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Una carta en la manga

Esta es una historia personal. Si me permiten, me gustaría contarla y, sobre todo, compartir su elemento central: una carta. Esto es lo que sucedió.

La agencia donde yo estaba trabajando como redactor en 1997 no andaba bien. Había perdido la mayor parte de su cuenta principal y no se avizoraba nada muy estimulante en el futuro; más aún, Radio Pasillo informaba que ya se hablaba de cierre definitivo. Entonces decidí iniciar una campaña para conseguir trabajo en otra agencia. Armé una base de datos de casi 60 agencias y a cada una envié mi currículum junto con una breve, formal y (francamente) muy aburrida carta de presentación.

Recibí solo una respuesta. Me llamaron de una agencia chica para ofrecerme el puesto de Director de Producción Gráfica. A duras penas logré resistir la tentación de pedirles que volvieran a leer mi CV hasta que se dieran cuenta de que yo trabajaba de otra cosa. Con mucha amabilidad rechacé la oferta, y me puse a pensar la razón por la que mi campaña había fracasado tan miserablemente. Tuve la afortunada lucidez de poner por escrito esos pensamientos, a los que les di forma de carta, pero bastante alejada de la formalidad de la primera. Imprimí 60 cartas personalizadas con el nombre del Director Creativo de cada agencia de mi base de datos, y las mandé. A diferencia de la primera carta, que usaba la solemne tipografía Times, esta segunda salió impresa en Courier; en aquel entonces, el cambio me pareció muy disruptivo. El texto era el siguiente:

Estimado Señor Ejemplo:

Como decíamos ayer… Sí, es mi segunda carta. En la anterior les conté que soy redactor creativo, que quiero cambiar de aire, que me gustaría mucho estar en su Agencia, etc. etc. Para tratar de lograr un atractivo extra, esta vez cambié la tipografía; si no pasa nada con la Courier, en la tercera no voy a tener más remedio que usar Zapf Dingbats. Al menos así me voy a parecer en algo a David Carson.

Bueno, no obtuve respuesta a mi primera carta, que incluía el currículum. “Lógico”; me alentaron mis amigos. “Es el downsizing” me dijeron los que conocían esta ridícula estrategia para conseguir trabajo y la descartaban por, justamente, ridícula. “No deberías haber puesto que querés ganar más”; “En tu currículum pusiste la fecha de nacimiento: grave error”; “Esa carta parecía un pedido de limosna. Tenés que poner más orgullo en lo que hacés”; “Sonás muy orgulloso. Humildad, eso es lo que buscan”. En fin, todo así.

Les comento a las mismas personas que planeo enviar otra carta. Respuestas: “Yo conozco uno que mandó y le contestaron. Por ahí si usás un poco más de ingenio…”; “¿Otra vez? Mirá, hay una sutil diferencia entre obstinado e hinchapelotas. Evidentemente, no la conocés.”; “Vos hablás inglés, ¿por qué no probás afuera? ¿Por qué no te vas ahora?”; “¡No me rompas más las bolas, que yo también tengo mis problemas!”.

Entusiasmado por estas palabras, entonces, escribo otra vez. Pero en realidad, la carta se termina acá. Por si tiraron mi currículum a la miércoles, incluyo de nuevo mi número de teléfono. El enmascarado no se rinde: mientras hay vida, hay esperanza. Y mientras haya tóner en la impresora, habrá cartas.

Muchas gracias.

La carta terminaba solo con mi firma y número de teléfono. Nada de currículum ni carpeta ni referencias. En términos cuantitativos, esta campaña follow-up fue un moderado éxito: casi un 10% de respuesta. En lo cualitativo funcionó mejor todavía, porque las respuestas llegaron de agencias importantes. La más sorprendente fue la que me dejó el director de una de las agencias más grandes de aquel entonces: un mensaje en el contestador de mi casa, diciendo que “este enmascarado tampoco se rinde”. El llamado más relevante, sin embargo, fue el de un Director Creativo que, con agudeza y concisión, describió mi carpeta como “una cagada”. Pero la carta le encantó y por eso pensó que yo podía andar bien en Marketing Directo. En definitiva la carta me permitió ingresar en su agencia y trabajar allí durante muchos años.

¿Hay lecciones en esta historia para los que están buscando trabajo? Espero que sí. En todo caso, la más obvia lección posible sería explorar cuáles son las necesidades puntuales de aquel lugar donde a uno le gustaría trabajar, y  formatear nuestra presentación profesional para cubrir esas necesidades, siempre explotando a fondo nuestra mayor capacidad, sea cual sea. ¿Que no es fácil? No, desde luego que no. Pero las consecuencias del esfuerzo pueden ser maravillosas.

 Imagen cortesía de iStock

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