Comunicación

Ay Jero

Traten de imaginar a Jerónimo: 1.70 m. de altura, delgado, rubio, con unos rizos abundantes y ojos del color de las aceitunas. No tiene nada de vello en su cara, pues apenas tiene 15 años. De hecho, al ver su cara en realidad uno juraría que no pasa de 13. La clásica “baby face”. Tiene un par de granitos en la quijada, pero son tan pequeños que fácilmente uno podría pensar que son pecas. Los poros de su piel todavía permanecen muy juntos. Digamos que es la versión “región 4” del Dr. Doogie Howser (o para los que tengan menos de 35 años, la copia al carbón de Neil Patrick Harris cuando era joven).

Pero como siempre, me estoy adelantando, porque en realidad la descripción física de Jero no es lo más importante de la historia, sino lo que pasó con él el viernes pasado.

Resulta que fui a dejar a mi hija y a unos amigos a una fiesta cerca de casa, porque sí, soy del tipo de papás que dejan y recogen a sus hijos después de la fiesta. Acordamos en que la hora sería la 1 de la mañana.

Los dejé en este edificio de lujo en donde el macro evento se llevaría a cabo. El lugar: el penthouse ovbeo weee. Decenas de pre, pubertos y post pubertos estaban haciendo tumulto a las puertas del edificio para entrar y por supuesto varios guardias de seguridad revisaban las pulsera VIP para que los chamacos pudieran entrar al convite.

Me aseguré de verlos pasar y de inmediato, me fui.

Resultó que como en muchas fiestas en donde el alcohol fluye y el cerebro se estanca, hubo una trifulca en plena fiesta y se tuvo que terminar mucho antes de lo planeado. Así que raudo y veloz, a las once de la noche fui a recoger a mi retoña y a su amiga para nuevamente, darle un aventón a la segunda a la casa de un amigo que la iba a regresar a su casa (un asunto de logística de generación “z” que no entiendo pero no importa; lo que me toca es manejar, no comprender).

Estando afuera del edificio en donde la amiga de mi hija se iba a quedar (como a 5 cuadras de la fiesta) pude distinguir a la orilla de la calle cómo entre la penumbra, una figura era repelida suavemente por una hilera de arrayanes de metro y medio de altura. El intruso intentaba penetrar los arbustos para escalar una colina que presentaba una pendiente importante, pero era tal su flacidez y su falta de empuje, que apenas lograba introducirse unos centímetros y la fuerza de la naturaleza lo volvía a rechazar. Esta acción se repitió un par de veces, para, al final acabar en un tercer intento de intrusión a los matorrales, terminando con su caída definitiva de bruces dejando la mitad de su cuerpo en plena vía pública. De la cintura para arriba estaba tirado boca abajo sobre la tierra mojada, de la cintura para abajo, su cuerpo se desparramaba sobre la calle, quedando a merced de los 2 coches que estaban estacionados ahí.

La escena era al mismo tiempo triste e hilarante, porque era evidente que jamás lograría penetrar los arbustos y que terminaría totalmente rasgado por las ramas duras de los arrayanes. Lo que sí es que la escena sirvió para ponerla de ejemplo a mi hija para que descubriera por sí misma qué es lo que pasa cuando no sabes parar de tomar.

Dentro de mi mente estaba contando los segundos que el sujeto tardaría en levantarse para volver a intentar su excursión en la maleza urbana, pero, al pasar más de 15 segundos y no ver que el personaje se pusiera en pie, salí a tratar de componerlo.

Me acerqué para descubrir que no solamente había tierra en el camellón, sino que, como había llovido, toda una colonia de caracoles que vivía en los arrayanes, ahora se habían trasladado a la camisa y los pantalones del personaje que estaba plácidamente dormido (o noqueado) sobre la tierra. Su cara presentaba varios rayones sangrantes provenientes de las ramas que con anterioridad había embestido infructuosamente. Su iwatch, estaba intacto.

Lo sacudí levemente del hombro mientras le hablaba de manera firme pero amable.

– ¡Oye! ¿Cómo te llamas? ¿estás bien?

Fue ahí cuando la cara de este niño de ojos de párpados pesados y emitiendo un hedor potente a alcohol abrió la boca y masculló algo que sonó como:

– Mme llamo Jeero…mme llammo Jjjjerhhhho.

– Ok Jero, ¿dónde vives?

– Em Pola…po…poco.

– ¿En Polanco?

Jero se limitó a asentir con la cabeza lentamente. Después de unos segundos dijo:

– Po-lan-co.

– Ok, ven, vamos a sentarte por acá.

Cruzamos la calle (cruzamos es un decir, lo cargué hasta la banca del edificio de enfrente mientras sus zapatos Louis Vuitton se arrastraban por el suelo) y le pedí al guardia del edificio que nos trajera agua para que Jero pudiera beber y tratar de espabilarlo un poco.

– Dame el teléfono de tus papás…

Me dio el teléfono de su mamá a la que llamó Pa…pat…partrishiaaa y por supuesto lo primero que hice fue marcarle. Claro que lo segundo que pasó es que ese número no existía, ni el segundo que me dio ni el tercero.

En lo que intentaba hablar con Jero, que nuevamente estaba tirado en el suelo completamente dormido, alcancé a ver a través de la bolsa de su pantalón, la pantalla de su iphone 6 Plus que estaba encendida. Afortunadamente no lo tenía bloqueado y entonces ahí, después de buscar en su directorio, encontré el número de Patricia.

– ¿Bueno?

– Hola, primero que nada, quiero decirle que te estés tranquila, que estoy con tu hijo Jerónimo, que se le pasaron las copas y que lo acabo de encontrar en la calle. Está conmigo, pero está muy borracho y no puede hablar…

– Q…q…¿quién habla?

– Mira, soy un papá que encontró a tu hijo, no te preocupes. Está aquí en Interlomas, yo lo estoy cuidando. ¿Te doy la dirección para que vengas por él? o…

– Noooooo… ¡¡qué barbaridad!! Mire… (Aquí la voz de la señora se empezó a quebrar y empezó a ser un poco inconexa) pues la verdad es que no estoy para contarle mi historia pero… yo ya soy una mujer grande… ya no veo de noche … y no puedo manejar… el papá de Jero acaba de fallecer hace poco… y … y… su hermano… su hermano creo que anda por Interlomas y… pero no sé su teléfono… no sé qué hacer…me…lo puedes…mandar en un taxi o…

– No te preocupes, dime dónde vives e inmediatamente lo llevo a tu casa.

– Si, yo vivo en Polanco, por donde está la Cruz Roja, en una calle donde hay un Papa Bills…

– Dame la dirección y no te preocupes que yo te lo llevo.

– ¡Ah sí, la dirección!

Después de darme la dirección (evidentemente estaba en shock la pobre mujer y no sabía ni qué carajos estaba pasando) volví a subir al Jero “el bulto” a mi coche para ir hacia Polanco a entregar el paquete a la señora Patricia.

De pronto el teléfono de Jero empezó a sonar. En la pantalla apareció el nombre de Andy, deslicé mi dedo índice por la pantalla y lo llevé a mi oreja para escuchar qué era lo que Andy tenía que decir.

– ¿Dónde estás weeee? ¡todos te andamos buscando como pendejos! era la voz de una niña de probablemente 17 años que sonaba no preocupada, sino molesta.

– A ver, no soy Jerónimo, soy la persona que lo encontró en la calle tirado y…

– ¡O sea! ¿Quién eres? ¿Dónde lo tienes? No tienes idea de lo mucho que me importa ese niño… no te puedes imagi…

– Mira, no creo que te importe mucho porque lo encontré tirado en la calle. Adiós.

Colgué y me metí el teléfono de Jero en la bolsa del pantalón que a partir de ese momento no dejó de vibrar hasta que llegué a Polanco.

Claro, justo 2 cuadras antes de llegar a mi destino, Jero no contuvo tanto alcohol ingerido y tuvo a bien regurgitarlo sobre sí mismo y un poco sobre el asiento en el que iba sentado.

Por fin llegué con el guardia del edificio y pregunté por la señora Patricia del 601. La señora Patricia bajó como si hubiera sido un rayo y corrió rápidamente al lado del copiloto para verificar que en efecto, el guiñapo que yo llevaba en mi coche era su Jero. Su hijo. Lo más valioso de su existencia. Y rompió en llanto. Y me abrazó. Y me abrazo más fuerte y me estrujaba mientras me decía que yo era un ángel y que como podía pagarme y qué cómo podría agradecerme y que había pensado lo peor y que no sabía si su hijo estaba muerto y que no se imaginaba que habría pasado con su hijo y que ella ya estaba grande y que Jero había sido un pilón y que ella ya tenía 69 años y que no sabía que hacer con un niño de quince y que no sabía cómo darle permisos, o si darle permisos, que esta era la segunda vez que salía y que mira nadamás lo que había pasado y que ella ya era ruca y que su papá había tenido a bien morirse hacía poco porque también estaba ya grande y que Jero estaba muy triste y que no la estaba pasando muy bien y que no había manera de que yo entendiera lo que había hecho por su familia y que a partir de hoy me iba a tener todos los días en sus oraciones porque ella era muy creyente.

Patricia era una mujer chiquita, regordeta, con pelo hirsuto, pijama y una chamarra negra, de ojos muy expresivos y seguramente una de las mujeres a las que más he visto llorar en mi vida.

– ¿Lo llevo a la Cruz Roja?, ¿estará bien? ¿Te pago la lavada del coche? Porque te lo vomitó ¿verdad? por favor dame tu teléfono… Pedro, ¿subes a Jero a su cuarto?

Me agarraba las manos y me veía a los ojos en un trance silencioso que yo sentía que ella esperaba que yo rompiera con alguna frase. Yo lo explicaba que no tenía nada que agradecer, que afortunadamente Jero ya estaba en casa, que seguramente mañana tendría una cruda descomunal, que no lo regañara tan fuerte y que no había necesidad de pagarme nada, que yo era un padre de familia como cualquier otro y que me gustaría que, si en algún momento una de mis hijas se viera en un problema como éste, hubiera alguien con sentido común para ayudarlas como yo estaba ayudando a su hijo.

Después de un rato de abrazarme y sobarme y bendecirme, por fin me fui a casa a dormir porque al otro día tenía una boda en Cuernavaca.

Y justo al otro día, antes de llegar a la boda recibí una llamada a mi celular.

– ¿Bueno?

Y entre sollozos escuché.

– B..b…u…eno?

-Sí ¿quién habla?

– Habla J…j..ero, el chavo que recogió a…anoche…sólo que ría de cirle que… que… mu mu chas gracias por… por…llevarme a mi casa…y por ha berse preocupaaado por mí… sin…sin cono conocerme… y sin…

Como Jero no podía hilar dos palabras sin dejar de llorar, debo admitir que también me pegó un poco su llamada y su sentimiento.

– Tranquilo, no llores, qué bueno que estás bien y que ya estás en tu casa…

– ¿Cómo pu..pueedo agradecerle? ¿Q quiero… hacer a…algo por… usted…yo q quie…quiero hacer al…algo por u usted.

– Mira, si quieres hacer algo por mí, solo cuídate la próxima vez que salgas ¿ok? y de hecho, si quieres hacer algo por mí, mejor ¿qué te parece si haces algo bueno por alguien más? Algo importante, algo que valga la pena.

– S…se lo… prometo… se lo.. prom..meto.

– Y cuídate Jero, no preocupes a tu mamá y ten cuidado la próxima vez. Y diles a tus amigos que te cuiden ¿ok?

– o…o…k… muchas…gra…gracias se…señor…

Colgué con lágrimas en los ojos con la certeza de que Jero había aprendido la lección. No la lección de no tomar a lo pendejo sino la lección de cuidarse. Y de que nadie más te va a cuidar si no eres tú mismo.

Y creo que la misma lección aprendieron mis hijas. La grande que iba conmigo y que vivió toda la experiencia y la chica que supo de toda la aventura y que no entendía cómo es que había un tipo al que no conocía y que alguien se lo pudiera haber llevado así tan campante en su coche porque él estaba totalmente inconsciente.

Si llegaron hasta acá en el relato creo que, más allá de la anécdota que puede ser buena o mala, estaría increíble que se lo dieran a leer o que se lo contaran a sus hijos/primos/sobrinos/amigos pubertos. Que lo compartan para que tengan esta historia de lo que pudo pasar y que afortunadamente no pasó.

¿Qué hubiera pasado si el pobre de Jero en lugar de este gordito bonachón, lo hubiera encontrado un hijo de puta de los que saben dónde hay fiestas de niños bien? ¿o un secuestrador? o peor ¿un policía?

Quizás la anécdota no se estaría contando a manera de lección de vida sino en la nota roja del periódico y Jero sería un número más de las estadísticas de secuestros, asesinatos, robos, tráfico de órganos o tráfico de personas que todos los días hay en esta ciudad de locos.

Chicos: si están leyendo esto, sus cuates no los van a cuidar en la peda, porque se ponen igual de idiotas que ustedes. Si ustedes no se cuidan a sí mismos nadie los va a cuidar. Y acabar tirado en la calle, no está cagado. Puede ser trágico. Puede acabar con tu vida y la de toda una familia.

Esta historia no es una leyenda urbana que cuentan como chiste los amigos de Jero tipo “qué pedo nos sacó Jero”, o que en su grupo de whats la usan para bullearlo. Esta historia es verdad y pudo haber terminado muy mal.

Pónganse las pilas, porque ustedes pueden ser el próximo Jero y puede ser que no corran con tanta suerte.

Buen viernes tengan todos.

Artículos relacionados

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otras Recomendaciones

Close
Close
Close