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Los siete pecados capitales

Todos hemos pecado. Eso es un hecho, y así como existen pecados especiales, si, les estoy hablando a ustedes que hablan en el cine, hay un infierno especial para ustedes junto a los que se meten en la fila de coches y los que tratan mal a los ancianos; en fin, como ellos también existen los siete pecados capitales y nuestra bien amada profesión no podía ser la excepción a los mismos. Todos hemos cometido uno, y el que diga lo contrario, nunca se ha quedado a trabajar tarde en un pitch.

Ira.

La ira es el más común de los pecados, y este se da cuando te enojas sin medida contra los clientes que te piden cambio tras otro y no saben lo que quieren, pero eso sí, saben lo que no quieren, otros que provocan tu cólera son los que te mandan una imagen en “alta” en un .doc, la furia surge con el mundo es por no entender que, a menos que seas una niña de 5 años que quiere escribir acerca de hadas y unicornios, Comic Sans no es una opción tipográfica, pero lo que provoca tu rabia incontrolable, por sobre todas las cosas, es cuando escuchas las palabras “¿puedes hacer mi logo más grande?”

Gula.

Este es otro de los pecados más comunes entre nuestros compatriotas, ya que nosotros acostumbramos llevar una dieta rica en el complejo T y P, o mejor conocidas como Tacos y Pizza, si a eso le agregamos que comes en tu lugar, mientras piensas, mientras diseñas, mientras estas en un peloteo, mientras estas en una junta, mientras te dan un brief, cuando cumple años la de contabilidad, cuando es viernes de tacos, cuando se hace una reunión después de la oficina, mientras ves una peli, mientras lees un libro, cuando llegas a tu casa, cuando llegas a la agencia. Solo… comes.

Envida.

Igual de común entre los redactores y diseñadores, los celos salen a flote cuando ves un copy tan genial y sencillo que dices con desdén, “yo lo hubiera escrito mejor” y sabes de antemano que está perfecto, y no le moverías ni una sola coma, o cuando ves un diseño espectacular y lo único que haces es enfocarte en encontrar un error y no descansas hasta inventar que esa composición no tiene sentido y la selección tipográfica no es la adecuada, solo para que al día siguiente empieces a usar esa misma fuente en los siguientes 20 diseños que elabores.

Lujuria.

La concupiscencia oficinesca no es nada nuevo, pero en el caso de las agencias es como una torre de Babel, nadie entiende el idioma del otro, pero no puedes evitar pecar cuando ves pasar a la de cuentas y sabes que tendrá junta cliente, o cuando llega una nueva trainee y lo primero que preguntas es si tiene novio, o cuando el diseñador que has visto todos los días por un año se deja la barba y de repente se vuelve atractivo, o ese día que llegas y te das cuenta que cambiaron de recepcionista y hasta los buenos días das, o cuando ves ese video en YouTube “por la ciencia”, y en la fatídica posada de la agencia, pasado de copas, admites que siempre has querido con: (ponga aquí el nombre de su crush de agencia).

Pereza.

La desidia es mucho más común de lo que quisiéramos admitir, y lo podemos notar cuando la de cuentas te pide algo para dentro de dos semanas y terminas haciéndolo una hora antes de la fecha de entrega, o es todavía más evidente cuando en el peloteo hablas de todo, del cine, la nueva serie que estas viendo, lo que comiste ayer, menos, del tema en cuestión, o cuando te ganas a pulso esa parcela en el infierno mientras “piensas” en una idea nueva y vas pasando una a una las campañas publicadas en Adds of the world.

Avaricia.

La codicia, aunque usualmente asociada a los abogados, en ocaciones nos queda demasiado bien, y no nos quedamos nada atrás, y para prueba están aquellos que se cambian de agencia debido a que su “nuevo hogar” les ofrecen un aumento bastante jugoso del 1% en el sueldo, o todavía peor, aquellos que cuando mandan a producción un trabajo con un proveedor le cargan al cliente un markup del 100%, o aquellos que que se asoman por la ventana cuando llega un cliente y dependiendo de la marca de su automóvil, es la cantidad de ceros en la propuesta económica.

Soberbia.

Aunque esto puede confundirse fácilmente con orgullo, sigue siendo tan pecaminoso como los anteriores, lo vemos claramente cuando en esa junta con la que todos soñamos el cliente dice las palabras mágicas: “buen trabajo, me encantó” y apenas llegas a la oficina presumes dicho comentario con los de tu equipo, con las de marcas, los de ventas, digital e intendencia; haces cita con el director general y le presentas un Power Point donde expones a detalle cuando y cómo lo dijo el cliente, lo publicas en todas tus redes sociales, te jactas en tus grupos de Whatsapp, abres un blog y escribes tres posts acerca de dicha junta y terminas llamando a tu mamá diciéndole que sin ti esta agencia se iría por el caño.

Imagen cortesía de iStock

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