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Target – YASMIN

“Target” es una serie de cuentos breves de historias sobre participantes de estudios de mercado. Escrita por Florencia Davidzon. Hoy presentamos la historia de Yasmin.

Filtro de Reclutamiento.

Etnicidad. Blanca-Caucásica Sexo. Mujer.  Edad. 18-22 años, Estudios Técnicos o Superiores. Tipo de Vivienda Rentada. Consumidora de:  Tés/Limón. Marca. Indistinto.

Plaza. New York.

 

YASMIN

Trabajaba a desgano en una línea aérea líder. Le había costado mucho conseguir el puesto de aeromoza, eso fue hace mucho. Hace muchísimo cuando era joven e inexperta. Había solicitado ingresar a otros lugares sin mucha suerte. Entonces terminó por adoptar a los aviones en su vida como quien acepta sin más remedio fichar las entradas y salidas de una oficina. Para decir verdad, al principio disfrutaba el cambio y ese mundo nuevo. Se sentía agradecida con la oportunidad de tener el rótulo de empleada.  Ni tiempo le dio para cuestionarse el costo y sacrificio que esta actividad traería a su vida.

Lo mejor par ella era la fuga, el poder irse de su casa, de su barrio y de su ciudad en un chistar de dedos. Cuestión de instantes, un nuevo despegue, y desde allí, desde el cielo su realidad incómoda se volvía pequeña, efímera e irrelevante. Llenarse del placer de dejar todo atrás era algo valioso y no había salario en el mundo capaz de igualar esa sensación.

Luego se sumaron las alegrías de los destinos exóticos. Todo aterrizaje resultaba siempre retador, y más interesante que su vida monótona de Kansas City.  Sin embargo su lucha diaria por esconder su acné no se acabó sino se intensificó. Yasmin se resignó.  Sería la aeromoza más fea del aire, llena de granos caprichosos y creativos para encontrar siempre el punto más incómodo para hacer de su rostro su lugar.

Yasmin de pequeña había planeado irse a otra ciudad. Quería enseñar Inglés a extranjeros y vivir de eso. Pero al no llegar a dar un examen a tiempo, ese plan quedó en el olvido. Como aeromoza estaba junto a extranjeros también y la resignación a su sueño inicial le resultó un gran paliativo.  Nunca imaginó que este trabajo temporal le duraría tanto tiempo. Una vez casada, las posibilidades de alejarse de él y renunciar, se volvieron más difíciles. Su esposo, en la misma industria pero en tierra perdió su puesto después del 9-11, entonces Yasmin debió continuar sirviendo charolas porque la crisis en Estados Unidos se sentía en todos lados pero sobre todo en su propio refrigerador, siempre vacío.

Yasmin había querido tener muchos niños y dedicarse a criarlos.  Tuvo dos. Su realidad demandante de aeromoza y las exigencias de su familia la sobrepasaban. Quería zafarse, pero no sabía cómo. Necesitaba mandar todo al demonio, comenzar otra vez, pero tal vez ya era muy tarde sintió, mientras sus hijas crecían y ella no estaba para saber cuáles eran sus primeros pasos, ni sus primeras palabras.

Ahora estaban más grandes. Su esposo era una hermosa persona pero de carácter débil. Ella sentía que era quien tenía que estar cerca de ellas. Ella era quien debía ponerles límites, asegurarse que adquirieran buenos hábitos. Ver crecer a sus hijas en la intermitencia de sus despegues y aterrizajes era doloroso, pero había logrado dejar Kansas City y ese logro parecía compensarlo todo.

Sintió alivio cuando le asignaron solo vuelos domésticos, iba a estar finalmente más en la tierra que en el cielo. Sin embargo no resulto ser así, seguía lejos. Vivía preocupada por sus hijas, sobre todo la mayor. Temía que tuviera una temprana experiencia sexual, o que cayera en las drogas, algo factible si ella no les tenía su ojo encima. La invadía el pánico de sólo imaginar a su niña en una situación difícil sin ella no poder hacer nada desde el aire.

No podía contar con la vigilancia de su esposo. No saber qué hacían sus hijas la invadía de miedos. Sus respuestas cortas, sus frases inconexas y las ocurrencias que tenían para sintetizar sus vidas mundanas de la escuela, le dejaban un sabor amargo con la certeza de que le estaban mintiendo en la cara.

Su propia madre en lugar de ayudarla o consolarla, la culpaba por tener una vida desordenada y haber elegido el mal camino como aeromoza. Un trabajo que ella, sinceramente, no recordaba haber elegido. –Te dije-, le recordaba, –No debías haberte casado con ese hombre pobre que permite que tú trabajes tanto-.

Yasmin sabía que no tenía sentido convencer a su madre de lo que era amor. Algo que por su puesto su madre jamás había experimentado aunque haya logrado conseguir que un hombre la mantenga a quien llamó esposo.

No quería discutir, necesitaba que su madre se dispusiera a pasearse por su casa y checara a sus hijas cuando ella salía a trabajar. Pero no se lo iba a pedir. Yasmin era orgullosa. Quería su apoyo sin solicitarlo. No podía esperar nada de nadie, y menos de su madre. Nunca la habían apoyado, ¿por qué lo harían ahora? ¿Por qué amaba a sus nietas?  No. Sólo las quería de a ratitos. Apenas requerían una real atención su madre encontraba una excusa para alejarse y dejarla a ella sola con sus tareas domésticas o de crianza. Siempre había sido así. Nunca su madre había cambiado un pañal, nunca había llevado a las niñas al parque, ni se había ofrecido tenerlas un día al año en su casa para darle a Yasmin unas cortas y necesarias vacaciones.

Yasmin observaba interesada la vida de sus colegas. Todas debían lidiar con situaciones similares. Todas sus compañeras madres vivían contrariadas, culposas, agobiadas entre la vida del cielo y la tierra. Todas despegaban con las mismas preocupaciones dejando su vida doméstica en suspenso. Yasmin se acumulaba de los reclamos de sus hijas que se agolpaban en ese paréntesis de presencias y ausencias. Al observar a otras sufría. Nadie parecía saber cómo resolver este embrollo en que se había convertido su existencia de vida de vuelo. En esa industria, sólo los capitanes tenían privilegios. Volaban nueve días al mes, veintiún días no.  Además gozaban de dos meses de vacaciones al año. La injusticia se despliega de múltiples maneras en nuestro mundo moderno, esa era una. Muchas de sus compañeras lograban un pase a un puesto de oficina, pero la gran mayoría terminaba renunciando.

Yasmin necesitaba un cambio. Necesitaba estar en su casa. Tal vez debía prepararse para el examen finalmente y convertirse ahora en una vieja profesora de Inglés sin experiencia, –Tal vez, tal vez– se decía.

Una noche su avión tuvo un desperfecto técnico que la obligó a pernoctar en una ciudad hostil. Era sábado, su hija iría a su primer fiesta nocturna. No podía pegar un ojo y dormir hasta no comprobar que su hija ya había regresado a su hogar sobria y a la hora acordada. Yasmin llamó a su esposo y a su hija varias veces, pero nadie le respondió. No supo qué hacer con tanta ansiedad. Se puso a leer literatura millenial online. Leer blogs dirigidos a jóvenes y ser testigo de lo que se alimentaba su hija la calmó. Fue en ese momento que comenzó y decidió ella escribir su blog, así para distraerse, un blog sobre los problemas de la maternidad en la vida de una aeromoza hasta dormirse.

Nunca fantaseó que sea leído. Por eso puso su verdadera foto y para darse un perfil más interesante se inventó un nombre extravagante. Era un juego. Un juego ingenuo para extirpar sus frustraciones con humor y honestidad. No esperó seguidores, ni recibir ningún me gusta. Sin quererlo había encontrado una salida. Una grieta a  su vida de encierro en el aire. En ese juego que continuó en cada escala, en cada aeropuerto, donde Yasmin escribía y contestaba a sus lectores que la reclamaban cada vez más, ella sonrió al descubrir que tenía 5000 seguidores.

Entonces fue que la llamaron de Recursos Humanos. Yasmin tuvo palpitaciones. –Mierda ya me van a correr-pensó, -¿Por qué me convocan?- ¿Tengo mi cabello desprolijo? ¿Quién se habrá quejado de mí?

Frente a la persona de recursos humanos Yasmin se acaloró cuando la mujer mencionó su blog.  Era la primer persona que la identificaba y la confrontaba. Yasmin al comienzo no se hacía responsable. Pero esta mujer parecía no querer creerle. Yasmin sintió vergüenza e intentó disculparse. -¿Podría ser esta una razón justa de despido?-, se preguntó.

Jamás se imaginó que su diario de confesiones en formato de blog llegara a ser leído por alguien y menos tener que darle explicaciones a la Jefa de Recursos Humanos. Escuchaba nuevamente la vocecita de su madre, –Te dije, te dije, que no debías me meterte de aeromoza ni casarte con ese esposo tan pobre y bueno para nada. Bloggista qué necesidad tenías de compartir tu vida con extraños, ¿eh?-

Yasmin dejó de hablar. Ya no pudo decir más nada, sabía que de hacerlo se largaría a llorar sin parar. Atinó solo a preguntar, -¿Es esto un problema?- Espero que esta mujer avanzara en su humillación y le cortara de una vez su cabeza con cabello atado a la perfección.  –Para nada-, dijo la mujer amable y animada. –Queríamos preguntarte si pudieras poner tu verdadero nombre y firmar con el nombre de la compañía. Ya tienes muchos seguidores, y acá los de marketing no logran hacer nada que genere un contenido interesante. Hay un puesto libre, te podemos transferir si quieres-, agregó con picardía. La jefa de recursos humanos no dejaba de hablar.- Además deberías colaborar en el newsletter interno que corresponde a mi área, para el intercambio con otros empleados, eso también podría funcionar y vendría muy bien, no crees?-.

Yasmin sonrió por primera vez y pidió pensarlo mientras buscaba la salida. –Piénsalo-, dijo la mujer, –tómate tu tiempo pero es una gran oportunidad, esas que suceden poco-, le dijo amenazante. Yasmin tenía que volar, eso era cierto. Se escapó hacia el aeropuerto. Sintió alivio una vez afuera de esa oficina impersonal, pero todavía no podía digerir el impacto de salir del anonimato, ni esa inesperada oferta. No quería dar su verdadero nombre. Había escrito muchas historias personales. Había opinado de todo y de todos sin cuestionarse mucho en que eso se haría público, público en lo más literal de la palabra y ahora cobraba una notoriedad de la que no podía desligarse. Eran cosas que ella no le había contado ni a su propio marido. -¿Qué iban a pensar de ella?-,-¿Cómo reaccionaria la gente, cómo iban a responder a todos sus miedos y quejas que dejo en el éter digital?-. No, no podía aceptarlo. Esta oferta podía arruinar su vida personal.

Yasmin recobró fuerza y dio órdenes a todo el mundo en el avión. Dio las instrucciones de seguridad como las había dado más de 3500 veces, para luego sentarse en su silla especial delantera y conectarse a Internet. Encontró a su hija conectada. Le escribió.

-Estoy por despegar-.

-Mami me llamarón para invitarme a participar de un estudio de mercado, una amiga de la mamá de Ross. Quieren venir a la casa hoy si invito a dos amigas a platicar sobre té. Y me van a dar 150$ por quedarse una hora y media-.

 -¿Pero quiénes son? ¡No puedes invitar a cualquiera!

 -Papá dijo que estaba bien-

– ¡Pero yo soy tu mamá y digo que no! –

-Mami ya invité a mis amigas, por fa, ¿Dónde tenemos los tés? No los encuentra, esta gente viene a ver cómo tomamos el té…¿Qué hago, de dónde los saco? ¿Qué les digo…?

Yasmin quedó pensativa. Su celular le avisaba que tenía baja la batería.

Dame su teléfono-, escribió, -te escribo al aterrizar-

Má quiero comprarme esa camisa de mi banda- replicó su hija. -Me dan 150$ por mostrarles qué tomamos té y por platicar? ¿Quién da dinero por platicar y escucharte en estos días? ¿Te acuerdas del té de limón que una vez me diste para gripa? -.

Yasmin se exasperó eso había sido hace 6 años. Ya no pudo contestar, su celular se apagó. Se encontró allí a punto de despegar. Allí al frente de la nave. Aprisionada a su horario de trabajo que la robaba de la tierra.

Se abrochó su cinturón de seguridad, y le sonrió a un pasajero de primera fila con su más falsa expresión. Pero el hombre no le devolvió esa sonrisa. El seguía enojado porque ella con la amabilidad que la caracterizaba le había ordenado apagar su móvil sin ella hacer lo mismo.

Fin.

Ilustración de portada:
Marilaura Muriedas
Instagram: @lalidraws

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