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“Lee y conducirás, no leas y serás conducido.” Santa Teresa de Jesús.

El lenguaje está vivo mientras haya alguien que esté dispuesto a utilizarlo. Ergo, las lenguas también. Y las palabras que la forman. Nacen, viven, mueren, resucitan, cambian. Y sino, piensen en el latín, esa lengua a la que llaman muerta y olvidada. A la que llaman, desde la ignorancia, como bien demuestra este artículo.

El poder de transformación del ser humano afecta a su manera de comunicarse, y por lo tanto, a las lenguas y sus palabras. Hablando recientemente con un amigo surgió el tema de la realidad plurilingüe en España y la validez de las palabras en estas lenguas: por ejemplo, en vasco, farmacia se escribe farmazia. Sin embargo, es incorrecto basar la validez de una lengua exclusivamente en su capacidad de reinventarse. Ya que al igual que no existían las farmacias en la prehistoria para poder ponerlas un nombre en vasco, tampoco en castellano. Una lengua debe cumplir unos requisitos culturales, políticos e históricos, como bien se explica en esta página. Y su capacidad de adaptación, es un factor positivo que determina su éxito en la sociedad.

Con las palabras pasa exactamente lo mismo. Hay muchas que desaparecen junto con el objeto al designan (como azafata, rescatada posteriormente), otras se ven sometidas a cambios en su grafía debido a evoluciones fonéticas naturales (como fincar, de la quinta del Cid), otras caen en el olvido (como celícola) y algunas se terminan sustituyendo por otras (como axila por sobaco). Sin embargo, el callar palabras hispanas para siempre debe contar con la aprobación de las veintidós Academias de la Lengua Españolas, tampoco os penséis que iba a ser fácil. Los de humanidades y las personas de letras, somos, ante todo, los mejores amantes: nos cuesta mucho renunciar a una palabra. Qué grande es el amor. Ejemplos de palabras asesinadas son los casos de columena (columna o coluna pequeña). Si queréis saber más vocablos en peligro de extinción o extintos, os recomiendo clicar aquí. Y si queréis indagar en el asunto, os aconsejo fervientemente el libro Palabras moribundas y este artículo.

Si os he contado esta interminable perorata es porque hace poco se ha hecho eco una campaña para rescatar palabras olvidadas y me gustaría, aparte de alabar esta iniciativa que desde luego tiene unos fines sociales muy marcados y loables, someterla a crítica. Bajo el haghstag o la almohadilla (clásico ejemplo de sustitución de un término por otro, con lo romántico que quedaría decir bajo la almohada, como si las palabras fueran sueños que se cumplen al pronunciarse o escribirse, ¿de verdad preferís utilizar la palabra en inglés?).

Me corrijo. Bajo la almohada #PalabrasOlvidadas, una agencia pone en adopción palabras, en formato de regalo, por categorías (las más bonitas, románticas, olvidadas destacadas…). Muy a mi pesar, he de decir que es bastante decepcionante que después de todos los artículos y fotos que han inundado las redes sociales sobre rara avis muy bellas en cuestión de palabras, la gente siga viviendo sin conocer palabras como meliflua, o amalgama (¡pardiez! Me resulta complicado creer que los estudiantes de ciencias y las personas caóticas y desordenadas ignoren lo que es). ¿De verdad a nadie le han regañado nunca por estar ensimismado? ¿Nadie ha analizado el sino en oraciones adversativas? ¿A nadie más excepto a mí le parece que rimbombante es una palabra muy graciosa porque es autológica al pronunciarse?

Todo este asunto me ha puesto excesivamente taciturna. No me considero una persona desmesuradamente nefelibata, pero al mundo le faltan libros. Empero, lo que me parece primordial, necesario y preocupante es que el mundo requiere leer más en los tiempos que corren, donde la cultura está al alcance de la mano. El mundo necesita leer más, especialmente diccionarios de sinónimos y antónimos o la última edición del DRAE.

¿A nadie más le preocupan estos tejemanejes lingüísticos que vaticinan un futuro horrible a palabras maravillosas y conocidas? Por favor, expresar vuestra opinión más sincera #bajolaalmohada.

Imagen cortesía de iStock

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