Creatividad

Target – Ludmila

“Target” es una serie de cuentos breves de historias sobre participantes de estudios de mercado en la nueva América, Estados Unidos. Escrita por Florencia Davidzon. Hoy presentamos la historia de LUDMILA. 

 

Filtro de Reclutamiento.

Sexo. Mujer

Edad.  45 a 55 años

Etnicidad.  Blanca (Eslava/ Rep Checa)

Estudios Secundario Completo

Tipo de Vivienda Rentada/ Propia.

Consumidora de: Infusiones saludables

Marca. Indistinto.

Plaza. New York.

 

-¿Qué es lo primero que les viene a la mente cuando les digo “tés”?

-Dulce…

-Amargo…

-Arbusto… 

-Insípido…

-China…

-Enfermedad…

-Subversivo…dije yo con rotunda certeza desconcertando a todos, sin querer, provocando un largo silencio.

Los participantes y el moderador me miraron estupefactos. La mayoría junto a mi en esa sala de testeos eran Serbias, Croatas, y tal vez, algunas mujeres de Bosnia y Lituana. Además había una mujer morena de dientes algo chuecos que hablaba poco, y se presentó como Halka, que me imaginé podía ser Checa como yo.

Ella, fue quién más me clavó su mirada inquisitiva cuando dije “subversivo”.  Me resultó familiar pero no tenía idea de dónde podía conocerla.

El hombre a cargo del evento, de unos 50 años, hizo un gesto inquieto y de disgusto. No esperaba mi respuesta por más que había pedido sinceridad y que  le dijéramos “por favor” lo primero que nos viniera a la cabeza.

Tal vez porque yo nací en el 75´ y no había conocido otra cosa que el comunismo y las horrendas historias de la invasión con tanques rusos en Praga en boca de mi padre, tuve esa inoportuna ocurrencia. Crecí marcada teniendo presente lo que estaba prescrito y lo que estaba prohibido. Pero tuve la fortuna de vivir en la línea delgada de la libertad siempre y de hacer lo que me diera la gana. Me dio orgullo haber dicho “subversivo”.

-¿Alguna otra cuestión? Preguntó este hombre que me miró con sospecha mientras se atrevía a insistir asegurándonos: –A mi todas las opiniones me sirven,  yo quiero aprender de ustedes, de sus diferencias…

Para mi tomar un té era algo sumamente especial, un bien escaso que siempre llegaba de contrabando a mi pueblo.  Las dos marcas comunistas que había cuando Rusia dominaba el país coloraban el agua pero no le añadían sabor alguno. Por eso era una experiencia llena de emoción, mezcla de adrenalina, culpa y fraternidad poder compartir entre un círculo muy íntimo un té verdadero, algo prohibido.

Nadie allí en esa mesa de testeos en NY parecía tener una experiencia o recuerdo similar al mío.

-¿Cómo? preguntó el moderador pidiendo una aclaración y tal vez algo molesto por lo inesperable de mi comentario, “piensen en la palabra té ustedes que llevan una vida tan sana” agregó esperando que eso nos hiciera rever nuestras respuestas.

Pero yo no cambie de opinión, -“Subversivo, tú preguntas y yo digo…” respondí tajante, copiando cómo siempre habían sido mis progenitores al ofrecer un tono directos: “tú me lo pides, yo te lo doy”, sin dar más explicación, monocordes, concretos y prácticos.

Hay cosas en las que yo era igual a ellos y a lo que decían de nosotros en América sobre los Checos, que éramos por ejemplo seres  <<reservados, formales, con una organización y una puntualidad jodidamente exacta>>. Yo había crecido allí después de todo y tenía la virtud de la, <<precisión>>, como las agujas del reloj que fotografió el fotoperiodista Kudelka.

Entonces, el té para mí era entonces la subversión con precisión pero no había mucho más qué decir, nada más que explicar.

Sin embargo, el moderador, y también Halka, me volvieron a mirar fijo esperando nuevas explicaciones. Me sentí juzgada, pero no se las di.

-¿Cuándo había sido la primera vez que habían tomado té? Preguntó luego este hombre terco que volvía a confesar querer aprender de nosotras y nuestras particularidades, pero que se había obsesionado con mi silencio y me perseguía con su insistente mirada.

Crecí cerca de una pequeña ciudad por donde pasaron varios músicos, escritores, y filósofos a descansar, atraídos por nuestras benéficas aguas de manantial con poderes curativos.  Mis padres no quisieron quedarse en Praga con los rusos, por ello me crié teniendo una vida rural.  Recuerdo los días de mi infancia en que acompañaba a mi madre a cosechar lúpulo y luego me atrevía a tomar cerveza mucho antes de cumplir mi mayoría de edad o de probar un amargo té.  Pero no dije nada.

Allí me moví entre dos realidades, entre los milagros del agua bendita termal, y los sabores y poderes <<diabólicos>> de nuestro alcohol, brebajes de hierbas medicinales con alta graduación que resultaban para algunos peligrosos y prohibidos pero que mis padres tomaban con determinación, diciéndonos que provenían de un hada verde. Pero del té no tenía el recuerdos de una primera vez, o con un impacto que te marca como pedía el moderador.

Así sólo recordaba el día que descubrí una imagen fotográfica de un muerto en una fotografía de Kudelka. Una que había visto entre los papeles de mi padre donde unos gitanos estaban en un funeral. Eso me había sacado el aliento y dejado en silencio largos minutos, eso sí recordaba. Yo siempre le había temido a los gitanos de forma infundada, y por eso los había observado desde lejos, bajando siempre mi mirada. Pero ese fotógrafo con su lente me los puso enfrente; me dejó mirarlos de cerca, meterme en su cuarto y ver al primer muerto y así perder un poco el miedo.

La conversación no avanzaba. Halka me seguía mirando, perforándome con su silencio.

Tu habías dicho subversivo, recordó de pronto el moderador, quien no me dejaba en paz y ahora nos servía tés a todas para que probáramos, podrías explicarnos a qué te refieres, tú lo haz dicho, dijo,  me obligas a preguntarte, dijo haciéndose el que se disculpaba con su pregunta sin hacerlo.

Sí es eso para mi, si pudiera explicarlo mejor lo haría, pero no puedo, dije sintiéndome totalmente invalidada para seguir hablando.

Esfuérzate un poco te escuchamos, dijo él sin dejarme quedar en silencio.

Si tuviera la facilidad de palabra, pensé como Kudelka tenía con su cámara, todo sería más fácil; le podría ofrecer una frase que revelara todo lo que este señor quisiera saber, pero no era posible.

Tú me obligas a preguntarte, dijo sin darme tregua. ¡Yo no lo obligaba a nada! reflexioné con seguridad.  Me molestaba su actitud tan autoritaria que me había agarrado de punto pero no estaba dispuesta en entrar en una confrontación.

Entre tanto, Halka parecía disfrutar de mi incomodidad, y movía sus dedos, las contorneaba como tocando las teclas de un piano imaginario,  y luego hizo girar sus muñecas como si se le hubieran dormido sus extremidades intentándolas despertar en un saludo infantil de dos manos que se contorsionan al unísono. Era un movimiento conocido que había observado millones de veces hacer a titiriteros de marionetas cansados de mover a Gasparec entre otros de sus personajes.

Le sonreí pidiendo ayuda. Quería saber más de ella, me daba curiosidad. Pero ella no me devolvió la sonrisa, no emitió palabra y me negó su mirada de pronto.  Giró con brusquedad su cabeza dándome primero su perfil y luego su nuca.

Se ha dicho en este país que los checos éramos <<fríos, secos, y serios>>. Muchas veces aquí me había echado en cara sobre mis maneras, mi distancia, mi antipatía. Y eso sentí de ella de inmediato.

Nunca creí que mi comportamiento tuviera fundamentos culturales arraigados en nuestra <<esencia>> como decía mi ex novio: “Ustedes lo eslavos”. Yo había heredado tal vez, algo de aquello de mi tierra natal, la forma en que marcaba mis fronteras y delimitaba mi espacio.  Me incomodaba que cualquiera se me acercara mucho, que rompiera esa distancia espacial sacra entre los cuerpos y peor aún, que un desconocido me tocara, aunque no fuera más que con un dedo en el hombro.  Pero no era mi culpa, no era nuestra <<esencia>>.

Cuando pude visitar en un museo las fotografías de Kudelka en gran tamaño lo supe, no era nuestra esencia. Sin imaginarme con lo que iba a encontrar avanzé por un pasillo amplio, de pronto una fotografía me sacó definitivamente el aliento dejándome completamente estupefacta con los brazos extendidos, desprotegidos, completamente perpleja e indefensa. Pude comprobarlo. Fui testigo de sus imágenes vivas que me permitían contrastar el cúmulo de historias que había fantaseado siempre ver: la primavera del 68 en Praga con el pueblo en la calle frente a la invasión Rusa. Pero mi asombro mayor, fue encontrarme frente a una fotografía de propios padres de jóvenes. Una inmensa fotografía blanco y negro donde ellos estaban vestidos con ropas de una moda anticuada y avanzaban por las calles tomados de la cintura y con sus otras manos sosteniendo una bandera ensangrentada.  Así con alegría comprobé que en los cuerpos de varios checos no había frialdad. Aún eran libres, se abrazaban, se agarraban y se sentían bien tan cerca. Nadie, ningún Checo en las fotos frente a los tanques rusos, -más allá de sus expresiones del miedo evidente ante lo dramático de la situación-, se veía como un ser perteneciente a una población <<cerrada o distante>>.

Éramos raros, eso sí, y de una belleza exótica para algunos en Nueva York, con un sentido estético deplorable para otros -por usar medias con sandalias-, pero <<fríos y antipáticos>> , no.

Cada vez estaba más segura que Halka era mi compatriota. ¿Por qué me evitaba? Quería saber de ella. ¿Por qué había volteado, por qué no me había sonreído al menos de cortesía?

-“¿Subversivo, cómo? Insistió el injusto moderador quien tenía frente a él a otras siete participantes pero se había empeñado en hacerme hablar solo a mi, mientras volvía a decir, “quisiera entender”…

-“No sé, olvídelo” le pedí deseosa de dejar ese interrogatorio, lamentándome haber abierto mi boca.

Olvidar siempre era una buena salida, intentar olvidar quién uno es y de dónde viene, como cuando decidí olvidar mi amor por la fotografía para dedicarme a abrazar la actividad que me había llevado a esa sala de testeos, y elegir una profesión “fuera de peligros” en la industria del “bienestar”.  Pero este moderador se empecinaba en evadir el olvido.

Yo lo había intentado y no me fue tan mal. Mis conocimientos por las plantas medicinales, el mundo del agua curativa y otras cuestiones asociadas a la salud me cobijaron en América, pero nunca dejé de saber de que para vivir de forma saludable debía evitar los extremos y las imposiciones dogmáticas, que ofrecía el “wellbeing”. Debía mantenerme en medio, serle fiel tanto a los brebajes “curativos” de las tisanas como a los diablos verdes de mi tierra, “fuentes de inspiración” de propiedades alucinógenas. Pero me tuve que aplicar y cambiar muchas cosas. Mi comida, a base de papa, carne, pollo, riñones, sopas, sesos, y tripas, tuvo que modificarse.  Yo que allá no conocía más unas pocas verduras como la zanahorias, los chicharos y el repollo, me dejé invadir por nuevas hortalizas y aprender a comer esas cosas  extrañas para las que no tenía ni nombre. Poco a poco me volví vegetariana. Y luego hacerme además masajista me ayudó tal vez a superar mis traumas con el contacto físico.

Con la certeza de haber perdido mi “frialdad”, igual tal vez seguí siendo Checa. Porque si había una fila extensa en el supermercado, o en cualquier otro lugar, yo la hacía. Me ponía al final esperando encontrar algún producto de oferta cuando llegara adelante o tan sólo ocupaba mi lugar reservando mi turno por las dudas, y claro, si no encontraba algo que necesitara también me llevaba algo por previsora. Porque aunque cueste creerlo, nosotros los que nacimos bajo ocupación rusa actuamos así en automático y seguimos siendo personas de costumbre.

El moderador no quería olvidar nada y no me dejaba que yo lo hiciera. Se empecinaba a que recordáramos el pasado.

-Recuerdas tú, dijo, que eres Checoslovaca, cómo lo tomaban, frio o caliente?

-No recuerdo, contesté mintiendo. Luego le aclaré enfatizando, -Soy Checa, la República Checa y Eslovaquia no están más unidas, no existe más  Checoslovaquia, no soy Checoslovaca.

A él pareció no interesarle mi aclaración.

-¿Bueno, pero cómo preparaban el té ahí en samovar? Insistió  todavía más despistado.

Soy Checa, no Rusa, le dije nuevamente, mirando a Halka, esperando que ella esta vez me auxiliara,  –El samovar es ruso.

Bueno quise decir en Europa del Este, aseguró queriendo salir de su ignorancia, mientras se hundía aún más.

Halka se rió.

La República Checa es Europa Central, afirmé con ironía.

Él pareció no darle importancia, estaba demasiado ocupado en mirar su reloj y seguir adelante con las preguntas que tenía apuntadas frente a nosotras.

Halka miró su celular. Yo conocía a esa mujer, no podía evadirme de esa forma. ¿De dónde la conocía?

-Alguien en un grupo anterior nos comentó que en su país, a la hija mayor de cada familia le correspondía ocuparse del té. ¿Es así? ¿Sigue siendo así? ¿Hay algo asociado al género en cuestión de tés? Quiso saber curioso el moderador que hablaba como un robot que había memorizado preguntas.

Sí, era cosa de mujeres, dijo una asintiendo.-El servirlo, no el tomarlo, como todo, protestó otra feminista y todas otras asintieron.

Lo importante era dejar espacio para que el invitado pudiera agregar limón, leche o azúcar a su gusto y que nunca se derramara o por lo menos eso decía mi madre, afirmó convencida una mujer que no había abierto la boca en toda la jornada.

Entonces el moderador volvió con su hostigamiento, me clavó la mirada esperando que yo aportara esta vez algo de valor.

No -disentí yo-, en mi casa se servía hasta el borde. Nos podía faltar de todo menos el té…, recordé con tristeza queriendo seguir hablando pero él no me dejó.

-¿En silencio o haciendo ruido? interrumpió desinteresado con lo que le acababa de confesarle.

Ruido, dijeron algunas entre risas.

Silencio, afirmaron otras horrorizadas.

Halka estaba detrás de un termo de agua abstraída en sus propios pensamientos. Yo también estaba atrapada en mis memorias.

No podía despegarme de la imagen de mis reencuentros familiares esporádicos, cuando volvía a mi país de visita y salía a caminar con mis padres por las zonas rurales que ya no eran suyas. En el proceso de restitución de tierras, cuando cayó el comunismo en el 1989, perdí mi hogar y mis padres se regresaron a Praga con la esperanza de dejar de ser observados y controlados por nuestros vecinos, y yo me vine a América.  En esas visitas recogíamos hongos, prendíamos fogatas y si mi padre estaba de buen humor, también cantábamos mientras nos tomábamos un té, pero al sorber jamás nadie hacían ruido, recordé.

Era paradójico, o tal vez no, muchos Checos añorábamos los viejos tiempos.  Yo el Ballet y la Opera que había disfrutado toda mi vida y que siempre había sido tan accesible, casi gratuito y que hoy no podía ni darme el lujo de presenciar –ni parada- en el Lincoln Center. Mis padres, que en su juventud decían “el Estado hace que nos paga y nosotros que trabajábamos” también extrañaban. Ellos ya pensionados tenían que vivir esperando de mis remesas. Soñaban queriendo que el Estado se encargara de ellos, pero no sucedería y por eso cantaban, y votaban a la izquierda, mientras seguían tomando sus tés exóticos además de su licor de absenta en absoluto silencio pero ahora frente a todo el que quisiera verlos tomados de la cintura como en la foto que Kudelka  les sacó en el 68.

¿Y Halka? ¿También extrañaría algo? No decía mucho. Yo tenía que averiguarlo.

Las únicas dos participantes que no estuvimos de acuerdo acerca de que el té era un símbolo de privilegio éramos nosotras, Halka y yo.

En la mesa casi todas las tazas de té seguían servidas por la mitad.  Uno podía pensar que no gustó y por eso esas mujeres lo dejaron, otros por el contrario que tal vez gustó tanto que causó un efecto saciador y un medida pequeña resultaba más que suficiente. Lo cierto parecía ser para mi que la única taza completamente vacía era la mía.

No había mentido, aquello era la prueba de que el té era  <<subversivo>>. El té para mi no era solo contrabando sino complicidad; un líquido que si bien no alteraba el orden social de mi infancia, nos regalaba libertad, mientras nos permitía sumergir con un sorbo en un hermoso sueño desestabilizador. Una ilegalidad pretenciosa en forma de té, que tanto a mi como a mis padres nos hacía vibrar con el fruto prohibido en la boca siempre.

No iba a dejar nunca la oportunidad ignorar a una taza con esa <<peligrosa bebida>>, que al tomarla me ofrecía esa identidad <<inquietante, conspiradora y me volvía una revoltosa o sospechosa>>.

Por eso no lo desperdicié. El té no debía abandonarse sobre una mesa ante la mirada de desconocidos porque no había que dejar nunca rastros de nuestra valiente insensatez. Había que tomarlo todo, todito, hasta el final sintiendo el amargor como si uno pudiera tragarse completamente todas las fotos en sepia de Kudelka, todo eso  que pudiera haber sido y ya no fue de  nuestras vidas.

Halka también se terminó su taza. Volviéndose para mi en mi cómplice, una  <<agitadora>>  gustativa más como yo.

Pero de pronto hizo un gesto tapándose la boca con su mano.  Y ahí recordé quién era esa chica de rostro cuadrado y huesudo. Halka, esa mujer frente a mi era Halka Spuka. Esa niña que no volví a ver desde que dejamos nuestras tierras. Nuestra vecina, esa niña mala y mentirosa con las que mis padres me prohibían jugar. La hija de la familia que nos vigilaba a toda hora y de la que finalmente mis padres pudieron huir en los 90.

El moderador apuntó algo en su cuaderno enormemente satisfecho cuando una mujer aseguró que compraría un té que le diera protección diaria para los rayos UV, y así dio por terminado el evento.

Era increíble la diferencia de lo que era significativo y le importaba a cada uno en esta vida, pensé resignada.

Allí, nadie se movía de sus asientos, pero mi reloj marcaba las 8 pm, entonces con sarcasmo me dije que era hora de actuar como <<buena Checa>>  y comportarme como decía la estereotipada idea sobre nuestra puntualidad.  

Di por terminada la sesión.

Guardé todas mis cosas y me fui deseándoles a todos con frialdad y cortesía, en especial al moderador y a Halka, un premeditado distante,  -“buenas noches”.

FIN.

Ilustración de portada:
Marilaura Muriedas
Instagram: @lalidraws

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