Creatividad

TARGET – RAQUEL

 

“Target” es una serie de cuentos breves de historias sobre participantes de estudios de mercado. Escrita por Florencia Davidzon. Hoy presentamos la historia de Raquel.

Filtro de Reclutamiento.

Etnicidad.  Elige no responder (Hispano o Latino) Sexo. Hombres Edad.  20 a 35 años Estudios Técnicos o Superiores. Tipo de Vivienda Rentada. Consumidora de: Tés/Yerba Mate. Marca. Indistinto. Plaza. New York.

 

RAQUEL

RAQUELYo tenía puesto los zapatos de tacón de aguja, jamás uso ese tipo de calzado, pero esa ocasión era especial, estaba en mi país y tenía la oportunidad de ver a la señora presidenta.

Llegué con mi bolso gastado y la idea escrita de mi disparatado proyecto, necesitaba su aprobación para tener acceso y poder ingresar a la Antártida.

Sucedió que después de dejar anotados mis datos en un gran cuaderno, prestarles mi documento, estampar mi firma y permitirles hurgar en mis pertenencias a los vigilantes de la casa rosada de gobierno, tuve que resignarme a que unos empleados me escoltaran armados hasta dejarme finalmente sola en un pequeño jardín. Allí aguardé sentada a un Sol intenso del verano de Buenos Aires, con nervios, ansiedad y esperanza a que esta mujer me diera un sí.

Esperé, esperé mucho, en esa eterna espera me vi a mí misma como quien se ve y encuentra en diferentes momentos históricos, siendo varias almas en espera: hombre y mujer. Pude como fantasma en calma en ese mismo banco atravesar siglos de espera. Espera para ser recibida por miles de eclesiásticos, reyes o mecenas a los que todos los mortales con ideas necesitan acudir alguna vez. Sentí pena por mí.  Nunca me han gustado pedir favores. Pero me reprimí. Mi autocompasión llegó cuando pude sentir mi experiencia encarnada en el cuerpo de compatriotas del pasado: próceres, artistas, escritores, que supuse también debieron detener sus vidas en ese banco motivados por su sueño. Y para no afligirme más y darme coraje me dije, – “seguro que Julio Cortázar nunca había tenido que pedir favor alguno, pero por eso mismo había acabado en Europa y no en la Antártida”.

No llegó ella; apareció su hija en su lugar, acercándose de la nada. Mascando chicle me anunció, – “tuvo una emergencia y no podrá verte”.  Yo que ya tenía toda la cara colorada por el sol me sofoqué aún más y sin dudarlo atiné a reclamarle. – “Querida”, casi suplicándole. Sí, usando esa palabra que siempre odié por ser tan comodín. – “Querida”, volví a decirle, intentando crear un acercamiento y una relación que no existía… Pero ella quién parecía disfrutar estar finalmente fuera de su despacho al aire libre bajo los rayos del sol parecía no preocuparle mi premura ni indignación. La joven mientras se comía las uñas me escuchaba, – “no puedo hacer nada, ¿Podes pedir otro turno?” –“No”, le respondí francamente enojada Yo viajaba al día siguiente a NY donde vivía hace años. Entonces ella sin dudarlo se hizo una cola del cabello con su gomita elástica, me devolvió mi documento, y partió sin despedirse. No pude hacerla cambiar de idea. Apenas puede pararme haciendo equilibrio, tratando de no tropezarme con mis zapatos incómodos de tacón altísimo para salir de allí, abatida.

En menos de unas horas, ya estaba de regreso en Estados Unidos.  Sin el permiso para entrar a la Antártida, con la tristeza y enorme frustración de tener que volver a la rutina de un trabajo como moderadora de grupos para estudios de mercado.

Mi vida hubiera podido cambiar en un chasquido de dedos si la presidenta me hubiera recibido, pero no pudo ser esa vez. El destino se empecinaba en mandarme de vuelta a morirme de frío, resbalarme y darme porrazos sobre la nieve del norte.

Me estaba esperando un proyecto que tomé con resignación, sin sentir un verdadero reto. El objetivo era conocer en profundidad a hombres y mujeres sudamericanos, comprender las ventajas y desventajas de ser un adicto a la yerba mate, a fin de encontrar oportunidades para posicionar este producto en el mercado americano. Siempre me había causado mucha gracia esa frase de: conocer en profundidad... Pero esta vez no tenía fuerzas ni ánimos para hacer bromas, ni esbozar una sonrisa irónica.

Estaba por moderar el último grupo de mi jornada. Volvió a escribir mi nombre en una cinta adhesiva blanca y me la pegué en mi pecho para que este visible y los participantes pudieran verlo. – “Hola Raquel” interrumpió de pronto una voz más masculina. Era una voz dulce, grave, y potente. Una voz hermosa como jamás había escuchado, levanté la vista.

Un joven participante que recién atravesó la puerta tomó asiento. Se llamaba Rubén, de inmediato me sorprendí, era el hombre más parecido a Julio Cortázar que yo haya tenido frente a mí. Sus barbas, su nariz, sus facciones, pero sobre todo sus ojos negros que se clavaron a los míos me sacaron de onda dejándome totalmente desnuda. – “Hola Raquel”, fue el rayo que partió mis huesos, negándome un bastón, un yeso, o nada sólido que lograra mantenerme entera, o con una mínima coherencia profesional. – “Bienvenido” agregué con timidez. – “Puedes servirte si gustas” agregué de cortesía – “¡Sí quiero! dijo él juguetón, como quien acepta a una mujer por esposa frente a un juez, y seductor agregó ¡Háblame en argentino, Che!”.

El resto de los participantes ingresó a la sala poco a poco, cada uno tomó un lugar. Era hora de comenzar, pero Raquel sintió vértigo. Rubén le había robado todas sus palabras y arrebatado inclusive la posibilidad de llegar al buscador de su mente. La había calado profundo, hubiera escrito el verdadero Cortázar, al ver como el rojo le había invadido la piel borrándole todas sus pecas, dejándola quieta y silenciosa.

Su mudez la hizo entrar en pánico. Los presentes, y los que estaban detrás de la cámara Gesell esperaban a que ella comenzara explicar para qué estaban allí y qué se esperaba de ellos. Pero Raquel seguía sin poder articular un solo sonido.

Rubén se sirvió agua caliente en su mate con destreza mientras no dejaba de sonreírle a Raquel con picardía. Succionó por la bombilla de a sorbitos su infusión pareciendo disfrutar mucho de la impotencia e incomodidad de Raquel.  Rubén en lugar de soltar su mirada y liberarla, la mantenía perforándola.  Sus ojos la miraban fijo, atrapando los ojos de Raquel, y con ellos su alma.  La moderadora quedó totalmente acorralada en ese poder magnético. Sin más Raquel sucumbió a esa masculinidad segura, confiada, cargada de apetito volátil, y así presa de su presencia envolvente, Raquel recordó una frase del verdadero Julio Cortázar: “…confío plenamente en la casualidad de haberte conocido. Que nunca intentaré olvidarte, y que, si lo hiciera, no lo conseguiría”. Sintió angustia por su falta de concentración, por recordar esa frase estéril que la distraía aún más.

Así, sin haber podido comenzar a dar ninguna introducción, ni haber podido compartir las reglas del evento, tan sólo supo disculparse para huir con cobardía de esa sala, dejándolos a todos los invitados desconcertados y confundidos.

Ese fue el día que dejé de facilitar grupos de investigación de mercados y me volví analista y mi trabajo a partir de ese día consistía en explicar muy bien el comportamiento humano de todo el mundo, menos el mío. Pasé a ser una rata de laboratorio detrás de mis lentes, detrás de millones de papeles, post-its, y enormes afiches. Desde entonces no dejé de soñar con mi proyecto de recluirme en la Antártida, para escapar de mi obsesión de pensar en la barba, en la nariz, y en los ojos de Rubén, a quien no volví a ver, y por el que sudaba en mi cama todas las noches.

Me preguntaba: – “¿Lo quería?” – ¡Cómo podía querer a un hombre con el que había compartido tan poco!, ¡Nada! Mi capricho era una imposibilidad tan obvia como la del guante derecho por querer la mano izquierda, hubiera dicho el verdadero Cortázar, y así risueña despertaba cada mañana sin lograr olvidarlo.

¿Por qué no aceptar lo que le ocurría sin pretender explicar nada, sin sentar nociones de orden y desorden?, le cuestionaba el verdadero Cortázar…Pero ella no podía contestarle. No le resultaba posible superar lo que había vivido.

Claro que necesitaba entenderlo. ¿Por qué le había pasado eso a ella? Estaba enojada, enojadísima. –“¿Cómo una inmigrante de simple blusa a lunares no había podido manejar sus emociones durante su trabajo?”, parecía recriminarle su jefa con su mirada altiva. Ese traspié y su mudez absoluta era una incógnita, una conducta que no estaba prevista en ningún libro académico de marketing, ni contemplado con exactitud en ningún protocolo metodológico de ciencias sociales.

Desde su encuentro con Rubén el deseo la devoraba y necesitaba una solución, por eso idea loca inicial de partir al Sur a estudiar el comportamiento humano en un universo acotado y aislado que no había escuchado la presidenta ya no le parecía nada descabellada; estaba ahora más convencida, la Antártida era su salida, sólo tenía que esperar al recambio del poder de su país. Quizás el nuevo mandatario le concedería la necesaria cita, le escribió. – “Quizás no, se dijo luego cuando los días pasaban sin recibir respuesta, – “no me va a dar permiso, éste nuevo hombre en el poder será mucho peor para ellos y para mí, no podría ser de otra forma, inclusive para los pocos crédulos que desean creer en alguien y se conforman con el que sea, por el solo hecho de cambiar.”

Recibió otro tipo de carta. No quería recibir un diploma de premio, pero la premiaban.  No tenía interés en usar otra vez ese calzado incómodo, pero sentía que era lo que procedía, y se resignó. –“Al mundo le importa poco lo que uno quiere”, se dijo para convencerse, y se obligó a meter sus pies en esos corsés de altura. Dio dos pasos con sus tacones tratando de avanzar sin caerse. Se paró frente al espejo e improvisó un breve agradecimiento en inglés; mientras actuaba pensó en la Antártida: “con este premio, este presidente tal vez me da bola, se dijo. Le gritó al espejo, ¡Al menos por compasión mándame a que me reciba tu número 3, 4 o 10!”.

Recibió aplausos y fotos desde celulares sin flash, al finalizar el evento un hombre maduro la detuvo en la salida. – “Estamos buscando alguien como usted para un estudio, para vender como sindicado…” Ella supo leer entre líneas que no contaban con mucho presupuesto, pero la temática era interesante, no podía dejar de escucharlo, se trataba de un reto para estudiar a la sociedad en su forma y fondo; este posible cliente quería entender el sentido identitario de la nueva Multiétnica América. -“Fascinante”, le dijo Raquel. Ella estaba segura de que podía aportar algo al entendimiento de esto y ayudar a crear una comunicación del Estado, o para marcas, más relevante y memorable, Raquel pensó decir, – “pues cuando tenga presupuesto me dice y avanzamos”, pero no lo verbalizó, solo aceptó ser parte del proyecto sin preguntar nada más.

Cuando se subió al metro se sintió confundida, no se explicó por qué se había comprometido con este desconocido tan rápido, su otro yo, no parecía tener esos cuestionamientos y ya está desarrollando la guía de pautas. Su corazón que tenía prohibido sentir o emocionarse, y menos por el doble de Cortázar, había despertado encontrado conmovido de entusiasmo, y ahora se zambullía sin red en el posible trabajo, mientras su cuerpo en plena noche se balanceaba colgado del pasamanos del metro repleto de gente.

Raquel, en ese vagón, se preguntó sobre la vida de las personas multiétnicas que tenía adelante, se planteó hipótesis, observó curiosa a una familia afroamericana que se apoyaba en la puerta. Luego reparó en otra pareja, unos jóvenes latinos que estaban desconectados entre ellos, donde la menor tocaba su panza de embarazada mientras su novio seguía pendiente de su celular ignorándola, luego fue testigo de la cara sin arrugas de una señora oriental, tal vez de uno 50 años, quien cargaba una bolsa pesada estampada de papel y repetía un comportamiento absurdo y frenético. El mismo consistía en apoyarse en la puerta y luego correrse a un costado cada vez que llegaban a una nueva estación, reparó además en una pareja más alejada de ancianos, quienes en trajes típicos que podían ser de Bangladesh, Kashmir o algún lugar de la India, viajaban en silencio tomados de las manos sin soltarse. Finalmente, vio a una japonesa muy formal que sería seguía muy de cerca y concentrada las letras de un libro electrónico y seguramente se olvidaba que estaba viajando hacia algún lado. Dos caucásicos de corbata aflojada conversaban muy cerca suyo, muy animados. Hablaban fuerte con la energía de la adrenalina que les producía trabajar tal vez en la bolsa; Raquel sintió la molestia de meterse en una conversación que no era suya, y dejó de mirarlos y escuchar lo que decían.

El vagón contenía una variedad inmensa, era el universo de estudio completito en un sólo lugar, Raquel pensó entonces que toda esta gente podría tomarse un té, y seguramente no compartirían con ella nunca su elección de sabor, cada uno tendría una suya propia muy particular, tal vez, sólo faltaba alguien del Sur en su muestra… La imagen desdibujada de Rubén Cortázar regresó: – “¡Qué habrá sido de Cortázar”, se avergonzó! Y aunque la yerba nunca haya sido tratada como té, a ella le pareció pertinente pensarlo, o al menos importante tener que incluir a alguien de esa región para tener una muestra perfecta de la nueva América.

Su diploma cayó al suelo, alguien lo pisó; ella no reaccionó, solo vio su nombre atravesado por la pisada de suela de goma de un pasajero anónimo; perdió de golpe la confianza, recordó su incapacidad y sus limitaciones laborales como moderadora… Pero ya había aceptado; quería hacer el estudio, debía darse otra nueva oportunidad: “¡No volvería a suceder…!” se dijo con convicción. Iba a controlar a su corazón, no iba a dejarse intimidar ni por el mismísimo Sr. Art, ni por el doble o triple de ningún Cortázar.

Cuando salió del metro, se descalzó.

– “Raquel”, una voz masculina la llamó.

Y así Raquel, incrédula a los encuentros fortuitos que podían ocurrir en la gran manzana, con su diploma pisado y sus zapatos de taco en la mano, levantó la mirada para cruzarla con la de él y volver a perder su voz.

Sin embargo, se le fugó una sonrisa contenida llena de ternura y rencor, una sonrisa tan contradictoria que debía ser la verdad misma, la verdad de la reincidencia, “qué otra cosa es el amor sino reincidencia” hubiera dicho el verdadero Cortázar.

Estaba escrito su muestra cualitativa debía contar con los representantes del Sur, aunque sean bien poquitos en USA y frente a ella tenía a su amado participante que la volvía a llamar: – “Hola Raquel, nos conocemos, te acuerdas de mi”.

FIN.

Ilustración de portada:
Marilaura Muriedas
Instagram: @lalidraws

Más cuentos de “Target”

Artículos relacionados

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Otras Recomendaciones

Close
Close
Close