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Publicidad, el pretexto de un artista

Diversidad de ocasiones he escuchado mencionar al arte en todas sus facetas existentes a lo largo de la historia, el muralismo, el impresionismo, el surrealismo, ismo, ismo; ¿podemos añadir publicismo al diccionario?, o por qué no, mejor aún, ¿incluimos a la publicidad dentro de las bellas artes? Existen innumerables discusiones acerca de este tema en todas partes, todas las opiniones son válidas; quienes defendemos el concepto que envuelve la magia de publicidad y quienes niegan que tenga que ver con el arte y asumen que es incluso hasta nociva.

Sin embargo, como el arte requiere técnica y creatividad, la publicidad también requiere estos ingredientes vitales para salir a flote, son básicos en cualquier intento de persuadir, pero si se trata de destacar uno de ellos, pondré en un pedestal a la creatividad. Somos como pintores que se sumergen en su propia mente para poder escribir una frase que llegue a impactar tanto y pueda ser denominada “slogan”; o una imagen que logre captar la atención de miles de personas inertes en su vida diaria y logre generar algo diferente, y tengan una reacción con ello, una compra si lo queremos ver fríamente. Pueden argumentar que el arte no involucra marcas comerciales que predisponen sus propios  intereses económicos, pero por qué no pensamos que no existe marca sin persona, ni persona sin marca, al final del día una pintura de Pablo Picasso genera en ti un sentimiento y una impresión personal, aunque no sea la misma que él quiso impregnar en su obra, es algo que hacemos propio, lo idealizamos a nuestra experiencia.

Las marcas y los mensajes publicitarios que emitimos funcionan de la misma manera; existe un creativo que tiene que lograr transmitir emociones a un cliente potencial, y que sean tan impactantes que generen una acción en él; al igual que el arte, son tan variadas las sensaciones provocadas en cada persona a la que queremos llegar  y no todos logran captar el mensaje de la misma forma, ni actuar como queremos – porque no es la mismo lo que representa para ti un columpio, que lo que es para mí, depende de tu experiencia personal; a tu subconsciente pueden venir imágenes que marcaron tu vida; cuando de niño jugabas en un columpio en el que tantas veces intentaste subir más alto o quizá solo empujabas a tus amigos, o en algún caso extremo le tuviste miedo a las alturas y solo observabas y nunca quisiste arriesgarte a intentar columpiarte, y esto es así porque cada quien tiene  su vivencia con un columpio, que es totalmente diferente a las de los demás – incluso los significados en el publicista son diferentes cuando quizo emitir su mensaje. Sentimos diferente, pensamos diferente y esto hace que  cada mensaje se haga personal y el público logre el  identificarse con el anunciante o piense en odiar a la marca, incluso antes de darle una oportunidad.

Tengo que aceptar que, las empresas y los publicistas hemos llegado a tergiversar el sentido humano en la publicidad y por esto el desprestigio al gran esfuerzo por levantar un gran mensaje, el cual genere que una marca sea grande entre el mar de ofertas. Hemos hecho en muchas ocasiones a un lado el sentido del arte y a su vez este sentido de la gente. Una empresa en su valor esencial esta  diseñada para servir y la publicidad para hacer sentir, y que mejor forma de lograrlo que con las emociones o sentimientos que todo el mundo quiere experimentar: paz, amor, felicidad, armonía, tranquilidad, gozo, entendimiento… y la lista sigue; y si bien cada individuo tiene su propia definición (de acuerdo a su experiencia) de cada concepto que cité, también es cierto, que cada persona a la que hemos denominado cliente, se quiere sentir especial y único.

Y aún así decimos medios masivos, publicidad masiva ¡y llegamos a personas únicas!, aunque hagamos diferencias y segmentemos el mercado, por gustos, edades, sexo, etc., sin darnos cuenta que lo más simple, es a veces lo más importante. Es vital transmitir primero con el mensaje y luego con el producto, porque no basta publicidad si la empresa no logra que esa expectativa sea confirmada al momento de la compra, es entonces donde en el proceso artístico entran en juego varias limitantes, no solo tenemos que crear, tenemos condiciones para hacerlo, tenemos crisis económicas de por medio, tenemos presupuestos reducidos en muchas ocasiones, tenemos miles de anuncios que son nuestra competencia como artistas (perdón, como publicistas) e incluso la gente que aprecia nuestras obras, no nos prestan atención como si lo hacen en una exposición en un museo. Tenemos que decirles: escúchame, tengo algo importante que mencionarte, yo sé cómo puedes solucionar un problema que tienes, cómo te puedes sentir mejor, cómo inspirarte, cómo tomando un refresco puedes compartir alegría y sentirte único con tan solo leer tu nombre escrito en su empaque; es donde el arte se maximiza y llega al punto de reinventarte y volverte aún más creativo para hacerte notar;  y no, no se trata de fomentar el consumismo, es fomentar la compra de nuestras obras, con la bandera de una marca que nos dio un pretexto para crear; porque ningún escritor, escultor, pintor, músico o arquitecto vive si sus obras no se venden, aunque no lo quieran siempre habrá gente interesada en adquirirlas, así lo hagan “por amor al arte”.

AUTOR

Carlos Omar Romero

Publicista de nacimiento y creativo por decisión, estudiante de comunicación UANL.

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