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Un extraño enemigo, una extraña producción

No cabe duda “Un extraño enemigo” es una de las mejores y más interesantes producciones mexicanas del año, lo extraño es que no la produce el mercenario de Epigmenio Ibarra, sino Televisa y está firmada por el mismo Emilio Azcárraga Jean y Bernardo Gómez, lo que manda una extraña señal en este momento político del país.

Pero, primero lo primero, “Un extraño enemigo” comete un pecado: minimizar el poder de los estudiantes, su poder de convocatoria y la validez de sus reclamos que se extendieron a otros sectores de la población, simplificando todo a un complot político para lograr la sucesión presidencial.

Esta visión parcial pinta de manera muy clara lo que debió haber pasado en la política palaciega de 1968 un año antes de que el dedo de Gustavo Díaz Ordaz señalara al elegido para sucederlo; puros personajes ambiciosos y mezquinos que manejaron el país por lo menos hasta el 1982, cuando dejó la presidencia el López Portillo, amigo íntimo de Luis Echeverría Álvarez, la camarilla de ladrones y asesinos que dirigió el país.

La serie pinta de cuerpo completo, con nombre y apellidos a los principales buitres y criminales políticos de la política del país y sólo evita el nombre de Fernando Gutiérrez Barrios, uno de los personajes más siniestros de la historia política del país, al llamarlo Fernando Barrientos. Los personajes principales de la historia están perfectamente retratados y el casting no pudo haber sido mejor. Hernán del Riego en el papel de Gustavo Díaz Ordaz, es una de las mejores actuaciones de este año, sin duda. La personificación que hace Antonio de la Vega de Luis Echeverría es también extraordinaria pero la serie se basa en la extraordinaria actuación y caracterización de Daniel Giménez Cacho –en el papel de Barrientos– que hace difícil dudar de quién se está hablando: Fernando Gutiérrez Barrios.

“Un extraño enemigo” no es un melodrama chabacano y simplón, es una serie que muestra de una manera clara la forma maquiavélica y sin compromiso con los ciudadanos en la que se movían los hilos del poder en tiempos del PRI.

El acercar a una generación que no lee, pero ve series a la historia reciente y terrible de México es una acierto, aunque ese no sea el propósito principal de la serie. Mostrar que los aparatos de inteligencia de gobierno eran y son capaces de infiltrar gente en los movimientos sociales para desacreditarlos o tener control de sus líderes, como sólo vemos en series policiacas norteamericanas, es un tema que pocas veces se ve en las producciones nacionales, y que sigue siendo vigente y real, como lo demuestran los recientes hechos en Ciudad Universitaria. Sin embargo, la serie, también cometió actos de autocensura, por ejemplo, al no mostrar el asesinato de la joven líder a manos de su amante.

La ambientación, actuaciones y dramatismo de la serie son algo que no es común en las producciones de Televisa, la razón principal, es tal vez que ninguno de los poco capaces productores y guionistas de la empresa de Azcárraga Jean metió las manos en esta serie, y me da la impresión que mucho, al menos de la negociación de la misma sucedió bajo el corto reinado de Isaac Lee, el colombiano que sustituyo a José Bastón, que si bien demostró desprecio por el mercado nacional, diagnosticó rápidamente que el principal problema de la empresa eran sus trabajadores y la mafia que desde tiempos de Emilio Azcárraga Milmo carecían de propuestas inteligentes y diversas para la televisión mexicana y que marcaron una empresa monopólica incapaz de desarrollar contenidos de calidad. Si Lee no hubiera fracasado en su principal misión: levantar los ratings de la empresa, muy probablemente “Un extraño enemigo” luciría el sello de TAO, la subsidiaria de Televisa que Lee creó para vender contenidos de calidad para Amazon, como los que no se producen en San Ángel o Chapultepec, y que firmó la serie Diablo guardián”.

La dirección de Gabriel Ripstein, miembro de la dinastía Ripstein de cineastas, es extraordinaria y junto con el pool de escritores logra una serie muy efectiva que, con las reservas de una empresa que durante los últimos 50 años ha servido de arma de propaganda estatal –sobretodo en tiempos del PRI–, no quiere comprometerse al 100% en contar la historia, pero deja bastante clara su postura actual acerca de quien –en otro momento no sólo financió la empresa, sino que de una manera más directa de lo que quisieran reconocerlo– creó a Televisa, cuando el mismo Luis Echeverría (al que la serie pinta como lo que es un burócrata asesino, sin ningún merito más que el haber sido seleccionado por Díaz Ordaz para sucederlo) otorgó a Emilio Azcárraga Milmo el control de los canales 4, 5 y 8 para no tener él que lidiar con cuatro dueños de televisoras.

Llama la atención que a un par de meses, la serie se estrenó el 2 de octubre pasado, de salir Peña Nieto de la presidencia –un presidente que inventó y promocionó la televisora y que le dio en consecuencia gran poder político a la empresa de Azcárraga Jean–, al nombrar, por ejemplo, a una hermana de uno de los vicepresidentes primero como Procuradora General de la Nación y después como Secretaria de la Función Pública, se haya vuelto de manera tan clara en contra de ese sistema que los convirtió en un monopolio que tanto daño ha hecho a México. Hoy que son tiempos de cambio (o eso nos quieren hacer creer), y cuando Televisa ya consiguió el espaldarazo del Presidente López Obrador, el mensaje de la producción y quienes aparecen como productores, parecen quererse limpiar las manos de su involucramiento en la creación del regreso del PRI a Los Pinos hace seis años. En ese sentido, Televisa me recuerda a todos los miembros de la Stasi, la policía política de la Alemania Democrática o espías Checos o Polacos que al caer el muro se dieron golpes de pecho tratando de ocultar las mezquindades de alma que eran evidentes para todos los demás.

Como sucede cuando la gente carece de visión y/o de creatividad, algunos de estos directivos de Televisa comienzan a hablar ya de una segunda temporada de la serie, lo que sinceramente a menos de que se hable del ascenso de Echeverría, la represión de su sexenio, el 11 de junio de 1971 y el nacimiento del monopolio televisivo en nuestro país, carecerá de valor.

 

Armando Enríquez Vázquez

Productor de televisión, escritor desde hace más de veinticinco años, columnista en diferentes publicaciones virtuales e impresas. Oriundo y transeúnte de una de las ciudades más pobladas del mundo de la que estoy orgulloso. Mis encuentros y desencuentros con la publicidad se han hecho muchas veces desde el terreno del receptor del mensaje y no del emisor. Me ocupan entre otras cosas el futuro de los medios, el abuso de la palabra creatividad y el desarrollo de contenidos atractivos en diferentes medios.
Sígueme en twitter: @cernicalo

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