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American Meme: Diferenciando la realidad de la ficción

“Buscar algo que ver en Netflix es el zapping de nuestra generación: no encuentras nada y terminas viendo series en Sony Latino o Warner”.

Esto fue lo primero que pensé después de pasar 45 minutos moviendo el cursor de mi laptop a través de todo el menú principal y saltando de género en género tan rápido que parecía parkour. Estaba a casi nada de ver Grey’s Anatomy, como siempre, hasta que apareció en mi feed el documental “American Meme”. Vi que en la portada figuraban Paris Hilton, The Fat Jew, Brittany Furlan y otros líderes de opinión que han construido una sólida carrera a partir del contenido que comparten en sus redes sociales. Mi publicista interior salió a la luz y le di una oportunidad al tráiler el cual, en pocas palabras, presentaba la construcción de un personaje que habían creado para cada uno, su audiencia, fama, posteos… y cómo ese mundo de dependencia digital no era en realidad color de rosa… ¡Vendido! Empecé a verlo.

Varios aspectos del filme llamaron mi atención: Yo sabía que Paris Hilton había sido la primera en construir el término “influencer” a partir de una vida construida ante sus fans y seguidores, empezando desde cero como modelo; la noticia fue cómo ella poco a poco se ha ido adaptando a cada medio, llegando a ser parte de comunidades en redes sociales de gran audiencia en países como Arabia Saudita, China, Sudán, entre otros, lo cuál me enseñó mucho acerca de la variabilidad de estos personajes y lo camaleónica que es su carrera. Otro aspecto sorprendente es lo fluctuante que es la carrera de aquellos que dependen de su audiencia y su contenido es banal y sencillo: un estilo de vida no es lo suficientemente sólido como para solventar una audiencia, a menos que tengas un imperio por detrás con productos que impulsen a tu público a llegar a la altura que estás (es decir, Paris Hilton).

Otros datos llamaron mi atención, pero los principales y más importantes (subjetivamente hablando) es la relación cliente-influencer-consumidor y, a su vez, la disputa entre el contenido original y la copia:

Es bien sabido que las marcas contratan personajes públicos para darle voz y personalidad a los productos, además, de esta manera amplían mucho más el alcance a su audiencia objetiva. Hasta ahí estamos bien, no creo que exista nada de malo porque es una especie de publicidad por medio de las relaciones públicas como recurso. Lo que me resulta curioso es el uso y desuso de este a tal nivel que ya resulta abrumador, y que distintas marcas que no tienen que ver ninguna con la otra consideren que cualquier líder de opinión puede llevar el mensaje de su marca, justificando esta acción con el número de seguidores del influencer. Esto se observa dentro del documental con todos y cada uno de los protagonistas, quienes mencionan que distintas marcas se acercan a ellos para llegar a audiencias más jóvenes y grandes, lo cual yo discrepo. Siempre he pensado que una empresa debe primero pensar en su personalidad, la manera en la que se desenvuelve y, según el modelo y giro del negocio, reconocer con qué temas, valores y misiones se alía. Cuando ya se tiene eso bien diferenciado, se puede empezar a generar una comunicación más sólida; de lo contrario, ocurren accidentes terribles por no analizar al vocero de la marca. Voy a darles un ejemplo: hace algún tiempo una influencer de mi ciudad trabajaba para una emisora reconocida y una marca de copa menstrual decidió pagarle por una mención en sus redes y durante la programación radial; resulta que ésta dial pautaba con una marca de toallas sanitarias y dicha influencer habló de las bondades de la copa mencionando (y varias veces) lo “bastante mejor” que era ésta en contraste a la toalla higiénica. Como resultado, ambos auspiciantes retiraron su pauta. Como marcas es necesario cuidar cómo tu imagen va a repercutir en el tiempo con mensajes positivos, de lo contrario se perderá. Quienes hablan de ella los representan de forma directa y debemos entender que en este caso el público tiene todo el derecho de decir “Dime con quién andas y te diré quién eres”.

American Meme también expuso la difusa interrogante que se encuentra en el entorno digital sobre qué puede llamarse “contenido propio” o “idea original” y cuándo infringe en copyright una vez que el mismo es subido a una plataforma online. Si una persona natural sube dentro de su página cierto meme que se le ocurrió y elimina el tag de “privado”, automáticamente está aceptando que el mismo pueda ser compartido cuando sea, por quien sea, sin necesidad de recibir crédito por ello ya que pasa de ser propiedad intelectual a ampliar su espectro como “ahora es de todos”. Ahora, ¿qué sucede con nuestra imagen personal? Eso es difícil saberlo puesto que no existen leyes sólidas que lo enmarquen dentro de un aspecto legal como robo de identidad o parecidos, además al unirnos a cualquier red social aceptamos sus términos y condiciones, las cuales muchas veces están ligadas con el uso de información de sus usuarios y políticas de privacidad. Fat Jew, como uno de los influencers más emblemáticos de América, fue acusado de robo de propiedad intelectual cuando su cuenta oficial empezó a postear memes y gran cantidad de usuarios los proclamaba como propios comentando cosas como “Yo dije ese chiste”, “Yo lo postee primero”, entre otros. Medios de comunicación lo invitaron a sus programas con el fin de debatir sobre ello a lo que él respondió “Fui el primero en hacerlo y eso me hace pionero y astuto, no ladrón”. Cuando una marca crea contenido original en digital y lo ve replicado con otro logo en otras cuentas, ¿es robo o creación de tendencias? Podemos analizarlo dentro de ambos términos, mas a mi parecer es una oportunidad; de esta manera se crea una competencia para ampliar el espectro de la originalidad de las marcas a crear contenido de valor que los ponga dentro del ojo del huracán y haga que los usuarios los vean como creadores de ideas sólidas, y cuando la competencia trate algo parecido la audiencia recuerde quién fue el primero en pensarla y ejecutarla, defendiéndola así hasta la muerte.

El documental al fin y al cabo es mucho que Paris Hilton llorando por lo mucho que expone su vida al mundo y luego presentándose como toda una diva delante de las cámaras. Si bien es cierto, yo descubrí en su interior milestones que me ayudaron a ver todo a mayor escala, considero que en el mundo de la creatividad es imperativo reconocer este tipo de material para que cada uno encuentre sus bocanadas de aire fresco escondidas, aunque sea para utilizarlas como insights para su próxima campaña. Estamos aquí para divertirnos, es cierto, pero también para instruirnos y no dejar de aprender.

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