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Guíame director

Un director da dirección. No, no es obvio. El famoso sentido común, ese mágico eterno que debería ser nuestro mapa a la cordura y control, ha muerto. Así que por eso repito; un director da dirección. Got it?

Vivimos suponiendo cosas. Toda la información que llega a nosotros ha pasado por un filtro invisible llamado “ya entendí”. Este filtro no es más que un engaño, la verdad, no, no entendimos, y el problema está en la pérdida de tiempo y baja productividad que esto genera (y los berrinches y corajes que hacemos). Tener claro lo que se hace y para qué se hace, es vital si queremos tener propuestas con carnita.

Nos complicamos con ideas o pensamientos que queremos sean matadores. Corremos tras todo eso que hay que entregar y disfrutamos cuando finalmente ha salido, e incluso recibimos palmas. Pero, ¿Y cuando las cosas no salen? ¿A quién recurrimos? ¿Quién nos guía y nos aclara el panorama? Obvio, el famoso jefe, el big boss, el superhéroe que nos va a iluminar y dar línea sobre qué camino deberíamos seguir.

Un director da dirección; nos guía a través de los horribles caminos que amenazan con apartarnos del camino feliz y correcto. Nos da el poder y la seguridad que nuestras ideas necesitan, o si es muy rudo, no nos compra nada porque realmente es basura lo que proponemos, porque cuando de guiar se trata, él nos lleva y nos muestra por qué está donde está, Buda se queda corto. Ay ajá.

A veces se nos olvida que hay que dar dirección y complicamos todo hasta terminar peloteando horas y horas, para luego darnos cuenta que el error es de quien no entiende o no tiene claro que quiere (gracias cliente vales mil). Por eso, al construir pensamientos, ideas, propuesta y todo nuestro día a día no hay que olvidar:

  • Tener claro lo que se quiere
  • Explicar con claridad y tener la certeza que te entendieron
  • No cambiar al último minuto la visión
  • Abrir posibilidades a caminos diferentes
  • Guiar e instruir en el arte de generar ideas

Cuando sea grande quiero ser como un director; estar sentado en mi silla jugando con cualquier cosa, checar ideas finales y rechazarlo todo. Pelotear de último minuto porque ya no está saliendo y guiar con firmeza. No, ya, en serio… Ser director, está muy cabrón.

Imagen cortesía de iStock

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