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El “Frankenstein” no es exclusivo de la publicidad  

No debería ser necesario explicar qué es un “Frankenstein” publicitario, pero de todos modos aquí va: sucede cuando un creativo o cuentas o cliente o planner o etc., propone usar partes de diferentes ideas para crear una campaña. La imagen de esta con el texto de aquella más el claim de aquella otra y el logo de la de más allá. Por eso la denominación “Frankenstein”, la criatura armada con partes de otras. (Sí, ya sé que Frankenstein era el científico y no el monstruo. Basta.)

Lo notable es que esta práctica no se limita, ni mucho menos, a la publicidad, sino que se extiende a otros campos. Uno de los ejemplos más increíbles es arquitectónico: el Hotel Moscú (“Hotel Moskva”), inaugurado en 1935 en la Unión Soviética estalinista. La decisión de erigirlo se tomó a fines de la década de los 20, y el objetivo era crear un símbolo de la construcción socialista que contrastara con los hoteles de la era zarista. Se trata de un edificio de 15 pisos diseñado por el arquitecto Alexei Shchusev, y cuenta con un pórtico central con columnas clásicas a cuyos lados hay dos alas absolutamente distintas entre sí. Y acá viene lo del Frankenstein.

El Hotel Moscu?

Según la ¿leyenda?, el arquitecto realizó dos propuestas de diseño y se las envió al líder soviético, Joseph Stalin, esperando que este apruebe una. Pero parece que las dos propuestas estaban en la misma hoja de papel, y Stalin estampó su firma en el medio. En consecuencia, resultaba imposible saber cuál había elegido. Y más imposible aún era consultar al líder, que nunca se equivocaba (la consecuencia de cuestionarlo podía ser el fusilamiento o, con suerte, la deportación a Siberia). Entonces decidieron construir AMBOS diseños, uno a la izquierda y el otro a la derecha, lo que resultó en una fachada claramente asimétrica. La silueta del hotel fue inmortalizada con una ilustración en la etiqueta del vodka Stolichnaya. Siempre de acuerdo con la leyenda, Stalin quedó encantado con este Frankenstein histórico.

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El Hotel Moscú fue inaugurado el 20 de diciembre de 1935, con casi 1.000 habitaciones. Se lo conoció por su oferta de alojamiento de altísimo lujo, incluso durante la era soviética, y allí se hospedaron políticos y estrellas de cine. Durante la Segunda Guerra Mundial el hotel se convirtió en una fortaleza para defender el lado norte del Kremlin; enormes piezas de artillería fueron instaladas en la terraza, donde antes funcionaba el restaurante, y en el mismo hotel se alojaban los comandantes militares soviéticos. Recién en 1968 se continuó su construcción con nuevos edificios que daban a las calles laterales.

En 2002 el hotel cerró sus puertas para una completa remodelación a cargo de sus nuevos dueños, la cadena Four Seasons; el nuevo edificio es una réplica del original: el Frankenstein aprobado por Stalin.

(Fuentes: “El hombre que amaba a los perros”, de Leonardo Padura; Fourseasons.com)

Roberto Patxot

Trabaja en publicidad desde hace más de 30 años, y no tiene ninguna intención de parar. Gran parte de su carrera la realizó en OgilvyOne, donde llegó a ser Director Creativo Regional. Fue jurado en casi todos los festivales publicitarios; ha dado (y da) charlas en varios países de América Latina. Hoy se desempeña como Director Creativo en Ogilvy Argentina, y escribe sobre aquello que le gusta: publicidad, claro, pero también cine, libros, música y otras cuestiones. Padece de una rara versión del Síndrome de Tourette, que lo lleva a compartir con frecuencia chistes tan faltos de gracia como irritantes.

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