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Crónica de un creativo amateur

Eran las 3 de la tarde de un jueves cualquiera, todos los del equipo estábamos felices porque la presentación del pitch ya estaba terminada, sólo faltaba el visto bueno de nuestro Director Creativo, quien se había ido a comer desde hacía dos horas y no había dado señal de vida. En este entonces, creí que todo estaba bajo control, por eso había quedado de verme con mi novia en un centro comercial para ir al cine por la noche cuando saliera de la agencia, porque después de haber trabajado tres días seguidos de 10 a 4 de la mañana, era justo salir a tiempo, justo a las seis, ¿verdad?

Sé que ustedes se pueden imaginar la conclusión de la historia, pero en aquel entonces yo no lo sabía, pues era sólo un creativo amateur que estaba por descubrir uno de los lados oscuros de la publicidad…

Migue, nuestro Director Creativo, regresó de comer a las 5 de la tarde, creíamos que fue porque él ya estaba seguro del trabajo que habíamos hecho, pero traía cara de pocos amigos, y aunque en otra ocasión hubiéramos pensado que eso significaba que nos haría trabajar diez veces en el mismo proyecto, en ese entonces supusimos que era porque estaba cansado, al igual que nosotros, pero no podíamos estar más equivocados.

A esa altura de la tarde, ya había intercambiado varios mensajes con mi novia, donde en resumen, yo le aseguraba que podíamos vernos entre 8 y 9 de la noche a más tardar, aunque por otro lado, la verdad es que la situación ya me estaba desesperando, pues nuestro jefe se había sentado en su lugar a “revisar mails” mientras escuchaba canciones de Café Tacvba a todo volumen.

Ya eran las 7 de la noche y Migue, después de haber cantado ingrata 5 veces a todo volumen, ya estaba listo para revisar los últimos ajustes de la presentación. El proceso fue tenso, pues todos nos mirábamos en silencio, con nuestros rostros marcados y cansados, mientras él leía una y otra vez los slides. Sus muecas y sonidos guturales comenzaron a ser más continuos, hasta que de pronto, de un momento a otro dijo la frase que marcaría la noche de aquel día: No me gustó.

Eran las 9:00 de la noche y yo tenía dos problemas, el primero era que mi novia ya se había ido al centro comercial porque pensabamos que los ajustes de Migue serían mínimos, y que por más tarde, seguro alcanzaríamos la función de las 10 o 10:30 de la noche; y el segundo, era que Migue había pedido que peloteáramos todo nuevamente, pues “algo” le había dicho que la presentación que habíamos trabajado con él durante cuatro días seguidos no era lo suficientemente buena para convencer al CEO de la agencia.

Les podría contar lo que sucedió entre las 9 de la noche y las 12 de la mañana, pero son cosas que seguramente ya han vivido, pues Migue, quien se caracterizaba por tener un extraño gusto por pensar que las mejores ideas llegaban cuando trabajas de madrugada, estaba a medio peloteo, feliz, pese a que las caras de todo el equipo eran de agobio y cansancio mental, ya que hasta entonces nadie podía explicar por qué habíamos terminado ahí, peloteando, por la madrugada, algo que ya habíamos trabajado previamente.

A las 3 de la mañana yo estaba exhausto, como a las 10:30 de la noche había discutido con mi novia mientras le decía que se fuera a casa, ella, por su parte, se cansó de cuestionarme cómo podía soportar esas cosas del trabajo, y mientras pensaba en aquella situación, Migue pidió que nos reuniéramos para platicar, ya que después de haber fumado un par de cigarrillos, pensó que lo mejor sería olvidar todo el peloteo que habíamos hecho y presentar, a las 9 de la mañana del día siguiente, la misma presentación que teníamos lista desde las 3 de la tarde…

Después de esa noche, todos le mentamos la madre a Migue durante al menos dos semanas, después, entendimos que “era parte del negocio” y aceptamos ese tipo de actitud en varias ocasiones más. Hoy que comparto esto con ustedes, pero después de 5 años de haber sucedido, veo las cosas de forma diferente.

Para comenzar, a esta altura de mi vida jamás volvería a aceptar lo que hizo Migue, ni con un jefe, ni con mi propio equipo de trabajo, porque he aprendido que lo más valioso que tienen las personas es su tiempo y su salud mental, y jamás creería que yo, ni ninguna marca, son lo suficientemente valiosos para sustituir a la vida humana. Sin embargo, creo que hay muchas personas que piensan lo contrario, y respeto su opinión, pues creo que para ellos, esto es parte de su pasión.

Daniel Robledo

Híbrido de publicista y comunicólogo, con mucha pasión por contar historias. Estudioso de la cultura digital, y apasionado por el desarrollo de contenidos aplicados a la tecnología y actualidad. Por el día me visto de creativo, pero por las noches puedes leerme bajo el pseudónimo de @WarioDan.

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