Marketing

Marketing de placeres culposos

Cuando pensamos en marketing generalmente aparecen ante nosotros la típica imagen de un anuncio elegante, sobrio y con mucho lujo y confort, o quizás la tradicional imagen de una promotora muy guapa ofreciéndonos un nuevo producto en el pasillo más concurrido del súpermercado, tal vez la de aquél evento que nos hizo mucha ilusión donde se presentaban los actores del nuevo estreno de taquilla en el cine y todo esto, porque asociamos al marketing casi siempre lo aspiracional, por lo que el anuncio de cartón con letras de molde en colores vivos sobre el carrito de chicharrones o la bandeja de recortitos de queso de la que nos dan a probar en el mercado municipal o la tarima montada para la verbena del domingo en la iglesia local jamás la podríamos, ni siquiera por error, asociar a ese anglicismo tan bien posicionado en nuestras mentes.

Nuestro concepto del marketing lo hace aparecer ajeno, distante o cuando menos muy superior a las posibilidades diarias que tenemos de hacer, con todas sus letras un marketing de placeres culposos.

Los placeres culposos son aquellos que aunque nos producen gran dicha también nos hacen sentir un poco mal, lo suficiente como para no revelarle al resto que eso, en específico, sea lo que fuere, nos encanta; son auténticos placeres íntimos, que disfrutamos más por la vergüenza que podrían generarnos que por el hecho mismo de gustarnos y como para el marketing no existen esas indefinibles líneas que trazamos cada uno de nosotros de acuerdo a nuestros propios preconceptos no dejan de aparecer frente a nosotros objetos, que desde lo rudimentario a lo increíblemente sofisticado nos hacen cómplices de una forma íntima, muy peculiar y bastante efectiva de marketing.

Cuando el señor de la frutería hace helado y coloca los vasitos plásticos que dejan ver los colores de la fruta, granizados y con un tenue velo de hielo, no solo está diversificando su oferta, además está promocionando la fruta fresca que vende, hace que nos provoque calmar el calor y consigue enamorarnos de las fresas dulcitas de la caja o de la guayaba que esconde tras su amarilla cáscara la ruborizada pulpa de inigualable textura; pasa desapercibida la estrategia pero es la misma que usa cualquier compañía multinacional que hace galletas y helados y de repente sale al mercado la fusión de ambos.

Cuando vamos por la autopista de una ciudad a otra y pasamos por ese lugar, en el que ya sabemos se venden unos bizcochos deliciosos, esperamos ver más adelante, justo antes de pasar el punto de control vial a los revendedores, agitando sus brazos casi en sincronía todos en una interminable coreografía que incita al consumo inmediato, mujeres y hombres dispuestos inteligentemente entre canal y canal, con las manos llenas de bolsitas del producto; varios carros delante de nosotros se detienen, todos disminuyen la velocidad y así, los fabricantes, artesanos casi todos, han logrado una actividad de guerrilla muy efectiva.

Una señora con una mesita desplegable en mitad del bulevar por el que transitamos casi a diario explica a una concurrida audiencia el funcionamiento del exprimidor o de la pequeña máquina de coser o del ungüento milagroso que vende ahí mismo, en la más simple, pero no por ello menos eficaz, estrategia de marketing directo, que, dibujada una sonrisa, con ademanes vistosos, una elocuencia envidiable y un ingenio para responder a las reacciones del público, logra vender varios ejemplares cada día, volviéndose un ícono de aquél lugar.

Así pues, vendedores de globos o pompas de jabón en parques, pintores trashumantes, malabaristas semaforeros, artesanas tejedoras y otros especímenes de la cultura urbana de nuestras ciudades latinoamericanas o de cualquier otra alrededor del mundo, hacen un marketing sencillo, con lo disponible, efectivo, pero que nos recuerda que todos esos placeres, pequeños pecados que cometemos cotidianamente, deleites que nos damos secretamente, seguirán siendo y qué bueno que así sea, placeres culposos, sabrosos, comunes a todos y aún así nuestros, muy propios que solo nosotros sabemos como disfrutarlos.

Imagen cortesía de iStock

Andrés Cordovés

Soy un Venezolano con Terroir que ama las palabras; lo que me convierte en un Lexicultor; curioso y dispuesto a probarlo todo siempre con mesura, lo que me hace un Foodie Pasteurizado; desde 2008 emprendiendo como Director de Inteligencia en El Bar Creativo.

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