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El peor jefe

De todos los jefes que podemos tener (y a éste lo tenemos todos como jefe) hay uno tremendamente exigente que no te pasa ni una y nunca espera: el tiempo. El tiempo es nuestro jefe supremo, y no nos permite recrearnos en glorias pasadas, para él debemos estar siempre dando el callo y funcionando. No le valen componendas ni casos especiales, no tiene favoritismos con nadie.
Por eso cuando tenemos plazos de entrega para algún trabajo, sea para el cliente que sea, estamos siempre a las órdenes del tiempo, que lo controla todo y nos espolea a no parar, sin conceder tregua. Cualquier campaña, cualquier guión, cualquier redacción o diseño es condicionada por él, quien nos recompensa o castiga, pues aunque nosotros seamos limitados, él es infinito, un hecho que siempre se ocupa de recordarnos de todas las maneras posibles, bajo la atenta vigilancia del reloj, que controla nuestros movimientos y registra cada una de nuestras acciones, impeliéndonos a terminar la tarea que hemos comenzado con el menor número de distracciones.

Todo el panorama profesional, y también el personal está erigido en torno a él, y es él —aún sin saberlo— a quien más tributo rendimos, con ese estresante ritmo laboral y ese frenético deambular por la vida que nos caracteriza. Ese inalcanzable jefe que desde su atalaya nos controla y decide sobre nosotros, es a quien servimos, a través de nuestras obras, casi sin decir ésta boca es mía, con la secreta esperanza de poder ver nuestros desvelos recompensados con que alguna de nuestras ideas supere las limitaciones naturales de quienes las creamos y trascienda más allá de nosotros, permaneciendo junto a tan quisquilloso y etéreo ente, para así, como una extensión de nosotros alcanzar a nuestro titánico y tiránico jefe.

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