Innovación

Indigestiones digitales

La vida contemporánea, aunque físicamente más reposada y sedentaria que en décadas pasadas, al menos en muchos casos, es tremendamente agotadora mental y visualmente.

Que si retocar tu página web, actualizar el blog y atender a las redes sociales… eso, más las actividades de toda la vida como leer un libro o ver una película; a veces la mente se satura y los ojos, cuadrados de tanta pantalla, no pueden más. Se sobrecarga el entendimiento y uno se convierte en un trapo humano al que se le cruzan ideas e imágenes en la mente que van a demasiada velocidad y no se sabe bien cómo frenar.

En días así, uno desea alejarse todo lo posible de los aparatos que nos rodean en todo momento para volver a lo más básico. Apetece volver a hacer cosas que nos hagan sentir humanos y no periféricos de ordenador o algo por el estilo. Algo que aunque sea durante un rato nada más, nos sirva para relajar un poco la saturada cabeza.

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Son esos días en los que a uno ni se le ocurre ponerse a bregar con los mortíferos códigos html que pueden causar una apopejía, e incluso hacer explosionar la cabeza, aunque en uno de los días buenos, tampoco es que me entusiasme hurgar en ellos, sólo cuando no hay más remedio.

Con estas cosas de la vida moderna, que tenemos alrededor constantemente y utilizamos para todo, sea necesario o no, no hay forma de sustraerse, y aunque sea terriblemente práctico, hay veces que satura su omnipresencia, por lo que es conveniente tomarse algún que otro periodo de descanso en ese tipo de actividades, y retomarlas dosificadamente. Los empachos no son nada buenos, y en estas cosillas electrónicas menos, que aparte del hartón visual y mental, consume rápidamente el tiempo, el limitado tiempo diario del que disponemos para los propios asuntos presenciales de nuestra vida.

Whatsapp en el teléfono, Skype en video, y otros medios nos permiten mantener el contacto con personas a las que queremos ver y con las que queremos relacionarnos. Pero a veces nos enfrascamos demasiado y se nos van las horas, además absorbemos más de lo que podemos asimilar en la red, lo que nos resta la eficiencia y productividad esperadas.

El empacho tecnológico llega cuando nos desviamos del camino original que habíamos pensado seguir, perdiéndonos en asuntos no relacionados con lo que originalmente nos llevó a conectarnos. En Internet es fácil distraerse, y una vez ante la pantalla, nos tientan con páginas y vídeos que nos entretienen demasiado. Según parece, ese es un problema de este tiempo. Estamos ya tan acostumbrados a apoyarnos en la tecnología, que nosotros somos casi un aparato más, embobándonos ante los cacharros que tenemos a mano, y nos centramos más en los aparatos en sí, que en las posibilidades que nos pueda ofrecer.

Así va corriendo el tiempo, y como en una especie de ofrenda a unos dioses informes y etéreos, reverenciamos a nuestros gadgets, y olvidamos el motivo por el cual fueron diseñados y construidos.

Tenemos demasiado idealizados a nuestros  PCs y Macs, a nuestros Iphones y android. Estamos olvidando, si no lo hemos hecho ya, que valen para lo que valen y no siempre, pues el grueso del trabajo lo sacamos finalmente nosotros no para ser adorados. Por muy chupiguay que nos lo pinten, sólo son cachos de plástico y metal, con una pantalla de cristal, y que si no tenemos a otra persona con la que comunicar, no valen para nada por ellos mismos. Son sólo instrumentos para comunicarnos con otros.

Es eso y nada más. Para mantener la comunicación con las personas con las que trabajamos, las personas que apreciamos y aquellos a quienes amamos. El aparato no tiene ningún valor, sólo las personas a las que te acerca —aunque estén geográficamente  lejos—. Si pensamos que esos amasijos de cables y chips son algo más, entonces algo va mal. En ese caso, igual es que alguno de nosotros fuese máquina, permanentemente conectados a esas cositas que nos dan un servicio, pero que se traban demasiado a menudo.

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