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¿Dónde quedó Hollywood?

El domingo 9 de febrero, sucedió lo imposible en el premio más maniqueo y predecible del cine. La película coreana Parásitos ganó el premio a la mejor película, convirtiéndose en la primera película no hablada en inglés, no producida por norteamericanos y no dirigida por un norteamericano en llevarse otros premios tan importantes en el esqueleto de cualquier película como dirección y guion original.

Lo que muchos periodistas de espectáculos llaman de manera pretenciosa: La temporada de premios, terminó con un derechazo directo a la mandíbula de Hollywood y lo que el sistema establecido de producción norteamericana representa. Bong Joon-ho, con su magistral película, su guion y una extraordinaria dirección cimbró los cimientos de la llamada Meca del Cine. Su saludo-homenaje a Martín Scorsese y su agradecimiento a Quentin Tarantino, junto con su declaración acerca de emborracharse hasta el amanecer, fueron sin duda, su reconocimiento y a la vez su forma de magnificar su victoria.

El cine, como otras fuentes de entretenimiento que se volvieron comunes e imprescindibles a lo largo del siglo XX, vive hoy una crisis y un abandono que preocupan a muchos miembros de la industria, ocupan a otros y enfurece a aquellos incapaces de enfrentar la nueva realidad.  El año pasado tras el músculo demostrado por Netflix por las 14 nominaciones, y 4 estatuillas conquistadas por la plataforma, Steven Spielberg encabezó toda una campaña en contra de las producción en las plataformas, Netflix en particular, que parece no haber sido muy bien vista por muchos otros productores y directores pues a pesar de que la plataforma sólo ganó dos Oscar el 9, Netflix obtuvo 24 nominaciones, diez más que el año pasado, así como el reconocimiento mundial de ser uno de los estudios productores más importantes en la actualidad. En un artículo de The New York Times de julio del año pasado (1) se habla de cómo la industria fílmica está creciendo en Nueva York y la posibilidad de que este se convierta en el nuevo Hollywood. Entre quienes ven esto como una posibilidad y están invirtiendo en estudios se encuentran Netflix, Robert De Niro y su hijo Rafael. Pero estos golpes virtuales, físicos y verdaderos, no tienen nada que ver con lo que realmente debe preocupar a una industria que se vuelve global en muchos sentidos. Sí bien los superhéroes de Marvel, DC y otros tienden a ser un hit de taquilla a nivel mundial, la misma industria fílmica, que se alimenta de estas cintas, las menosprecia al momento de considerar sus mejores premios, estas cintas sólo encuentran sitio en premios dedicados a los efectos especiales. Nunca veremos a ninguna de las actrices o actores encargados de personificar a un superhéroe o a un villano de las tradicionales cintas ser siquiera nominado. La excepción que significa el premio a Jaoquín Phoenix por su interpretación de El Guasón, se debe a que, sin la actuación de Phoenix, la película no existe. En Joker ningún planeta está en riesgo, la humanidad no está a punto de desaparecer, Joker no es una película cerca del ego demencial de una sociedad que se cree la policía y la salvadora del mundo, se trata del nacimiento de un villano, es una película acerca del génesis de este personaje que en ocasiones cobra una mayor fuerza que su antagonista. Sobre todo, es una película cercana a un monologo, más que una obra a varias voces. Joker se sostiene y cautiva gracias a una sola persona, a un solo actor que mantiene 2 horas de película.

Los guiones y directores que han triunfado en los Oscar la última década son mayoritariamente extranjeros, e incluyen nombres como Guillermo del Toro, Alejandro González Iñárritu, Michel Hazanavicus, Tom Hooper, Alfonso Cuarón y por supuesto Bong Joon-ho, de ese tamaño es la crisis existente entre escritores, productores y directores norteamericanos dedicados a películas intrascendentes de superhéroes y a remakes de remakes. La mezquindad de los productores de Hollywood interesados en apostar únicamente por argumentos que les prometan ganancias muestra cómo han perdido el colmillo y la costumbre de arriesgar por nuevos talentos, y a pesar de ellos existen directores norteamericanos que destacan y triunfan en festivales fuera de Hollywood como el Sundance Film Festival, con mayor prestigio entre cineastas, críticos, fans que disfrutan, gustan y se divierten con el cine, que la noche de la estatuilla dorada.

Aparte de la temática, hay que tomar en cuenta los nuevos hábitos de consumo y la comodidad que buscan las audiencias. La gente quiere ver las películas en casa, a la hora que decidan pertinente. De acuerdo con un estudio publicado por el sitio statista.com (2) si bien 2019 presentó una pequeña variación positiva en el crecimiento de salas cinematográficas en Estados Unidos, 66 cines más con respecto a 2018, lo que puede ser tomado como algo optimista, ¿o no? Se espera que en 2020 las ganancias mundiales de los servicios por Internet (Netflix, Amazon Prime, Disney+) superen las ganancias mundiales generadas en las salas de cine. En estados Unidos esto viene sucediendo desde 2017, lo mismo sucede el Reino Unido de acuerdo con una nota de Hollywood Reporter publicada el 17 de diciembre de 2018 (3).

La fastuosa ceremonia de los premios Oscar pierde audiencias de manera dramática año con año, sólo el 9 de febrero pasado; 20% con respecto al año 2019. Esto demuestra el poco interés que tiene la gente por ver lo que la comunidad de Hollywood tiene que decir acerca del cine, siendo un grupo que como se pudo observar en esta entrega es racista y machista, No existe un número importante de nominados latinos, mujeres o negros, que son una buena parte de la población norteamericana. Latinos y negros, en este orden, son las dos principales minorías en ese país que presume de ser una olla de nacionalidades y contradictoriamente se ha encargado de etiquetar y separar a cada una de ellas. Para muchos jóvenes lo que suceda al interior de la industria cinematográfica norteamericana los tiene totalmente sin cuidado. La poca imaginación de los productores de la ceremonia ha hecho a las audiencias alejarse, sin conductores graciosos, censurando el tiempo y el contenido de los discursos, El Oscar es la clara muestra de lo que sucede en una industria maniquea, sosa, chabacana, llena de lugares comunes y que se autocensura. Una industria en la debería imperar la creatividad que tanto presumen y de la que carecen más del 90% de los directores, escritores y productores que se pasean altivamente por las calles de Los Ángeles, se cae a pedazos por la falta de ella.

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