Comunicación

La grandiosidad de ver el mundo desde los ojos de una mente abierta

Hace unos años decidí dejar de preocuparme demasiado por cada pequeño detalle de la vida, y desde entonces todo es mucho más fácil. Antes, por ejemplo, me preocupaba mucho no tener la razón o equivocarme. Si en una conversación alguien decía blanco y yo pensaba que era negro, pasaba toda la conversación intentando conseguir más argumentos pro-negro para convencer a la otra persona.

Entonces llegó el día en el que me di cuenta de que la frustración que sentía al no convencer a la otra persona, al no tener la razón, no era más que el fruto de una mente cerrada enmoheciéndose en su oscuridad. Descubrí que las mentes cuadradas son las causantes de muchos de nuestros males, y me di cuenta de que eso que yo un día vi negro, quizás podría ser también blanco, incluso verde o de cualquier otro color.

Descubrí que las conversaciones son mucho más interesantes e intensas cuando, en lugar de pasar el tiempo buscando argumentos que respalden tu teoría, dedicas tiempo a escuchar también los argumentos del otro, enriqueciéndose ambas partes y llegando ambos incluso a poder cambiar matices de lo que percibían de una manera, incluso dándole la razón a la otra parte si es que la tiene, porque sus argumentos han movido algo dentro de nosotros, y han acabado por hacernos ver que nuestra teoría no era la correcta.

Antes podía percibir estas situaciones como una amenaza ante la que tenía que defenderme, y me sentía realmente incomoda. Ahora entiendo que el ser humano aprende de la experimentación, del intercambio de opiniones, de escuchar e imitar a aquellos a quienes consideran referentes… Y este aprendizaje no tiene cabida en un monólogo en el que intentamos convencer al mundo de nuestro punto de vista, sino en un diálogo con aquellos que nos rodean, haciendo notar nuestra opinión pero también escuchando y valorando las del resto.

Como alguna vez he oído decir, “en la vida conviene evitar tres accidentes geométricos: los círculos viciosos, los triángulos amorosos y las mentes cuadradas.” Sin duda, las mentes cuadradas son el accidente geométrico que más pánico provoca en mi.

Les temo porque una vez mi mente fue cuadrada, y aún puedo recordar lo que se sentía y cómo me equivocaba al pensar que solo había una perspectiva correcta, y el peor error: que esa perspectiva era la mía. Recuerdo que nadie era capaz de hacerme entender que no solo tenía que haber un punto de vista correcto, y lo poco que me gustaba escuchar la línea argumental del resto.

Sé que las mentes cuadradas dejan de serlo, única y exclusivamente, cuando las personas que las poseen deciden quitar el candado que las estaba asfixiando, liberarlas, y al abrir la puerta dejarlas fluir y crecer, como un árbol crece a la luz del sol, fuerte y robusto.

Por ello, cuando percibo que la persona que tengo delante aún no le ha quitado los grilletes a su empobrecida mente, prefiero evitar la conversación si las circunstancias me lo permiten: sé que yo acabaré frustrada por no haber conseguido hacer explotar esa maldita atadura que convierte a su mente en una cueva infranqueable, y por experiencia, también sé como acabará sintiéndose la otra persona.

Me gustaría contaros algunas de las virtudes que hacen que la vida, vivida desde una mente abierta, sea grandiosa y esplendorosa. Así, la próxima que vez que os enfrentéis a una de esas temidas mentes de las que hemos estado hablando, ya sabréis donde remitirlos, y quizás así consigamos liberar algunas.

En primer lugar, la vida adquiere una nueva gama cromática que antes no tenía. Percibes más estímulos del entorno que te rodea porque estás dispuesto a ello, tienes ganas de empaparte de todo lo que el mundo te ofrece, de aprender y de experimentar cosas nuevas.

De repente, empiezas a descubrir en las nubes formas maravillosas, las ves tan claras que te gustaría que el cielo fuera un lienzo en el que pudieses remarcar esa preciosidad que estás viendo para que el resto también la perciba.

La última maravilla que las nubes me mostraron fue una mujer simulando un corazón con sus manos. He visto tantas cosas en las nubes… Dragones, árboles de Navidad, sirenas, incluso un barquito navegando entre las olas. Y no solo las nubes me deleitan con estas sorpresas, sino sombras en las paredes, el patrón de alguna cortina en la que la tela se ha doblado sobre si misma mostrando un diseño diferente al que realmente tenía, incluso en el suelo de granito o en el mármol de la cocina descubro nuevas formas cada día.

Este aspecto de las mentes abiertas es uno de mis preferidos, ya que encuentro la inspiración y la creatividad en lugares insospechados, casi como si de una revelación se tratase, y eso me lleva a crear cosas que muy difícilmente se le pueden haber ocurrido a otras personas de la misma manera.

Otra de las cualidades que más me gustan de las menes abiertas es el hecho de aprender cada día algo nuevo, descubrir que tu opinión aferrada puede cambiar con una conversación relajada y un buen café, acompañada de una persona que no tenga miedo a abrir su mente junto a ti.

Conocer a otras personas que han dejado de someter a su mente a la necesidad de tener la razón se convierte en uno de los mayores placeres de la vida. Como ya os he contado alguna vez, me encanta hablar, y estas personas son magníficos compañeros para las largas conversaciones, de esas que son profundas y nos atrapan, que no queremos que acaben, en las que los silencios no son incómodos, sino simples y breves momentos de reflexión y comprensión de todo lo que acaba de suceder.

Aquellas conversaciones en las que no hace falta introducir forzadamente temas triviales como el estado del tiempo o lo que viste anoche en la televisión o en tu ordenador, porque tenéis tantas cosas interesantes que ofreceros mutuamente que esas banalidades no tienen cabida. Estas conversaciones son las que, para mi, dotan de sentido a las relaciones humanas. ¿De qué sirve vivir rodeados de un mundo al que no queremos escuchar y cuyo punto de vista no provoca en nosotros ninguna sensación?mos que acaben, en las que los sentos de reflexiñonque son profundas y nos atrapan, que no queremos que acaben, en las que los s

Tener una mente abierta no es necesariamente sinónimo de ser una persona empática, pero a menudo son conceptos que van de la mano. Las personas que tienen una mente abierta son capaces de ver el mundo desde los ojos de otra persona, porque saben que los suyos no observan la verdad absoluta que da respuesta a todas las preguntas. Ver el mundo desde los ojos del otro nos permite observar la situación desde su punto de vista, imaginar como la está percibiendo y qué está sintiendo, e incluso a sentirnos felices o angustiados (dependiendo de si es una situación positiva o negativa) por lo que aquella persona está viviendo.

Esta empatía a veces puede llegar a ser dolorosa, pero nunca hay mal que por bien no venga: si lo que siente otra persona provoca algo en nosotros podemos ayudar a resolver el problema, porque nos apetecerá que esa persona pueda volver a sentirse bien. Y en el caso de que la situación sea positiva, las mentes abiertas somos sin duda la persona adecuada a la que contarle tus éxitos, tus avances y progresos y tus buenas noticias: nos alegraremos tanto como tú, y nos encargaremos de que lo celebres como se merece, porque tú felicidad, también nos hace felices a nosotros.

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Einstein, uno de los grandes genios de la historia tachado de loco en innumerables ocasiones, ya lo advertía: “la mente es como un paracaídas, solo funciona si se abre”.

Como último consejo, recordad: si lo que queréis es comeros el mundo, siempre tendrá más sabor desde la boca de una mente una abierta.

Imagen de portada cortesía de iStock             

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