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La vida como maldición

No hay nada mejor como espectador que descubrir que detrás de un título malo se esconde una serie o película mucho más interesante de los que promete el nombre.

Cuando alguien decide ponerle a su serie “La maldición de Hill House” debe ser consciente de lo que un nombre así implica: Terror adolescente idiota, lleno de crímenes absurdos y de violencia gratuita. Un melodrama barato con lo que se intenta lograr taquilla y nada más. Algo que es tremendamente popular en las salas de cine, algo así extendido a 10 capítulos de una hora puede resultar una verdadera “pesadilla en la plataforma del infierno”.

Por eso, “La Maldición de Hill House” representa una sorpresa en el género. Hay que ser claros, sí hay fantasmas, sí existen lugares comunes del género, sorpresas que pretenden hacerte saltar del sillón y cierto toque maniqueo que toda historia de terror tiene. Pero lo realmente importante es que en lugar de un grupo de jóvenes humanos huyendo de seres aterradores y sanguinarios, la serie de Netflix habla de manera clara de los miembros de una familia que a través de los años han huido de sí mismos, de sus verdades, de sus miedos, de los otros y principalmente de sus traumas, todos surgidos en un trágico suceso acaecido en una casa embrujada.

Sin pretender ser una serie reflexiva, “La Maldición de Hill House”, resulta una alegoría de los fantasmas que pueden acosar a una familia. De cómo a partir de un evento dramático las familias se pueden desquebrajar formando y acentuando características en la personalidad de sus miembros que provocan se convierta, no en disfuncional porque eso sucede en todas las familias, sino en una serie de embarazosos encuentros donde el amor familiar se puede transformar en muchas otras cosas no siempre solidarias o agradables.

La historia de La Maldición de Hill House se centra en la familia Crain y cómo después de más de veinte años una nueva tragedia en el seno familiar los lleva a reunirse, muy a su pesar, y en el momento culminante de la serie a regresar a la casa donde inicio la perdición de la familia, de sus lazos y nexos.

Lo atractivo de la serie se mantiene en lo que sin duda es un formato de película B, una forma de producción barata, de entretenimiento sencillo donde más allá de los valores de actuación o producción sean excelsos, lo importante es un guión lo suficientemente atractivo para mantener al espectador entretenido.

Los grandes aciertos del guión se encuentran en los personajes y algunos de sus diálogos, aunque la actuación no siempre ayuda a la narración. En ese sentido el mejor casting de la serie está en los niños. Tim Hutton está muy lejos de esos personajes tan bien construidos que desarrolló en las temporadas 1 y 2 de American Crime. Para caer en el prototipo del padre solitario, olvidado y al que sus hijos tiene que reclamarle la muerte de su madre o al menos el silencio que él ha decidido mantener sobre el asunto.

Desgraciadamente, el peso de lo que debería ser el personaje principal de la historia: la casa, jamás sucede, sólo se convierte más que en un siniestro personaje que únicamente es un lugar que alberga fantasmas sin ton ni son. Que tal vez formen parte de otras temporadas si éstas están planeadas y que sólo imagino pueden ser como las excepcionales Fargo o la ya citada American Crime.

La serie narrada en una serie de flashbacks combinados con la acción en el presente que dan el sentido a todo lo que sucede, afecta y aflige a sus protagonistas, incluso el overlapping en la narración de los diferentes personajes nos ayuda a crear un mapa muy preciso de dónde se encuentran los personajes en momentos importantes de la narración. Esto la hace atractiva y uno como espectador agradece la precisión matemática y quirúrgica que ayuda en la creación de ese mapa.

Más importante que lo sobrenatural, en La Maldición de Hill House, resulta la descomposición del alma humana, la forma en que de una manera inconsciente quedan todos marcados y sus vidas son determinadas por este hecho. La imposibilidad de un futuro esperanzador a pesar de las apariencias pues las preguntas continúan ahí. Sólo el amor puede ayudar, de acuerdo a la serie, el amor fraternal, filial, paternal, de amistad, pero la línea entre el amor y la desesperación junto con su hermana gemela la culpa es tan delgada que el horror permanece ahí, latente. ¿O es el amor?

Si esperas una serie atractiva, sin las tonterías que luego se entienden por terror. La Maldición de Hill House es una buena propuesta para estos días en que asesinos seriales, payasos del infierno y calabazas asesinas se ponen de moda.

 

Armando Enríquez Vázquez

Productor de televisión, escritor desde hace más de veinticinco años, columnista en diferentes publicaciones virtuales e impresas. Oriundo y transeúnte de una de las ciudades más pobladas del mundo de la que estoy orgulloso. Mis encuentros y desencuentros con la publicidad se han hecho muchas veces desde el terreno del receptor del mensaje y no del emisor. Me ocupan entre otras cosas el futuro de los medios, el abuso de la palabra creatividad y el desarrollo de contenidos atractivos en diferentes medios.
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