje queda circunscrito en el diseño mismo.

Me resulta incompresible que un nutrido grupo de diseñadores alrededor del mundo no quiera ni pretenda escribir acerca de su trabajo. Supongo que Shopenhauer tenía razón cuando ponía en duda a aquellos que no usan las palabras como medio de expresión, al encontrar difícil creer en la auténtica grandeza de inteligencia de los que no han escrito y sentirse más inclinado a considerarlos héroes prácticos, que tuvieron más influencia por su carácter que por su cerebro. De esta forma podemos decir que existen muchos diseñadores que son héroes prácticos y sobrellevan su trabajo de la misma manera, probablemente puedan realizar un gran trabajo, sin embargo el valor que aportarían a la profesión y al desarrollo, no sólo estético sino intelectual y cultural del diseño, sería incalculable. Hoy en día, Frank Chimero, Chip Kidd o James Victore rompen el convencionalismo del típico libro de diseño y son una prueba de la gran aportación que representan al medio. Todos, incluyéndome, deberíamos hacerlo.

Todo diseño, seamos honestos, terminará en un cesto de basura. Habrá algunas excepciones que quizá encuentren lugar en museos, bibliotecas, en la internet o en algún disco duro, donde todos guardamos nuestro comerciales, diseños o ilustraciones favoritas, pero invariablemente éste morirá en el momento en que nuestra memoria, electrónica o mental, fallezca también.
El diseño seguirá, pero el mensaje de muchos de sus ahora participantes, no se quedaría en ese cesto. Busquemos una teoría, una explicación, una lectura pertinente que busque ahondar en los recovecos de la mente que realizó tal o cual diseño. Eso, al igual que los escritos que dejaron nuestros antepasados, debiera ser la base en las que se construya el nuevo diseño, el diseño de todos los días.

 

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