Arte

La guerra, la paz y las puertas del delirio

Arranco pidiendo disculpas: esta nota no tiene mucho que ver con publicidad, aunque sí con creatividad. Y es una nota muy personal, hecho que, espero, también sabrán disculpar. A ver.

Yo tengo la teoría de que la música que uno más ama es aquella con la que ha pasado su adolescencia. No es una teoría revolucionaria, por cierto, sino algo que casi todo el mundo siente. El problema es que en mi caso, esa música es el rock “sinfónico” (o “progresivo”) de los años 70, un género que no mucha gente aprecia y menos aún adora como yo lo hago. En su apogeo, también se la conocía como “música elaborada” para contrastarla con la música bailable, despreciada por quienes no íbamos mucho a bailar. No es el único tipo de música que me gusta, desde luego, pero sí es lo que aun hoy escucho con más frecuencia.

Entre los varios cultores de ese rock, tal vez ninguno sea más significativo que Yes. Una banda que ya lleva casi 50 años tocando y que ha sido y es calificada de solemne, ampulosa y pretenciosa; estas calificaciones tienen bastante de verdad. El grupo empezó con un par de discos de canciones en el sentido más tradicional del término: temas de entre 3 y 5 minutos con estrofas y estribillo; “radio-friendly”, en suma. Pero a partir de “The Yes Album”, empiezan a alargar algunas de las canciones hasta los 8 o 9 minutos. La tendencia se profundiza en “Fragile”, para muchos su mejor álbum; el disco siguiente, “Close to the Edge”, incluía solo tres canciones; una de ellas, la que da título al álbum, ocupaba todo el lado A -para los que no saben qué es un lado A, digamos que el tema duraba casi 19 minutos. El siguiente disco de Yes fue un triple en vivo, “Yessongs”; después sacaron su obra más ambiciosa, que también resultó ser la más criticada: el doble conceptual “Tales From Topographic Oceans”, en el que había solo cuatro canciones de 20 minutos cada una. Claramente se habían ido a la mierda. (A mí, algunos momentos de ese disco me gustan. Qué se le va a hacer.) Para ese entonces el baterista Bill Bruford ya se había ido a King Crimson y había sido reemplazado por Alan White; después de “Tales…” se produce otro cambio en la formación: se va el tecladista Rick Wakeman y entra en su lugar Patrick Moraz. Los restantes miembros de Yes seguían siendo Jon Anderson (voz), Steve Howe (guitarras) y Chris Squire (bajo); con esta formación grabaron su siguiente disco, el extraordinario “Relayer”, en 1974.

Los fans más estrictos opinan que “Relayer” es un disco de transición entre el primer Yes y el que vino después, que dejó de hacer canciones de 20 minutos (al menos por unos años). Además, Wakeman volvió después de este álbum por lo que “Relayer” es el único que la banda grabó con el suizo Moraz. ¿Por qué me parece tan extraordinario el disco? Porque todo el lado A lo ocupa “The Gates of Delirium”, o “Las Puertas del Delirio”, para mí la obra más genial e interesante de la banda.

Decir que es una canción es un poco absurdo: dura casi 22 minutos. Está basada en “La Guerra y La Paz” de Tolstoi y cuenta la historia de la sublevación de un pueblo anónimo, la guerra que se desata a partir de ello, y la consiguiente “paz” final, que es una especie de plegaria de esperanza. Los primeros 8 minutos narran cómo un pueblo se levanta en armas: la letra y la música van adquiriendo una furia cada vez más sanguinaria (incluyendo frases como “mátenlos, quemen la risa de sus niños”) hasta que explota la batalla, representada por otros 8 minutos de violenta música instrumental liderada por la lacerante guitarra de Howe. Es en este segmento cuando una serie de efectos de sonido y percusión invade la música; el baterista Alan White cuenta que él y Anderson iban juntos al estudio y siempre pasaban por un depósito de chatarra, donde compraban fierros viejos con los cuales crear sonidos. Fueron guardando esos fierros en una estantería del estudio hasta que un día White la empujó y la tiró al suelo en medio de la grabación: el ruido de la caída aparece en medio de la batalla (minuto 10:43, casi exactamente la mitad de la obra). La tercera parte de la canción es una de las melodías más bellas de Yes y comienza más o menos a los 16 minutos; en 1975 se editó como single bajo el nombre “Soon”: esta sección representa los momentos posteriores a la batalla.

“The Gates of Delirium” se convirtió a partir de entonces en uno de los temas más interpretados por Yes en vivo, y si no lo hacían entero al menos tocaban “Soon”. Es particularmente buena la versión completa que aparece en el disco en vivo “Yesshows”, grabado durante la gira en la que tocó Patrick Moraz; inmediatamente después volvió Wakeman a la banda.

La escasa paciencia y el déficit de atención actuales hacen que encontrar a alguien dispuesto a escuchar “The Gates…” completo sea casi una utopía. Yo lo hago con mucha frecuencia. Más allá de las tonterías del rock sinfónico (que las tuvo, y muchas) creo que es una excelente muestra de una época en que el rock era más ambicioso, más experimental, más innovador. También era más excesivo, desde luego, pero si esos excesos conducían a una obra de arte tan única como “The Gates of Delirium”, vale la pena perdonarlos. Si nunca la escucharon, los invito a hacerlo. Sospecho que no se van a arrepentir. Y si lo hacen, siempre pueden insultarme en los comentarios de acá abajo.

Roberto Patxot

Trabaja en publicidad desde hace más de 30 años, y no tiene ninguna intención de parar. Gran parte de su carrera la realizó en OgilvyOne, donde llegó a ser Director Creativo Regional. Fue jurado en casi todos los festivales publicitarios; ha dado (y da) charlas en varios países de América Latina. Hoy se desempeña como Director Creativo en Ogilvy Argentina, y escribe sobre aquello que le gusta: publicidad, claro, pero también cine, libros, música y otras cuestiones. Padece de una rara versión del Síndrome de Tourette, que lo lleva a compartir con frecuencia chistes tan faltos de gracia como irritantes.

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