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Narcos México entre De Palma, Shakespeare y las fake news

El estreno de la segunda temporada de Narcos México, me dejó con un extraño sabor de boca. Por un lado el reconocimiento a la gran camada de actores nacionales que estelarizan la serie, Diego Luna en al papel de Miguel Angel Félix Gallardo, José María Yazpik como Amado Carillo, Andrés Almeida quien interpreta al Cochiloco, Alejandro Edda que hace el papel de El Chapo Guzmán, lleva su papel en crecendo, peleando por destacar y fiel a sus amigos, le queda el mostrar su capacidad histriónica porque de suceder una tercera temporada, su personaje irá convirtiéndose en protagónico, Noé Hernández que hace el papel del policía juarense Rafael Aguilar, Gerardo Taracena que interpreta al despreocupado y campechano Pablo Acosta, y sin duda destacan la presencia de la tres empoderadas mujeres de la serie interpretadas por tres extraordinarias actrices: Teresa Ruiz que hace el papel de Isabella Bautista, un personaje ficticio basado en La Reina del Pacífico, que con su porte y osadía llena la pantalla, la norteamericana Sosie Bacon que interpreta a Mimi, la joven norteamericana amante de Pablo Acosta, pero sobre todo a Mayra Hermosillo quien tiene a su cargo representar a Enedina Arellano Félix, la poderosa matriarca del Cartel de Tijuana.

Mención merece también Fernada Urrejola que interpreta a María Elvira, la primera esposa de Miguel Ángel Félix Gallardo. Las caracterizaciones de estos personajes que marcaron y siguen marcando la historia negra reciente de México son poderosas, pero humanas. Figuras de tragedias de Shakepeare. La soledad que va envolviendo a Miguel Ángel Félix Gallardo a lo largo de los diez capítulos de la segunda entrega. La capitulación impostergable de quien quiso ser dueño de todo el tráfico de estupefacientes está magistralmente actuada por Luna y escrita con una sobriedad desconocida en cualquier historia otra de narcos mexicanos. El hombre que se presenta como empresario, siempre elegantemente vestido, con un gusto refinado en sus grandes mansiones que inicia en una ostentosa boda y termina refugiándose en una finca abandonada tras un atentado contra él y que finalmente es apresado bebiendo whisky en calzoncillos sentado en una enorme mesa de su fastuosa mansión, me recuerda al Scarface de Brian de Palma. Luna ha hecho uno de sus grandes trabajos en la serie. Un ánimo siniestramente juguetón y muy mexicano en el sentido chingaquedito queda claro en el Cochiloco y el Chapo, que recuerdan a personajes de Shakespeare como Rozencrantz y Guildenstern, El Chapo además siempre está en busca del reconocimiento de sus amigos y compinches en especial de su jefe Héctor El Güero Palma (Gorka Lasaosa), feliz de sus pequeñas grandes bromas y pequeña victoria. Ambos personajes pueden cambiar de humor de forma inmediata para convertirse en violentos y brutales criminales. La personalidad de los miembros del Cártel de Sinaloa contrasta con la solemnidad de Benjamín Arellano Felix (Alfonso Dosal) y la pasiva adicción de su hermano Ramón (Manuel Masalva). Sí Félix Gallardo es Scarface, los Arellano Félix son los Corleone, con Benjamín como Sonny Corleone y Enedina como Michael. Lo campirano, afable y bonachón del astuto Juan Nepomuceno Guerra (Jesús Ochoa) ese mafioso que se rige por un código muy personal lo hace cercano a un Robin Hood. Las personalidades con las que se representa a estos hombres y mujeres históricos del crimen organizado mexicano obvian su violento actuar y su crueldad.

El complejo mosaico de personajes que integran esa etapa del crimen organizado en nuestro país, las desavenencias, las alianzas, traiciones y acuerdos rotos que comenzaron el baño de sangre en el territorio nacional el cual no se ha detenido desde ese entonces y que aunque suavizado y adecuado para la narrativa de la serie funciona muy bien, contrasta con la visión y representación de los agentes norteamericanos en una ficción que se vuelve una mentira acerca de la participación de los norteamericanos en este Boom del crimen organizado en nuestro país. El presidente Díaz Ordaz alguna vez declaró que México era el trampolín de la droga porque Estados Unidos era la alberca. Aunque las agencias americanas se la pasan haciendo sus listas de personas más buscadas, lo cierto es que como dibuja Narcos México a la DEA, CIA y otras agencias norteamericanas beneficiarias directas del narcotráfico y su dinero con el que financian operaciones ilegales que el congreso norteamericano no aprobaría, es maniquea y melodramática. Los norteamericanos en todos los niveles son cómplices de lo que sucede en México, baste recordar la participación directa del gobierno de Obama en la venta y tráfico de armas a los cárteles criminales de nuestro país.

En ese sentido son las actuaciones de Scoot McNairy (West Breslin), Clark Freeman (Ed Heath) tan falsas como es toda esa parte del guion de la serie. West Breslin es un mediocre personaje interpretado de manera mediocre por McNairy, por lo que las apariciones del agente de la DEA y su escuadrón resultan muchas veces desesperantes en el avance de la serie. Salvo Miguel Rodarte (Danilo Garza) que es muy reconocible por su presencia en las pantallas mexicanas, el escuadrón de McNairy es totalmente irrelevante, no hay un personaje al que podamos ubicar en un momento y darle una personalidad. Esa parte condescendiente de la serie es la parte que desde la primera temporada rompe con la verosimilitud en la historia de Narcos México, si bien el asesinato de Kiki Camarena sucedió y el gobierno mexicano en muchos niveles fue partícipe del mismo, los norteamericanos no han sido protagonistas en la historia de horror si no como una parte importante de la misma, nunca como antagonistas, son cómplices de la corrupción y de las muertes de muchos mexicanos inocentes. Por eso quien no conozca la historia reciente de México que les compre a su patético y triste agente McNairy.

La parte política está apenas dibujada y a diferencia de los personajes criminales, la mayoría de los personajes políticos no llevan los nombres reales de actores que aún figuran en el gobierno del país como Manuel Barttlet, personaje importante en la ecuación del fraude electoral y en el asesinato de Camarena. Los hermanos Salinas sus nexos con algunos de estos criminales como Juan Nepomuceno Guerra, están ahí dibujados.

La serie es sin duda uno de los mejores intentos por contar una historia que no se mostrará por completo en las próximas décadas. Una historia que se diversifica a diario, que se ha hecho más compleja y que da para otras cuantas temporadas de Narcos México en los próximos años, a diferencia de la parte de la historia colombiana. La tercera temporada está en la mesa de negociación de Netflix y pronto sabremos sí existirá.

Narcos es el triste recuento de la corrupción y la evolución del crimen organizado en México y ese poder oculto que se maneja desde las altas esferas del poder que sentó las bases para ese México que está en nuestra cotidianidad, en la representación mundial de nuestro país, aunque no nos guste. Pero que independientemente que se debe contar, no podemos opacar y Netflix lo ha hecho de una manera digna que no glorifica a los protagonistas. Intenta solamente retratarlos como son. Violentos criminales que se visten de seda, pero que no cambian en el interior.

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